Kubizek: La amistad perdida - Brusca ruptura de la amistad

          Los competitivos exámenes del Conservatorio habían terminado y me habían ido muy bien. Ahora sólo tenía que dirigir el concierto de final de trimestre en la Johannessal que, teniendo en cuenta el miedo a salir a escena de los intérpretes -y el director-, no era tarea fácil, pero todo salió bien. Me resultó mucho más emocionante la segunda noche en la que Rossi cantó tres canciones que yo había compuesto, y por primera vez se interpretaron dos movimientos de mi sexteto de cuerda. Ambas composiciones tuvieron mucho éxito. Adolf estaba en la sala de artistas cuando el profesor Max Jentsch, mi profesor de composición, me felicitó. El director de la Escuela de Dirección, Gustav Gutheil, también me felicitó y para rematarlo el director del Conservatorio entró en la sala de los artistas y me dio un caluroso apretón de manos. Era un poco demasiado para mí, que tan sólo un año antes había estado trabajando en una polvorienta tapicería. Adolf estaba radiante de entusiasmo y parecía verdaderamente orgulloso de su amigo, pero no me costaba imaginarme lo que pensaba en su fuero interno. Nunca se había percatado con tanta amargura de lo inútil que había resultado el periodo transcurrido en Viena como cuando me vi en pleno y rotundo triunfo, firmemente encaminado hacia mi objetivo final.

 

                Adolf no tenía hogar y no sabía adónde ir. Hablamos de cómo pasaría los meses siguientes. Fran Zakreys se sumó a la conversación en la habitación y nos preguntó vacilante cuáles eran nuestros planes.

 

  • Pase lo que pase, seguiremos juntos -declaré enseguida.

 

            Frau Zakreys también quería visitar a unos parientes en Moravia durante los días siguientes, y le preocupaba dejar el piso vacío, pero Adolf tranquilizó a la encantadora anciana. Se quedaría en el piso y esperaría hasta que ella volviera, y luego él aún podría irse unos cuantos días a ver a la familia de su madre en Waldviertel. Frau Zakreys se quedó muy satisfecha con esta solución y nos aseguró que habíamos sido unos inquilinos excelentes: dos jóvenes caballeros tan agradables como nosotros, que pagaran el alquiler puntualmente y nunca trajeran chicas a casa, no se encontraban en ninguna otra parte de Viena.

 

            La separación resultó dura para ambos; la fecha en que se produjo, a principios de julio de 1908, posee un valor particular. Aunque, a pesar de mi carácter dócil, no siempre había resultado fácil llevarse bien con Adolf, nuestra amistad siempre había conseguido imponerse a las dificultades personales. Ya hacía cuatro años que nos conocíamos y nos habíamos acostumbrado a nuestros respectivos modos de ser. La espléndida mina de experiencias artísticas que disfrutamos juntos en Linz, así como la alegría de encantadoras excursiones, se había visto incrementada y habíamos tenido oportunidad de profundizar en ella gracias al tiempo que habíamos pasado juntos en Viena. En aquella ciudad, Adolf era como una parte de mi hogar para mí; había compartido los recuerdos más hermosos de mi niñez, y me conocía mejor que nadie. Era a él a quien tenía que agradecer el hecho de que yo estuviera en el Conservatorio.

 

                Aquella sensación de gratitud, reforzada por la amistad nacida de nuestras experiencias compartidas, me vinculaba firmemente a él. En el futuro, yo estaba más que dispuesto a soportar cualquiera de las peculiaridades provocadas por su temperamento impulsivo. Mi madurez y criterio habían aumentado, lo que me hacía valorar más a mi amigo, como demuestra el hecho de que pese a que viviéramos muy estrechos en la habitación y nuestros intereses divergieran, nos llevábamos mucho mejor en Viena que en Linz. Por él, estaba dispuesto no solamente a ir al parlamento y a una sinagoga, sino incluso a Spittelberggasse, y a Dios sabe dónde, y ya estaba deseando pasar el año siguiente con él.

 

Schönbrunn


Naturalmente, yo significaba mucho menos para Adolf de lo que él significaba para mí. Que hubiera venido con él a Viena desde su ciudad natal le recordaba, puede que sin desearlo, sus difíciles orígenes familiares y la desesperanza aparente de su infancia, aunque, todo sea dicho, mi presencia también le recordaba a Stefanie. Por encima de todo, había aprendido a valorarme como espectador atento. No podría haber deseado un público mejor, ya que, debido a su abrumador talento para persuadir, yo estaba de acuerdo con él incluso cuando en mi interior sostenía una opinión completamente distinta. No obstante, para él y lo que tenía en mente mis opiniones importaban bastante poco. Sólo me necesitaba para hablar; a fin de cuentas, no podía sentarse en un banco del Schönbrunn y darse largos discursos a sí mismo. Cuando una idea le ocupaba la mente y necesitaba desahogarse, me necesitaba como un solita necesita un instrumento para expresar sus sentimientos. 


Adolf me aseguró por enésima vez las pocas ganas que tenía de estar solo. Me comentó que ya debía de imaginarme lo aburrido que resultaría para él estar solo en la habitación que compartíamos. Si no hubiera escrito ya a mis padres con la fecha de mi llegada, quizás pese a los ataques de profunda añoranza que sentía podría haberme quedado en Viena un par de semanas más.

 

Westbahnhof


                Me acompañó hasta la Westbahnhof; yo guardé mi equipaje y me fui hasta donde estaba él en el andén. Adolf odiaba el sentimentalismo de cualquier clase. Cuanto más le conmovía algo, más duro se volvía. Así que en ese momento se limitó a cogerme ambas manos -lo cual era algo tremendamente inusual en él, y me las estrechó con fuerza.

 

                A continuación giró sobre sus talones y se dirigió hacia la salida, puede que un poco demasiado apresuradamente, sin volverse una sola vez. Me sentí muy desgraciado. Me subí al tren y me alegré que empezara a moverse enseguida para evitar cambiar de idea.

 

                Como aún tenía que arreglar algunas cosas en Viena, escribí a Adolf pidiéndole que se encargara de ellas. Tenía que pagar la cuota a Riedl, el tesorero del Sindicato de Músicos, y también quería que recogiera mi libro de socios y me enviara todas las publicaciones del sindicato. Adolf se encargó de todas estas cuestiones a conciencia, y una postal con fecha 15 de julio de 1908 que mostraba la denominada “Graben” lo confirma. La postal dice:

 

                Querido Gustl,


                He ido a ver a Riedl tres veces pero no lo he encontrado, y no he podido pagarle hasta el jueves por la noche. Muchísimas gracias por tu carta y en especial por tu postal. Parece muy prosaica, la fuente, quiero decir. He estado trabajando duro desde que te marchaste, a veces hasta las dos o las tres de la mañana. Te escribiré cuando me marche. No me hará mucha gracia si mi hermana también va. Ahora no hace calor aquí, e incluso llueve a veces. Te envío tus periódicos y también el librito. Mis más afectuosos saludos a tus queridos padres y a ti.

 

                Adolf Hitler


 

                Unos días después llegó otra postal de Adolf con fecha 19 de julio de 1908 que mostraba una imagen de un Zepelín. Decía:

 

                Querido amigo,


                Te agradezco mucho tu amabilidad. Ahora no hace falta que me mandes mantequilla y queso. Pero te agradezco muchísimo que hayas pensado en ello. Esta noche me voy a ver Lohengrin. Mis más afectuosos saludos a tus queridos padres y a ti.

 

                Adolf Hitler


                Estaba equivocado respecto a lo que pensaba de él. A Adolf no le preocupaba Viena, sino Linz. Puede que para él fuera la mejor manera de reprimir el sentimiento de amargura que la pérdida del hogar de sus padres y el distanciamiento de su ciudad natal le habían provocado. Linz, el lugar donde había sufrido crueles golpes del destino, debía enterarse ahora de cuánto la amaba.

 

                Llegó una carta, algo habitual en Adolf, ya que, aunque solo fuera para ahorrarse el franqueo, su costumbre era escribir solamente postales. Aunque no tiene ni idea de “para qué puede servirme” siente la necesidad de hablar conmigo de su vida ermitaña. La carta lleva fecha del 21 de julio de 1908 y dice:

 

                Querido amigo.


                Quizás te habrás preguntado por qué llevo tanto tiempo sin escribirte. La respuesta es sencilla. No sabía para qué podía servirte y qué te podría interesar especialmente. En primer lugar, aún estoy en Viena y me quedaré aquí. Estoy solo porque Frau Zakreys está en casa de su hermano. No obstante, me las arreglo bastante vienen mi vida de ermitaño. Solo echo de menos una cosa. Hasta ahora, Frau Zakreys siempre llamaba a mi puerta por la mañana temprano y yo me levantaba y me ponía a trabajar, mientras que ahora tengo que depender de mí mismo. ¿Ha pasado algo nuevo en Linz? Ya no se oye hablar de la sociedad para la reconstrucción del teatro. Cuando terminen el banco por favor envíame una postal. Y ahora tengo que pedirte dos favores. Primero, ¿serías tan amable de comprarme la “Guía de la ciudad del Danubio de Linz”, no la Wohrl sino la de Linz publicada por Krakowitzer. En la portada hay una imagen de una chica de Linz, y en el fondo se ve Linz desde el Danubio, con el puente y el castillo. Cuesta 60 hellers, que te adjunto en sellos postales. Por favor envíamela inmediatamente, sea con franqueo pagado, o a pagar. Te devolveré los gastos. Pero asegúrate de que el horario de la compañía del barco, así como el plano de la ciudad, están dentro. Necesito nuevas cifras que he olvidado y que no encuentro en el Wohrl. Y en segundo lugar, me gustaría pedirte que, cuando vuelvas a ir en barco, me consigas un ejemplar de la guía que te dieran este año. Te devolveré el coste de “paga la voluntad”. Así que lo harás por mí, ¿verdad? No tengo ninguna otra novedad excepto que esta mañana he pillado a un ejército de chinches que no han tardado en nadar en mi sangre, y ahora me castañetean los dientes por el “calor”.

 

                Creo que ha habido pocos veranos con días tan fríos como éste. A ti te pasa lo mismo, ¿verdad? Ahora me despido con mis más afectuosos saludos a tus queridos padres y a ti, y te reitero mis peticiones. Siempre tuyo,

 

                                                                                                              Adolf Hitler

 

                Adolf estaba tan interesado en sus nuevos planes para reconstruir Linz que guardó 60 hellers de sus escasos ingresos para que le comprara la edición de Krakowitzer de la guía de la ciudad. Al hablar del banco se refiere al edificio del Banco de la Alta Austria y Salzburgo. A Adolf le preocupaba mucho, no fuera a ser que aquel edificio desmereciera el aspecto compacto de la plaza principal de Linz. Yo entendía que esperara impaciente noticias definitivas de la Sociedad de Reconstrucción del Teatro porque el teatro, junto con el puente del Danubio, eran sus proyectos de construcción favoritos.

 

                Lo concienzudo que era Adolf, pese a su pobreza desesperada, se demuestra no solo por lo que había puesto para pagar la guía, sino también por el comentario de que me pagaría lo poco que pudiera gastarme por la guía “paga la voluntad”, que vendían a bordo de los barcos de vapor.

 

                Y, las chinches, ¡ay! ¡Qué malvada jugarreta del destino! Yo era prácticamente inmune, mientras que a Adolf le afectaban muchísimo. Yo solía dormir toda la noche seguida mientras él se la pasaba cazando chinches, y cuántas veces, a la mañana siguiente, me mostraba el resultado de su actividad nocturna, cuidadosamente clavado en un alfiler. En aquella época muchas casas de Viena sufrían el azote de las chinches. Pues bien, otro ejército invasor había sido sentenciado a la pena máxima.

 

                Tardé un tiempo en volver a saber de él, pero entonces llegó una carta encantadora, fechada el 17 de agosto de 1908. Probablemente sea la carta más reveladora que me envió jamás. Dice:

 

                Mi buen amigo,


                En primer lugar debo pedirte que me perdones por no haberte escrito durante tanto tiempo. Esto se debe a un buen -o más bien mal- motivo: no sabía qué podía contarte. Que te escriba ahora solo demuestra cuánto tiempo he tenido que buscar antes de tener alguna noticia. En primer lugar, nuestra casera Zakreys te da las gracias por el dinero. Y en segundo lugar, tengo que darte mil gracias por tu carta. Probablemente a Frau Zakreys le cueste escribir cartas (su alemán es muy malo), pero me pidió que os diera las gracias a tus queridos padres y a ti por el dinero. Acabo de recuperarme de un ataque agudo de catarro bronquial. Parece que tu Sindicato de Músicos está en crisis. ¿Quién publicó en realidad el periódico que te mandé la última vez? Hacía tiempo que lo había pagado. ¿Sabes algo más al respecto? Ahora tenemos buen tiempo: llueve a cántaros. Y este año, con el calor sofocante que hemos tenido, es una auténtica bendición del cielo. Solo podré disfrutarla durante un breve periodo de tiempo. Seguramente tendré que marcharme el sábado o el domingo. Te lo haré saber exactamente. Estoy escribiendo mucho últimamente, sobre todo por las tardes y por las noches. ¿Has leído la última decisión del consejo sobre el nuevo teatro? Me parece que pretenden remendar el viejo vertedero una vez más. No puede continuar así, porque las autoridades no les darán permiso. En cualquier caso, todas las paparruchas que dicen estas personas omnipotentes y muy respetadas demuestran que saben tanto de la construcción de un teatro como un hipopótamo de tocar el violín. Si mi manual de arquitecto no estuviera tan desgastado, me gustaría empaquetarlo y mandárselo con las señas siguientes: “Comité de la Sociedad de Reconstrucción del Teatro para la Ejecución del Proyecto de Reconstrucción del Teatro” (escrito como una sola palabra en el original alemán). ¡Para el estrictísimo y archiloable comité local de muy alta cuna para la eventual construcción y necesaria decoración!

 

                Y con esto termino. Mis más afectuosos saludos a tus queridos padres y a ti. Siempre tuyo,

 

                                                                                                                              Adolf Hitler


Tal y como le comenté por escrito, había tomado el tren temprano para ahorrar tiempo, y llegué a la Westbahnhof a las tres en punto de la tarde. Pensé que estaría esperándome en el sitio habitual, la barrera de control de billetes. Luego podría ayudarme a cargar con la maleta pesada que también contenía algo para él de parte de mi madre. ¿Acaso no lo había visto? Volví otra vez atrás, pero desde luego no estaba en la barrera. Entré en la sala de espera. Miré a mi alrededor, en vano: Adolf no estaba allí. Quizás estaba enfermo. Lo cierto es que en su última carta me había escrito que aún sufría el problema de siempre, el catarro bronquial. Guardé mi maleta en la oficina de la consigna y, me dirigí, muy preocupado, hasta la Stumpergasse. Frau Zakreys se mostró encantada de verme, pero enseguida me explicó que la habitación estaba ocupada.

 

  • ¿Pero y Adolf, mi amigo? – le pregunté perplejo.

        El rostro arrugado y envejecido de Frau Zakreys me miró adoptando una expresión muy sorprendida.

  • ¿Pero es que no sabe que Herr Hitler se ha marchado?

No, no lo sabía.

  • ¿Y dónde se ha mudado? -le pregunté.
  • Herr Hitler no me lo dijo.
  • Pero debe de haber dejado un mensaje para mí, una carta quizás, una nota. ¿Cómo si no podría localizarlo?

      La casera negó con la cabeza.

  • No, Herr Hitler no dejó nada.
  • ¿Ni siquiera una tarjeta?
  • No dijo nada.

 

Pregunté a Frau Zakreys si había pagado el alquiler. Sí, Adolf había pagado su parte cuando le correspondía.


Cuanto más me atormentaba al respecto, más cuenta me daba de lo mucho que significaba Adolf para mí. Me sentía solo y abandonado, y al recordar constantemente nuestra amistad no conseguía decidirme a buscar compañía en otro lugar.


 

Hasta cuarenta años más tarde no supe por la investigación de un archivero de Linz sobre la vida de Adolf Hitler que mi amigo había dejado la Stumpergasse porque el alquiler era demasiado cargo para él y había encontrado un alojamiento mucho más barato en un llamado “albergue para hombres” en la Meldemannstrasse. Adolf había desaparecido en las oscuras profundidades de la metrópolis. Luego empezaron para él esos años de miseria de los cuales habla muy poco, sobre los que no existe ningún testigo fiable, pero sí se puede afirmar algo: que en la fase más difícil de su vida ya no tenía un amigo. Ahora puedo entender su comportamiento de entonces. No quería tener amigos porque le avergonzaba su propia pobreza.


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