La oratoria de Hitler

   Las memorias de Ernst Hanfstaengl, como se sabe, están repletas de dardos envenenados, mentiras y fantasías motivadas por una eterna frustración. Se deben leer con cautela, a sabiendas de que Hanfstaengl terminó colaborando con el gobierno de Estados Unidos. Sin embargo, hay que admitir que Hanfstaengl formó parte del círculo privado de Hitler durante casi todo el inicio de su carrera política hasta mediados de los años treinta, cuando huyó despavorido después de un ardid del que el Führer disfrutaba recordar.

   La descripción que "Putzi" hace sobre la oratoria de Hitler me parece bastante correcta.




En tanto que otros oradores nacionales daban la triste impresión de estar hablando a sus oyentes desde un plano superior. Hitler poseía el inestimable talento de expresar con toda fidelidad los pensamientos de quienes le oían. Tenía también el buen sentido, o acaso el instinto, de apelar a las mujeres que iban a escucharle y que, a fin de cuentas, constituían un nuevo factor político en la Alemania después de la guerra. Más de una vez enfrentado a un auditorio en el que abundaban los adversarios dispuestos a poner obstáculos y en su afán por crearse un primer grupo de apoyo, le vi hacer algunas observaciones acerca de la escasez de alimentos, de las dificultades domésticas o del fino instinto de sus oyentes femeninos, con lo que levantaba las primeras salvas de aplausos. Tales muestras de aprobación procedían siempre de las mujeres y representaban el primer paso para romper el hielo.



Yo figuraba ya entonces entre sus más inmediatos colaboradores y me sentaba detrás de él en el estrado Observé reiteradas veces que mientras duraba la primera parte de su discurso se mantenía clavado en su sitio, rígido e inmóvil, hasta que soltaba la primera andanada que sacudía al público. Cada discurso incluía un pasado, un presente y un futuro, y todos parecían constituir una completa revisión histórica de la situación, y si bien su repertorio de imágenes y argumentaciones era infinito en su variedad, una frase aparecía invariablemente en la primera fase del discurso:

- Cuando nos preguntamos hoy día qué es lo que ocurre en el mundo, nos vemos obligados a proyectar nuestras mentes hacia el pasado…

Esto era la señal de que tenía ya al auditorio bajo su dominio, y tomando por base los acontecimientos que determinan el colapso de la Alemania del káiser, levantaba la pirámide entera del presente adatándola a sus propias convicciones. 


Los gestos que tanta impresión me causaran la primera vez que le oí, tenían tanta variedad y flexibilidad como sus argumentos. A diferencia de lo que ocurre con otros oradores, no eran movimientos estereotipados con los que se trata de hallarles ocupación a las manos, sino parte integral de su método de exposición. Lo más sorprendente, en contraste con el socorrido puñetazo en la palma de la mano a que recurren tantísimos oradores, era que Hitler emplease un movimiento ascendente del brazo con el que parecía dejar en el aire infinitas posibilidades. Algo había en ese movimiento que recordaba los de un director de orquesta realmente grande, cuando sugiere la existencia de ocultos ritmos y significados con el movimiento ascendente de su batuta. 

Para continuar con la metáfora musical, conviene señalar que dos tercios de un discurso de Hitler seguían el compás de marcha, haciéndose cada vez más rápido, y finalizaba con un último tercio esencialmente rapsódico. A sabiendas de que una exposición continua por un mismo orador acabaría cansando a sus oyentes, recurría a encarnar en forma maestra un imaginario oponente, para luego volver a la línea original de pensamientos, tras haber aniquilado por completo a su supuesto antagonista. El final ofrecía siempre un curioso aspecto. Poco a poco fui convenciéndome de que Hitler era una especie de narciso para el que la multitud venía a ser algo así como un sustituto de la mujer que nunca pareció capaz de hallar. El hablar venía a ser para él algo así como la satisfacción de cierta necesidad de desahogo y juzgándolo de esta manera, a mí se me hacía más comprensible el fenómeno de su fuerza oratoria. Los últimos diez minutos de un discurso suyo semejaban un orgasmo de palabras.


Espero no parecía una blasfemia si digo que la Biblia le enseñó muchas cosas. Cuando le conocí Hitler era un ateo convencido, si bien todavía se mostraba tolerante con las creencias religiosas y las aceptaba como base de los pensamientos de los demás. Su sistema de pasar revista al pasado y repetir luego por cuatro veces sus ideas básicas derivada directamente del Nuevo Testamento, y nadie podrá decir que no fuese un método sobradamente probado. Sus argumentaciones políticas se desarrollaban siguiendo un sistema que yo denominé de la figura horizontal del ocho. Solía moverse primero hacia la derecha, hacia entonces su exposición crítica, y acto seguido daba vuelta hacia la izquierda, en espera de las muestras de aprobación. Continuaba luego, invirtiendo el proceso, para acabar justamente en el centro y entonar  el Deustchland über alles entre una tempestad de aplausos. Atacaba a los antiguos gobernantes culpándoles de haber admitido la derrota de la nación; les reprochaba sus prejuicios de clase y de mantener un sistema económico feudal. Con ello se aseguraba el aplauso de los elementos izquierdistas. A continuación fustigaba a los que estaban dispuestos a renegar de las verdaderas tradiciones de la grandeza alemana y provocaba el entusiasmo de sus oyentes derechistas. Cuando al fin llegaba al término de su peroración no había nadie que no estuviese conforme con cuanto había dicho. Era el suyo un arte que nadie más igualaba en Alemania y mi convencimiento de que tarde o temprano tenía que llevarle a la cima del palenque político, me confirmó en mi propósito de mantenerme a su vera tanto como me fuese posible. 


Hitler no soportaba que nadie estuviese en su habitación cuando preparaba alguno de sus discursos. En los primeros tiempos no recurrió a dictarlos como posteriormente hizo. Tardaba de cuatro a seis horas en pergeñar uno y lo hacía anotando solamente unas quince o veinte palabras clave en diez o doce grandes hojas de papel. Cuando se acercaba la hora del mitin solía pasearse de un lado para otro de su habitación, como si repasase mentalmente los diferentes pasajes de su argumentación. Mientras tanto, el teléfono no cesaba de sonar, a fin de que Weber, Amann o Hermann Esser fuesen informándole de cómo iban las cosas en la sala. Él les preguntaba si había mucha gente, cuál era su estado de ánimo o si se esperaba que hubiese mucha oposición. Continuamente daba instrucciones en cuanto a la manera de entretener a la concurrencia mientras le esperaban y media hora más tarde de que el mitin comenzase, pedía su abrigo, su látigo y el sombrero y precedido de su guardaespaldas y el chófer, se dirigía al automóvil. Una vez en la sala, acostumbraba a colocar sus notas sobre una mesa, a su derecha. Cada página le bastaba para hablar por espacio de diez minutos o un cuarto de hora.

Al finalizar, la banda interpretaba el himno nacional. Hitler saludaba entonces con la mano derecha y abandonaba la sala antes de que la música cesase. De ordinario se hallaba ya en su automóvil cuando aún se oían las últimas notas. Esa súbita retirada no dejaba de reunir cierto número de ventajas. Además de permitirle llegar al vehículo sin ser molestado, evitaba que menguase el entusiasmo de la multitud, le ponía a salvo de inoportunas entrevistas y dejaba intacto el espectáculo de apoteosis que, cara al público, formaba al final de su discurso. En cierta ocasión me confesó:

Muchos oradores cometen el gran error de permanecer en la sala conversando una vez que su discurso ha terminado. Esto solo lleva a una disminución del entusiasmo, ya que la controversia y la discusión pueden anular por completo unas horas de labor oratoria. 

Lo que a mí me tenía totalmente perplejo -y con el tiempo le pasó lo mismo a millones de personas- era que no concedía a las palabras vitales igual significado que tenían para los demás. Siempre que yo hablaba de nacionalsocialismo, lo hacia pensando en los antiguos términos de Friedrich Naumann, en los que se fundía toda la esencia de los elementos tradicionales y sociales de la comunidad. Los pensamientos de Hitler nos se avenían en absoluto con la idea de una confederación patriótica de tal especie. Todos sabíamos, aunque pasásemos por alto las profundas implicaciones del hecho, que la primera manifestación de su personalidad había sido como soldado. El hombre que declamaba desde la tribuna no sólo era un soberbio orador, sino también un experto instructor militar que había sabido ganarse la voluntad de aquellos de sus camaradas del ejército que se dejaran influir por la revolución de noviembre. Cuando hablaba de nacionalsocialismo lo hacía pensando en un socialismo militar, sujeto a una disciplina militar o, para decirlo en términos civiles, en un socialismo de estado. Ignoro ciertamente cuál sería el momento en que sus procesos mentales le llevarían a dar forma definitiva a esa clase de socialismo, pero lo que sí es indudable es que el germen estuvo siempre en él. Además de ser un gran orador, era también taciturno e introvertido en grado extremo y parecía tener un sentido instintivo respecto all que no debía decir, a fin de mantener la confusión en la gente en cuanto a sus verdaderas intenciones. He de confesar, de todas formas, que nuevamente me refiero a unas impresiones obtenidas con el discernimiento que se posee a los treinta años. 

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