Kubizek: “La imagen de la madre” - “Retrato de su madre”





Tempus ha eliminado el primer párrafo de este capítulo. Es este:


“Solo existe uno, pero éste hace innecesarios todos los demás retratos, ya que expresa la esencia de aquella mujer silenciosa y modesta a la que yo adoraba, mucho mejor que una docena de fotografías tomadas al azar. Vemos ante nosotros la imagen de una mujer joven de rasgos sorprendentemente regulares. Pero se adivina ya una oculta sombra de dolor en torno a aquella boca de labios firmemente apretados a los cuales les resulta difícil esbozar una sonrisa. Los ojos claros y de mirada, quizá, demasiado fija dominan por completo aquel rostro de expresión grave.” (Traducción de 1955)


“Clara Hitler siguió siendo una mujer hermosa hasta su muerte. El dolor acusaba aún más esta belleza. Siempre que la veía sentía yo no sé exactamente por qué, compasión hacia ella y me veía impulsado a hacer algo que pudiera agradarle. Se alegraba de que Adolf hubiese encontrado a un amigo con el cual congeniaba y en el que poder confiar plenamente”. (Traducción de 1955)


“Klara Hitler siguió siendo una mujer hermosa hasta el día que falleció. Cada vez que la veía sentía -y no sé por qué- compasión por ella, y sentía que deseaba hacer algo por ella. Se alegraba de que Adolf hubiera encontrado un amigo que le gustara y en quien confiara”. (Tempus)


“Con frecuencia, cuando terminaba el trabajo en el taller antes que de costumbre, me lavaba rápidamente, me vestía y corría luego a la Humboldstrasse. La casa numero 31 era una casa de tres pisos que no se puede decir fuese fea. La familia Hitler vivía en el tercer piso.” (Traducción de 1955)


“A menudo, cuando terminaba temprano el trabajo, me lavaba rápido, me cambiaba y me dirigía a la Humboldstrasse. El numero 31 era un edificio de apartamentos de tres pisos que no resultaba desagradable. Los Hitler vivían en el tercero.” (Tempus)


La Humboldstrasse 31 en la época de Hitler y en la actualidad. 


“Veo con toda claridad aquella sencilla vivienda en mi imaginación. La pequeña cocina, con los muebles pintados de verde, poseía una sola ventana que daba a un patio. La sala de estar, con sus dos pequeñas camas en las que dormían la madre y la pequeña Paula, daban a la calle. De una de las paredes colgaba el retrato del padre, un rostro expresivo y consciente de sí mismo, típico del funcionario, cuya expresión un tanto severa quedaba suavizada por la bien cuidada barba. En el gabinete, al que se llegaba desde el dormitorio, dormía y estudiaba Adolf.” (Traducción de 1955)


“Aun recuerdo su humilde apartamento. La cocina pequeña, con muebles pintados de verde, tenía solo una ventana que daba al patio. El salón, con las dos camas de su madre y de la pequeña Paula, daba a la calle. En la pared lateral colgaba un retrato de su padre, con el típico rostro de funcionario, imponente y circunspecto, cuya expresión más bien adusta se veía mitigada por el bigote prolijamente cuidado a la manera del emperador Francisco José. Adolf vivía y estudiaba en la habitación pequeña, junto al dormitorio.” (Tempus)


“Adolf apenas prestaba atención a su hermana. Esto se debía, sobre todo, a la diferencia de edad, que excluía por completo a Paula de su campo de acción. La llamaba ‘la pequeña’. Paula ha quedado soltera y vive actualmente en Königssee, cerca de Berchtesgaden.” (Traducción de 1955)


“Adolf no estaba especialmente unido a ella. Puede que el motivo fuera la diferencia de edad: siempre se refería a ella afectuosamente como a ‘la niña’. “ (Tempus)


“La familia Hitler solo tenía parientes en el Waldviertel, un contraste muy notable con otras familias de funcionarios austríacos que tenían parientes en numerosas provincias. Sólo más tarde supe que las líneas paterna y materna de Hitler ya en la segunda generación se unían, de modo que, efectivamente, para él a partir del ahúselo se trataba de una sola familia. Recuerdo que Adolf visitó en cierta ocasión a sus familiares en el Waldviertel. Otra vez me mandó una tarjeta postal desde Weitra, que se halla en la región de Waldviertel, lindante con Bohemia. No recuerdo ya lo que le llevó allí. Tampoco solía hablar de su parientes y se limitó a describirme la región: un país pobre que se halla en vivo contraste con la región tan fructífera de las márgenes del Danubio. Aquel país pobre y austero era la parte de sus antepasados, tanto por línea materna como paterna. 


Los datos que hacen referencia a la señora Clara Hitler, nacida Pölzl, han sido confirmados plenamene. Nació el 12 de agosto de 1860 en Spital, una pobre región de Waldviertel. Su padre, Johann Baptist Pölzl, era un sencillo campesino; su madre, Johanna Pölzl, una nacida Hüttler. 


La ortografía del nombre Hitler varía en los diversos documentos. Encontramos tanto la forma Hiedler como Hüttler, en tanto que el nombre de Hitler parece sólo con el padre de Adolf. 


Aquella Johanna Hüttler, la abuela de Adolf por línea materna, era hija de Johann Nepomuk Hiedler; por consiguiente, Clara Pölzl estaba emparentada con la familia Hüttler-Hiedler. Johann Nepomuk Hiedler el hermano de Johann Ceorg Hiedler, que en el registro de bautizos de Döllersheim aparece reseñado como primo del padre de Adolf. Clara Pölzl, por consiguiente, sobrina en segundo grado de su esposo. Mientras no fue su esposa, Alois Hitler la llamaba simplemente su sobrina.



Clara Pölzl pasó una juventud pobre en casa de sus padres de tan numerosa familia. Con frecuencia me hablaba de sus hermanos. Clara era de las más jóvenes en aquella familia de doce hijos. A menudo me hablaba también de su hermana Johanna. Cuando murieron sus padres, tía Johanna se preocupó en muchas ocasiones de Adolf. Otra hermana de Clara, Amalia, la conocí más tarde.


En el año 1875, cuando Clara Pölzl hubo cumplido los quince años, la llamó a su casa el aduanero Alois Schicklgruber en Braunau para que ayudara a su esposa en las labores de la casa. Alois Schicklgruber, que no adoptó hasta el año siguiente el nombre de Hiedler, que luego transformó en Hitler, estaba casado por aquel entonces con la señora Anua Glasl-Hörer. Este primer matrimonio de Alois Hitler con aquella mujer que le llevaba catorce años no tuvo descendencia y finalmente obtuvieron la separación. Cuando murió su esposa en el año 1883, Alois Hitler se casó con Francisca Matzelberger, una mujer que tenía veinticuatro años menos que él. De este matrimonio proceden los dos hermanastros de Adolf, Alois y Angela. Clara había prestado sus servicios en casa de Alois Hitler cuando éste estaba casado y luego separado de su primera mujer. Cuando Alois Hitler se volvió a casar por segunda vez abandonó la casa y se fue a Viena. Pero cuando Francisca, la segunda esposa de Alois Hitler, enfermó gravemente después del nacimiento de su segundo hijo, Alois Hitler volvió a llamar a su sobrina a Braunau. Francisca murió el 10 de agosto de 1884 después de apenas dos años de casada. (Alois, el primer hijo de este matrimonio había nacido antes de que contrajeran matrimonio y luego fue adoptado por el padre.) El 7 de enero de 1885, medio año después de la muerte de su segunda esposa, se casó Alois Hitler con su sobrina Clara, que ya esperaba un hijo de él, Gustav, que nació el 17 de mayo de 1885, o sea, apenas a los cinco meses de estar casados y que murió el 9 de diciembre de 1887.


Aun cuando Clara Pölzl era sólo sobrina en segundo grado, necesitaron ambos una dispensa eclesiástica para poder contraer matrimonio. (Traducción de 1955)



El matrimonio de Alois Hitler con Clara es descrito por numerosos conocidos en Braunau, Passau, Hafeld, Lambach y Leonding, que frecuentaron la familia, como un matrimonio feliz, lo que seguramente se debe única y exclusivamente al carácter dócil y sumiso de la mujer. En cierta ocasión me dijo a mí a este respecto: «Mi matrimonio no ha sido aquello que una joven muchacha espera y desea del mismo», y luego añadió, resignada: «Pero, ¿quién tiene esta suerte?»

A esto se añadió la carga moral y física de aquella delicada mujer por los rápidos partos: en el año 1885 nació Gustavo, en 1886 una hija llamada Ida, que murió también a los dos años, en 1887 otro hijo, Otto, que murió a los tres días de haber nacido y el 20 de abril de 1889 otro hijo, Adolf.


Cuánto dolor de madre se revelaba en la escueta enunciación de estos datos! Cuando nació Adolf habían muerto ya sus tres hermanos Gustav, Ida y Otto. ¡Con qué preocupaciones debió la madre seguir, día por día, el crecimiento del único hijo que le quedaba!. Me contó en cierta ocasión, que Adolf había sido un niño muy débil, de forma que siempre había temido que también perdería a éste.


Comprendí perfectamente los sentimientos de aquella mujer, puesto que también mi madre había perdido a tres de sus hijos a temprana edad y siempre estaba atemorizada por lo que le pudiera suceder al cuarto.


Tal vez se debía la causa de la muerte temprana de aquellos tres hijos procedentes del tercer matrimonio de Alois Hitler al hecho de que fuera un matrimonio entre parientes. Este juicio lo dejo, empero, en manos de los entendidos. Pero sí quiero llamar la atención sobre un hecho que, en mi opinión, es de gran importancia.


La característica más notable en el carácter de mi amigo de juventud era, en mi experiencia personal, la increíble consecuencia en todo lo que decía y hacía. Había algo en su modo de ser seguro, fijo, inconmovible y obstinado que manifestaba hacia el exterior en la gravedad y seriedad de su expresión y que constituía la base sobre la cual se desarrollaban sus demás peculiaridades. Adolf «no podía zafarse de su piel», como decimos los alemanes. Lo que yacía en él, quedaba invariable para siempre más. ¡Cuántas veces tuve ocasión de comprobarlo! Recuerdo unas palabras que me dijo en el año 1938, treinta años después de no habernos vuelto a ver: «Usted no ha cambiado, Kubizek, sólo ha envejecido.» Estas palabras fueron definitivas para mi. En realidad, estas palabras valían con respecto a él mismo. Jamás cambió.


He buscado una explicación a este rasgo tan fundamental en persona. Las influencias del medio ambiente y de la educación no cuentan apenas en este caso. Pero sí me imagino, a pesar de que soy un ignorante por todo cuanto hace referencia a los problemas de herencia y biológicos, que debido a especiales constelaciones en la herencia da este matrimonio entre parientes fueran fijados determinados aspectos estos «complejos retardados» (“Complejos atrofiados” en la traducción de Tempus) provocaran precisamente aquel cuadro carácter tan típico. En el fondo era este modo de ser lo que llenaba con tantas preocupaciones a su madre.


Una vez más el corazón de la madre sufrió un rudo golpe. Cinco años después del nacimiento de Adolf, el 24 de marzo de 1894, dio la madre a luz a un quinto hijo, Edmund, que murió también cuando todavía era niño, el 20 de junio de 1900, en Leonding. En tanto que Adolf no poseía el menor recuerdo de los tres hermanos fallecidos en Braunau y nunca hablaba de ellos, recordaba perfectamente a su hermano Edmund, ya que tenía once años cuando murió aquél. Me contó, en cierta ocasión, que su hermano Edmund había muerto de difteria. Por el contrario, continuó con vida la menor de todas, Paula, que nació el 21 de enero de 1896.


De sus seis hijos había perdido Clara Hitler ya cuatro a muy temprana edad. El corazón de la madre jamás se volvió a recuperar de estos rudos golpes. Sólo restaba algo: las preocupaciones por los dos hijos que habían quedado con vida, preocupaciones éstas que a la muerte de su esposo reposaban sólo sobre sus propios hombros. Un débil consuelo lo representaba el hecho de que Paula fuera una niña tan dócil, pero tanto mayores eran los temores y preocupaciones que la dominaban con respecto a su único hijo, Adolf, unos temores y preocupaciones que sólo terminaron a su muerte.

Adolf amó mucho a su madre. Lo declaró ante Dios y el mundo (nota: en la traducción de Tempus aparece: “Lo juro ante Dios y el Hombre” en palabras de Kubizek, no de Hitler).  Recuerdo muchas ocasiones en que hizo gala de este amor hacia su madre y, sobre todo, de un modo conmovedor cuando ella estuvo enferma. Siempre que hablaba de su madre lo hacía con palabras de profundo amor hacia ella. Fue un buen hijo. El que no pudiera ver realizado su ansiado deseo de proporcionarle una vida más segura y estable, esto estaba más allá de su voluntad personal.


Cuando vivimos juntos en Viena, llevaba siempre el retrato de la madre enmarcado en un medallón. En su libro Mi lucha aparece la muy significativa frase: «Adoraba a mi padre y amaba a mi madre.»



Kubizek : "Extraña amistad" - La imagen del joven Hitler



Capítulo 2 “Extraña amistad” - “Desarrollo de una amistad” 



“Pertenecía a aquel particular linaje humano del que también yo soñaba en mis instantes de audacia; un artista, que despreciaba el vulgar “oficio para ganar el pan”, y se ocupaba solamente de componer poesías, dibujar y pintar, y asistir a las representaciones teatrales”. 


“Pertenecía a aquella especie particular de personas con las que yo mismo soñaba en mis momentos más expansivos: era un artista, que despreciaba el trabajo encaminado solamente a ganarse el pan y se dedicaba a la poesía, a dibujar, a pintar y a ir al teatro”.


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“Hitler era extraordinariamente violento y temperamental. Las cosas más ofensivas, algunas palabras ligeras quizá, podían provocar en él arrebatos de cólera que, a mi modo de ver, no guardaban la menor relación con la intrascendencia de su causa”.


“Adolf era sumamente violento y muy nervioso. Cosas bastantes triviales, como unas pocas palabras dichas sin pensar, podían provocarle ataques de furia que me parecían bastante desproporcionados en relación a la importancia del asunto”. 


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“¡Todos son futuros servidores El Estado! -dijo Hitler, todavía furioso. ¡Y con semejantes criaturas he ido yo a la misma clase!”


“Todos son futuros funcionarios -dijo Adolf, todavía furioso- y pensar que con todos estos tuve que enfrenarme en la misma clase”. 


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“Porque no puedo sufrir que vayas y hables con otras personas”.


“No soporto que te codees con otros jóvenes y les hables”. 


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“Dejo al cuidado de los demás el juzgar si las personas que, como Hitler, siguen su camino con la seguridad de un noctámbulo, saben encontrar casualmente, de entre la masa, a las personas que necesitan para un determinado trecho de su camino, o si es una decisión del destino que las pone ante estas personas en el instante decisivo. Yo no puedo más que afirmar la realidad de que, desde el momento de nuestro encuentro en el teatro, hasta su ulterior caída en los tiempos de miseria en Viena, a la que yo no pertenecía, fui esta persona para Adolf Hitler”.


“Que sean otros los que juzguen si la gente que, como Adolf, encuentra su camino con la certeza de un sonámbulo, elige al azar la compañía que necesita para esa parte del camino en concreto, o si el destino escoge por ellos. Lo único que puedo decir es que desde nuestro primer encuentro en el teatro hasta su caída en la miseria en Viena yo fui ese compañero para Adolf Hitler”.


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Capítulo 3 La imagen del joven Hitler - Retrato del joven Hitler


“Los retratos realmente auténticos de la infancia y la juventud de Adolf Hitler se pueden contar con los dedos de una mano”.


“Imagino que no debe de haber más de cinco fotos de Adolf Hitler tomadas durante sus años de formación”.


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El siguiente párrafo ha sido reducido bastante en la edición de Tempus:


“En primer lugar, la conocida fotografía que hicieron en el año 1889 del pequeño Adolf pocos meses después de su nacimiento. Esta imagen, pequeña y delicada, del niño, nos ofrece ya todo aquello que posteriormente es típico de la fisiognomonía de Hitler. Las proporciones características de la nariz, mejillas y boca, los ojos claros y penetrantes, los obscuros cabellos que le caen sobre la frente… todo esto con la peculiar ingenuidad de la niñez. Hay otro detalle que llama especialmente la atención en este primer retrato fotográfico de Hitler: el gran parecido de Adolf con su madre. Tuve ocasión de cerciorarme de este parecido cuando vi por vez primera a la señora Hitler. Pero todos aquellos que comparen el retrato de Adolf con el de su madre, se darán igualmente cuenta de este parecido. El retrato de la madre es realmente la obra maestra de un fotógrafo. El parecido es realmente sorprendente. Casi como copiado. Paula, la hermana de Adolf, por el contrario, se parecía en todo al padre. No conocí al padre de Adolf y he de referirme en este sentido a los informes que poseo de la madre”. 


Y la versión de Tempus:


“La fotografía más antigua que se conoce es la del bebé Adolf Hitler de pocos meses en 1889. Muestra las proporciones características de nariz, mejillas, boca, los ojos claros y penetrantes y el flequillo. Lo que más me llama la atención de este retrato es el gran parecido del chico con su madre. Me di cuenta enseguida cuando conocí a Frau Hitler. En cambio, su hermana Paula se parecía a su padre. No lo conocí, así que me fío de lo que me dijo Frau Hitler”. 


A continuación, la editorial Tempus ha suprimido más de una hoja, en concreto la que hace referencia al único dibujo que un compañero de clase le hizo a Hitler. El dibujo procede del año 1905:


          “Este compañero de clase llamado Sturmlechner, que hizo un retrato del joven Hitler y que en el ángulo superior escribió orgulloso: “Al natural”, era, desde luego, un aficionado. Esto se adivina ya desde un principio en el dibujo, que es todo menos una obra artística. Lo más seguro es que Sturmlechner solo supiera dibujar de perfil, ya que siempre hacía esta clase de dibujos. Lo que se apartaba del perfil, le proporcionaba inauditas dificultades. La nariz aparece mal perfilada y, en cuanto a los pelos, fracasa por completo su arte, aun cuando los cabellos por aquella época casualmente se correspondían “al natural”. A pesar de todo, el dibujo posee un cierto atractivo, y esto debido a que la expresión es natural y sin añadidos de ninguna clase. Si solo me fijo en el perfil de este bosquejo de Sturmlechner, veo ante mí la imagen que se corresponde con el recuerdo que tengo de mi amigo de juventud. 


          El dibujo de Sturmlechner ha tenido un destino muy curioso. Se han cometido muchas absurdidades con el mismo. Por ejemplo, un autor que ha escrito sobre los años de miseria de Hitler en Viena ha colocado sobre la cabeza de éste un sombrero hongo y metido en la corbata una aguja con una cruz gamada, y publicaba el retrato en cuestión como una expresión característica de Hitler durante los últimos años que pasó en Viena. La autenticidad del perfil no admitía discusión posible teniendo en cuenta cuán poco había cambiado la fisionomía de Hitler. Pero aquel autor no sabía que Hitler jamás había usado un sombrero hongo. A Adolf sólo le gustaban los sombreros oscuros y flexibles, nada más. ¡Cómo se burlaba él de aquellos “melones”!


Con ello he llegado al fin de todo lo que hace referencia a las fotografías del propio Hitler. Voy ahora a intentar completar algo sobre la imagen de mi amigo de juventud, aun cuando me percato plenamente de que mi estudio siempre será incompleto.


Hitler era de estatura mediana y esbelto, por aquel entonces ya algo más alto que su madre. Su constitución no era en modo alguno la de un hombre fuerte, sino más bien delgado y frágil. Su salud no era de lo que hubiese sido de desear y él se lamentaba con frecuencia de ello. Tenía que protegerse ante el clima nebuloso y húmedo de Linz durante los meses de invierno. En efecto, durante estos meses se encontraba con frecuencia enfermo y tosía mucho. En resumen, era débil de pulmones”.


 Vamos a ver las diferentes traducciones de frases que he considerado interesantes:


“Jamás he vuelto a ver en mi vida un rostro de hombre en el cual… ¿cómo expresarme?… los ojos dominaran de tal forma la expresión del rostro como era el caso en mi amigo”. (Traducción de 1955)


“Nunca en la vida he visto a otra persona cuyo aspecto -cómo lo diría…- estuviera tan dominado por los ojos”. (Tempus)


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“Adolf hablaba efectivamente con los ojos. Aun cuando mantenía los labios firmemente apretados, los ojos revelaban lo que él quería decir”. (Traducción de 1955)


“Adolf hablaba con los ojos, e incluso cuando sus labios estaban en silencio sabías lo que quería decir”. (Tempus)


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“Cuando en ocasiones me han preguntado en qué característica resaltaba aquel hombre durante su juventud, sólo puedo responder: ¡Por sus ojos! (Traducción de 1955)


“Si me preguntaran dónde se percibían, en su juventud, las cualidades excepcionales de aquel hombre, mi única respuesta podría ser ‘en los ojos’. (Tempus)


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“Si sólo hubiese hecho caso de sus palabras, todo aquello se me hubiese antojado un juego o una locura. Pero la expresión de sus ojos me convencía, cada vez de nuevo, de que hablaba en serio”. (Traducción de 1955)


“Si me hubiera limitado a escuchar sus palabras todo lo que decía me habría parecido o bien una fantasía inútil o una completa locura, pero sus ojos me convencían de que hablaba totalmente en serio”. (Tempus)


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“Jamás se olvidó de darme recuerdos para mis padres y en ninguna de las tarjetas postales que me envió faltó jamás la fórmula ‘saludos a tus queridos padres”. (Traducc. 1955)


“Nunca se olvidaba de mandar recuerdos a mi gente, y en cada postal enviaba saludos a mis “apreciados padres”. (Tempus)


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“En ocasiones, me preguntaba yo a qué se debía que Hitler, que poseía cualidades indudables, no hubiese llegado más lejos en Viena. Fue solo más tarde que comprendí que él no tenía ningún interés en un ascenso profesional. No poseía la menor ambición para conquistarse una posición que le permitiera ganarse su sustento. La gente que le conocía en Viena no podían comprender en modo alguno la contradicción que existía entre su aspecto externo tan cuidado, su lenguaje culto y su presencia segura y, por otro lado, aquella vida tan mísera que llevaba; y le consideraban orgulloso y presumido. Pero Hitler no era nada de ambas cosas. No encajaba en el sistema burgués.” (Traducción de 1955)


“Yo solía preguntarme por qué a Adolf, pese a todas estas capacidades acusadas, no le fue mejor en Viena. Hasta más adelante no me di cuenta de que el éxito profesional no era su única ambición. La gente que lo conocía en Viena no entendía la contradicción entre su aspecto cuidado, el habla culta y el comportamiento seguro de sí mismo por un lado, y la vida paupérrima que llevaba por otro, y lo consideraban holgazán o pretencioso. No era ninguna de las dos cosas. Sencillamente no encajaba en ningún orden burgués. “ (Tempus)


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“Hitler era un verdadero artista en pasar hambre, a pesar de que, cuando se le presentaba la ocasión, gustaba de comer bien. Es cierto que durante su época en Viena casi siempre le faltaba el dinero necesario para ello. Y cuando tenía dinero estaba siempre dispuesto a renunciar a la comida para adquirir una localidad en el teatro. No comprendía los placeres materiales. No fumaba, no bebía y vivía durante días alimentándose sólo de pan y leche.” (Traducción de 1955)


“Adolf había convertido el hambre en un arte, aunque comía muy bien cuando se presentaba la ocasión. La verdad es que en Viena solía faltarle dinero para comida. Pero aunque lo hubiese tenido, habría preferido pasar hambre y gastárselo en una butaca del teatro. No entendía el disfrute de la vida como otras personas. No fumaba, no bebía, y en Viena, por ejemplo, vivía durante días sólo de pan y leche.” (Tempus)


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“En su menosprecio por todo aquello que hacía referencia al cuerpo, el deporte, que por aquel entonces se hallaba en franco ascenso, significaba para él muy poco”. (Traducción de 1955)


“Al despreciar todo lo que pertenecía al cuerpo, el deporte, que entonces se estaba poniendo de moda, no significaba nada para él”. (Tempus)


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“El único deporte que practicaba Hitler con gran afán era caminar. Iba a pie a todas partes y siempre. En mi memoria siempre le veo de un modo u otro en movimiento. Podía caminar durante horas y horas, sin cansarse. Juntos recorrimos los alrededores de Linz en todas direcciones. Apenas debe existir allí un camino que no hayamos recorrido los dos. Su amor a la Naturaleza era muy acusado”. (Traducción de 1955)


“Caminar era el único ejercicio que atraía realmente a Adolf. Caminaba siempre y por todas partes, e incluso en mi taller y en mi habitación caminaba arriba y abajo. Lo recuerdo siempre en movimiento. Podía caminar durante horas seguidas sin cansarse. Solíamos explorar los alrededores de Linz en todas direcciones. Amaba mucho la naturaleza, pero de un modo personal”. (Tempus)


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“No le interesaban los detalles en la Naturaleza, asimilaba ésta en su conjunto. La llamaba él “afuera”. Esta palabra sonaba tan familiar en sus labios, como si hubiese dicho “dentro”, “en casa”. En efecto, en la Naturaleza se encontraba como en su propia casa. Su predilección por las excursiones nocturnas o a permanecer de noche en algún lugar en el que no había estado anteriormente, fue ya muy acusada durante los primeros años de nuestra amistad”. (Traducción de 1955)


“Los detalles no le interesaban, sino la naturaleza en su conjunto. Se refería a ella como ‘el aire libre’. Esta expresión sonaba tan familiar cuando él la pronunciaba como la palabra ‘hogar’. Y lo cierto es que se sentía cómodo en la naturaleza. Ya en los primeros años de nuestra amistad descubrí su particular preferencia por los paseos nocturnos, o incluso pasar la noche en alguna zona poco conocida”. (Tempus) 


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“La Naturaleza ejercía sobre él una influencia muy extraordinaria, tal como no he podido observar en ninguna otra persona. Cuando estaba “fuera” era una persona muy diferente de cuando estaba “dentro” en la ciudad. Había rasgos muy concretos de su personalidad que sólo se rebelaban cuando estaba en la Naturaleza. Jamás se mostraba tan concentrado en sus pensamientos como cuando caminaba por los silenciosos senderos de los bosques del Mühlviertel o cuando, por las noches, recorríamos rápidamente el Freinberg. Mientras caminábamos, sus pensamientos y ocurrencias fluían mucho más tranquilas y seguras que en cualquier otra parte”. (Traducción de 1955)


“Estar al aire libre producía un efecto extraordinario en él. Se convertía en una persona bastante distinta respecto a cuando estaba en la ciudad. Ciertos aspectos de su carácter sólo se rebelaban allí. Nunca se mostraba tan sereno y concentrado como cuando paseaba por los tranquilos caminos en los bosques de hayas de Mühlviertel, o de noche cuando dábamos un paseo rápido por el Freinberg. Al ritmo de sus pasos, sus pensamientos fluían más fácilmente y con mejores resultados que en cualquier otro lugar”. (Tempus) 


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“Mi amigo tenía un modo especial de poner a la Naturaleza a su servicio. Buscaba cerca de la ciudad un lugar quieto, un lugar que apenas visitaban los demás, y en el que podía estar a solas. Siempre de nuevo le conducían sus pasos al mismo sitio. Cada arbusto, cada árbol le era conocido. No había nada en torno de él que hubiese podido alejarle de sus meditaciones”. (Traducción de 1955)


“Mi amigo tenía una manera especial de conseguir que la naturaleza se pusiera a su servicio. Solía buscar un lugar solitario fuera de la ciudad, que podía visitar una y otra vez. Cada árbol y cada arbusto le resultaban familiares. Nada alteraba su estado contemplativo”. (Tempus)


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“Durante largo tiempo instaló su estudio natural en un banco del Turmleitenweg. Allí leía sus libros, dibujaba y hacía sus acuarelas, allí escribió sus primeras poesías. Otro lugar que eligió posteriormente le era todavía más escondido y silencioso. Del sendero que conducía desde media altura del Kalvarierberg al Zaubertal, era necesario desviarse hacia el oeste y encaramarse por altas rocas y espesos arbustos para alcanzar dicho lugar, que era difícil nadie más pudiera encontrar. Nos sentábamos sobre la roca más alta, que avanzaba hacia el valle. En tanto que los arbustos y los árboles cerraban para nosotros el mundo tras nuestros cuerpos, veíamos libre ante nosotros el curso suave del Danubio. El tranquilo fluir del río impresionaba siempre de nuevo a Adolf. Inagotable, irrefrenable, procedente de la eternidad, fluyendo hacia la eternidad, se dirigían las poderosas aguas hacia el Este. ¡Cuántas veces me habló mi amigo, allá arriba, de sus planes! A veces se sentía dominado por sus sentimientos, y en estos casos daba libre curso a su fantasía. Recuerdo que una vez me relató en aquel lugar una escena del viaje de Krimilda al país de los hunos, con tanta emoción, que creí ver deslizarse desde allí arriba a los poderosos barcos de los reyes de Burgundia”. (Traducción de 1955)


“Durante algún tiempo, cuando hacía bueno, recuento un banco en el Turmleitenweg donde estableció una especie de estudio al aire libre. Ahí leía sus libros, dibujaba y pintaba con acuarelas. Ahí nacieron sus primeros poemas. Había otro lugar, aun más solitario y apartado, que más adelante se convirtió en uno de sus preferidos. Nos sentábamos en una roca elevada que sobresalía y daba al Danubio. La visión del río fluyendo lentamente siempre conmovía a Adolf. ¡Cuántas veces me habló mi amigo de sus planes allí arriba! En ocasiones los sentimientos lo dominaban y daba rienda suelta a la imaginación. Recuerdo en una ocasión que me describió con tal lujo de detalles el viaje de Krimhild  hasta el país de los hunos que me imaginé que veía los potentes barcos de los reyes de Borgoña deslizándose río abajo”. (Tempus)


Como vemos, hay una diferencias en la traducción. Krimilda ( en alemán, Kriemhild) lo ha dejado la edición de Tempus con su traducción en inglés, Krimhild. Y Burgundia, pasa a llamarse Borgoña, en la misma edición. 


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“En contraste con estos momentos de meditación y recogimiento estaban nuestras largas excursiones. No nos costaba mucho equiparnos para las mismas. Lo único que necesitábamos era un bastón fuerte. Adolf se ponía su traje de a diario, una camisa de colores en señal de que tenía la intención de hacer una larga caminata, en lugar de la corbata sólo un pañuelo de seda anudado al cuello. No nos llevábamos nada para comer. Cuando sentíamos hambre, encontrábamos siempre un lugar donde nos vendían un poco de pan y tomábamos un vaso de leche. ¡Qué tiempos tan felices aquellos!”. (Traducción de 1955)


“Nuestras excursiones a lugares alejados eran bastante distintas. No eran necesarios muchos preparativos: un bastón fuerte para dimanar era el único requisito. Además de su ropa habitual, Adolf se ponía una camisa de color y, para señalar su intención de emprender un largo viaje, lucía, en vez de su corbata habitual, un cordón de seda con dos borlas colgando hacia abajo. No nos llevábamos comida, sino que en alguna parte lográbamos encontrar un poco de pan seco y un vaso de leche. ¡Qué tiempos tan maravillosos y despreocupados aquellos!”. 

(Tempus)


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“Mi padre estaba más que contento que yo mismo después de seis días de esforzado trabajo, bañado en sudor y cubierto de polvo, al poder respirar aire puro y fresco sentía una especial predilección por el pueblecito de Walding, situado en medio de grandes y hermosos huertos y que durante la primavera resplandecía en colores rosados y blancos. Para nosotros, también Walding tenía sus grandes atractivos puesto que el río Rodel fluye por allí cerca y donde en los cálidos días de verano nos bañábamos. El río con su fondo dorado obscuro nos recuerda los tranquilos riachuelos de la patria de Adalberto Stifter. Pero el Rodel es traidor. Cuando menos se espera se forman remolinos y solo los buenos nadadores logran zafarse de los mismos”. (Traducción de 1955)


“A mi padre le gustaba especialmente un pueblecito llamado Walding, buenos atraía porque cerca estaba el arroyo Rodel en el que nos gustaba bañarnos en los días cálidos de verano”. (Tempus)


Se observa cómo la edición de Tempus ha omitido una gran parte del párrafo. 


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Es bien conocida la aversión que tenía el Hitler adulto a mostrarse en bañador o desnudo, algo que no le ocurría en su adolescencia, cuando el pudor suele ser más elevado. La siguiente anécdota nos presenta a un Hitler héroe, al salvar a la madre de su amigo:


“Adolf y yo habíamos bajado de la posada al río para bañarnos. Yo era un nadador bastante bueno y también mi amigo. Pero mi madre siempre estaba intranquila. Nos vio y se sentó sobre un bloque de granito para contemplar desde allí nuestras artes acuáticas. El bloque de granito que se adentraba hacia el agua estaba cubierto de musgo. Mi madre mientras nos contemplaba con expresión angustiada, resbaló sobre el húmedo musgo y cayó al agua. Yo estaba demasiado alejado para acudir inmediatamente en su auxilio. Pero Adolf se tiró a su vez al agua y la sacó del río. Adolf siempre sintió un gran cariño por mis padres. Es característico en este sentido que aún en el año 1944, con motivo de cumplir mi madres sus ochenta años, le mandara un paquete de comestibles, sin que yo lograra jamás informarme cómo se había enterado él de este hecho”. (Traducción de 1955)


“Adolf y yo nos habíamos marchado de la taberna para bañarnos. Los dos nadábamos bastante bien, pero, no obstante mi madre estaba nerviosa. Nos siguió y se quedó en una roca que sobresalía a observarnos. La roca se inclinaba hasta el agua y estaba cubierta de musgo. Mientras nos vigilaba ansiosa, mi pobre madre resbaló en el musgo blando y cayó al agua. Yo estaba demasiado lejos para ayudarla de inmediato, pero Adolf saltó enseguida tras ella y la sacó a rastras. Siempre estuvo muy unido a mis padres. Todavía en 1944, cuando mi madre cumplió 80 años, le envió un paquete con comida”. (Tempus)


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“Solo porque Adolf quería ver a su amada ciudad de Linz desde el Este, tuve que acompañarle al desagradable Pfennigberg, una montaña por la cual los habitantes de Linz mostraban muy poco interés. También a mí me gustó más la visión de la ciudad desde aquel lado que desde éste. Pero Hitler se pasó allí horas y horas tomando apuntes. La subida al Steyregg que emprendimos aquel mismo día no me compensó las fatigas de la anterior ascensión. (Traducción de 1955)


“Solamente porque Adolf deseaba, para variar, ver su amado Linz desde el este, tuve que hacer con él un ascenso nada agradable hasta el Pfenningberg, en el que se lamentaba que la gente de Linz no mostraba suficiente interés. A mí también me gustaba la vista de la ciudad, pero desde donde menos me gustaba era desde ese lado. No obstante, Adolf permanecía horas en aquel rincón poco acogedor, dibujando”. (Tempus)


En la traducción de 1955 Hitler se pasaba horas y horas tomando “apuntes”. En la de Tempus, “dibujando”. 


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“Por el contrario, St. Florian comenzó a convertirse también para mí en un lugar de peregrinaje del arte. Creíamos tropezarnos aquí en esta región, bendecida por Anton Bruckner, con el ‘músico de Dios’ y escuchar en la hermosa iglesia sus geniales improvisaciones en el gran órgano. Pero debimos contentarnos con detenernos ante la sencilla losa donde habían enterrado hacía diez años al gran maestro”. (Traducción de 1955)


“Por otro lado, St. Florian también se convirtió en un lugar de peregrinación para mí, ya que era el sitio donde Anton Bruckner había trabajado y santificado el lugar con su recuerdo: nos imaginábamos que conocíamos realmente al ‘Dios músico’ y escuchábamos sus improvisaciones inspiradas en el gran órgano de la magnífica iglesia. Luego, nos plantábamos delante de la lápida sencilla empotrada en el suelo bajo el coro donde habían enterrado al gran maestro diez años atrás. El maravilloso monasterio había llevado a mi amigo al culmine del entusiasmo. Había llegado a pasarse una hora o más de pie ante la gloriosa escalera; en cualquier caso demasiado tiempo para mí. ¡Y cuánto admiraba el esplendor de la biblioteca! Pero lo que más le impresionó fue el contraste entre las habitaciones excesivamente decoradas del monasterio y la habitación sencilla de Bruckner. Cuando vio sus modestos muebles, se reforzó en la creencia de que en esta tierra la genialidad casi siempre va de la mano de la pobreza”. (Tempus)


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“Para mí, tales visitas eran muy interesantes, puesto que Adolf era en realidad un hombre muy encerrado en sí mismo. Siempre había un campo de acción en su interior, en el que no permitía la entrada a nadie. Existían para él secretos insondables y en muchos aspectos mi amigo era para mí un enigma. Pero había una clave que permitía descubrir cosas y hechos que en caso contrario quedaban ocultos: su entusiasmo por todo lo bello. Cuando hablábamos de una obra de arte tan maravillosa por el claustro de St. Florian, se derrumbaban todos los obstáculos. En tales momentos Adolf, impulsado por su entusiasmo, salía por completo de su reserva y yo me sentía doblemente feliz por aquella amistad”. (Traducción de 1955)


“Aquellas visitas resultaban muy reveladoras para mí, ya que Adolf era por naturaleza muy reservado. Siempre había cierto elemento de su personalidad en el que no permitía que nadie penetrara. Tenía sus secretos inescrutables, y en muchos sentidos siempre fue un enigma para mí. Pero había una llave que abría la puerta a gran parte de lo que habría permanecido oculto: su entusiasmo por la belleza. Todo aquello nos separaba cuando permanecíamos de pie ante una obra de arte magnífica como el monasterio de St. Florian. Luego Adolf estaba tan entusiasmado que bajaba todas las defensas y yo experimentaba al máximo la alegría de nuestra amistad”. (Tempus)


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Sentido del humor y empatia de Hitler:


“En muchas ocasiones me han preguntado, creo que incluso el propio Rudolf Hess cuando durante una de sus visitas a Linz me rogó le fuera a ver, si Hitler, tal como yo le recordaba, había tenido sentido del humor. Las gentes que le rodeaban encontraban a faltar esta faceta en su carácter. A fin de cuentas era austríaco, de modo que no cabía la menor duda de que también él había heredado algo del célebre humor austríaco. 


Es cierto que la impresión que se obtenía de Hitler, sobre todo después de un encuentro corto y fugaz, era la de un hombre muy serio. Esta profunda seriedad parecía ensombrecer todo lo demás. En sus años jóvenes también era así. Con una seriedad muy grande, que no se correspondía en absoluto con aquel muchacho de dieciséis o diecisiete años de edad, examinaba todas las cuestiones que le conmovían y afectaban. Y el modo tenía miles y miles de preguntas que dirigirle. Podía amar y admirar, odiar y despreciar, pero siempre con la máxima seriedad. Pero no era capaz de echar un problema a un lado con una ligera sonrisa. Aun cuando no se interesara personalmente por el deporte, por ejemplo, era el deporte como manifestación de una época, tan importante para él como cualquier otro problema. Jamás llegaba a una conclusión final cuando comenzaba la discusión de todos los puntos de vista en pro y en contra. Con su seriedad característica planteaba continuamente nuevos aspectos del problema, y si el presente no le ofrecía un tema, hurgaba en el pasado durante horas y horas y en toda clase de libros. Esta seriedad desacostumbrada era su característica externa más destacada. Por el contrario, se encontraban a faltar muchos aspectos que caracterizan a la juventud: una indolencia despreocupada, vivir al día, contentarse con el que venga lo que sea. No, esto no valía para él. En este caso -¡extraña contradicción! Se hubiese él sentido muy poco joven. El humor quedaba con ello relegado a la esfera más íntima. Sólo irradiaba de vez en cuando, como si se tratara de algo despreciable. Con frecuencia se dirigía este humor a las personas que le rodeaban, o sea a aquel campo de acción en el que no existían para él problemas ni preguntas. Por este motivo, el agudo y algo amargado humor se mezclaba con frecuencia a la burla, desde luego, siempre una burla amistosa. En cierta ocasión asistió a un concierto en el que yo tocaba la trompeta. Le divertía lo indecible imitarme y me confesó que con mis mejillas hinchadas le había parecido yo un ángel de Rubens”. (Traducción de 1955)


“A menudo me han preguntado -incluso Rudolf Hess, que una vez me invitó a visitarle en Linz-, si cuando conocí a Adolf tenía sentido del humor. Se echaba en falta, comentaba gente de su entorno. A fin de cuentas, era austríaco y debería haber tenido su cuota del famoso sentido del humor austríaco. La verdad es que la impresión que uno se llevaba de Hitler, sobre todo tras conocerlo poco y superficialmente, era que se trataba de un hombre muy serio. Esta seriedad tremenda parecía eclipsar todo lo demás. Lo mismo ocurría cuando era joven. Abordaba cualquier problema que le preocupara con una seriedad extrema. Pero lo que no conseguía hacer era pasar algo por alto con una sonrisa, incluso cuando se trataba de un tema que no le interesaba personalmente, como el deporte; al tratarse de un fenómeno de los tiempos modernos, le resultaba tan importante como cualquier otro. Nunca agotaba sus problemas. Su seriedad profunda nunca dejaba de abordar nuevos problemas, y si no hallaba ninguno en el presente, pasaba horas rumiando en casa con sus libros y hurgaba en problemas del pasado. Esta seriedad extraordinaria era su rasgo más llamativo. Carecía de muchas otras cualidades características de la juventud: nunca se dejaba llevar despreocupadamente, no vivía al día, ni adoptaba la actitud feliz de “lo que sea, será”. Incluso “apartarse del buen camino”, en la tosca euforia de la juventud, era algo ajeno a él. Tenía la idea, por extraño que pueda sonar, de que esas cosas no eran apropiadas para un hombre joven. Y debido a esta idea, el humor estaba confinado a la esfera más íntima, como si se tratara de algo tabú. Su humor solía dirigirse a la gente de su círculo inmediato, en otras palabras, a una esfera en la que los problemas ya no existían para él. Por este motivo su humor macabro y ácido solía mezclarse con ironía, pero siempre era una ironía de intención agradable. Así una vez me vio en un concierto en el que tocaba la trompeta, se divirtió mucho imitándome e insistió en que con las mejillas hinchadas parecía un ángel de Rubens”. (Tempus)


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“No voy a terminar este capítulo sin destacar una característica del joven Hitler que, lo reconozco de antemano, puede resultar hoy día un tanto paradójica. Hitler poseía una gran capacidad de penetración en las almas de las personas. De una forma realmente conmovedora se hizo cargo de mi persona. No tenía necesidad de contarle cuál era mi situación. Comprendía y asimilaba todo lo que me conmovía a mí de un modo tan directo como si hubiese sido yo mismo. ¡Cuántas veces me ayudó en una situación apurada! Siempre sabía lo que era más conveniente para mí, lo que yo podía necesitar. Aun cuando se ocupase intensivamente de todo lo concerniente a su persona, también con la misma intensidad se ocupaba de los asuntos de aquella personas que le interesaban. No fue en modo alguno debido a la casualidad que fuera él quien diera el curso decisivo a mi vida persuadiendo a mi padre que me permitiera estudiar música. Y esto se debía a su posición básica que le llevaba a tomar parte, de un modo que no admitía dudas, de todo aquello que hacía referencia a mi persona. En ocasiones no podía desprenderme de la impresión de que junto a su vida vivía él también la mía. “ (Traducción de 1955)


“No puedo concluir este capítulo sin mencionar una de las cualidades de Hitler sobre la que, debo admitir sin tapujos, resulta paradójico hablar ahora. Hitler era muy comprensivo y empático. Se interesaba por mí con todo su ser. Sin que se lo dijera, sabía exactamente cómo me sentía. ¡Cuántas veces me resultó de ayuda en tiempos difíciles! Siempre sabía lo que necesitaba y lo que quería. Por muy ocupado que estuviera consigo mismo siempre tenía tiempo para los asuntos de las personas que le interesaban. No resultó casual que fuera quien convenció a mi padre de que me dejara estudiar música y por lo tanto influyó en mi vida de un modo decisivo: creo que fue más bien el resultado de su actitud general basada en participar de todas las cosas que me preocupaban. A veces tenía la impresión de que vivía mi vida además de la suya.  (Tempus)