De Adolf a Hitler, La construcción de un nazi - Thomas Weber -2ª Parte-

        
        Es curioso que apenas existan historiadores que se tomen en serio lo escrito por Hitler en Mi lucha. Existe un consenso en afirmar que Hitler se inventó su pasado o, directamente, lo modificó a su conveniencia. Sin embargo, todos los historiadores recurren a Mi lucha. Y cuando tienen que hacerlo incluyen coletillas del tipo “de creer en lo que él mismo cuenta en Mi lucha…”, no vaya a ser que algún lector avispado se de cuenta de que el autor promueve a Hitler.

Por supuesto, Webber no va a ser menos e incluye la coletilla cuando narra el día que Hitler leyó el folleto de Drexler, “Mi despertar político”:

“De creer en lo que el mismo cuenta en “Mi Lucha”, empezó a leerlo a las cinco de la mañana de esa misma noche, en cuanto se despertó en su habitación de los cuarteles del Segundo Regimiento de Infantería, y ya no pudo volver a dormirse.”

Por supuesto, Webber tiene que incluir su tesis allá donde puede y, con el famoso episodio, lo vuelve a hacer:

Según cuenta, se percató, mientras leía el manifiesto, de que el presidente del DAP había sufrido la misma transformación política que sufrió él muchos años antes, durante su etapa vienesa. Hitler relataba que en el panfleto de Drexler ‘determinado acontecimiento (esto es, la transformación política del propio Drexler) era un reflejo de los que yo mismo había experimentado doce años antes. Lo vi desarrollarse ante mis ojos de nuevo, exactamente tal y como yo lo experimenté”. Esto es una prueba de, hasta qué punto, Hitler no reflexionaba sobre las implicaciones que podía tener lo que escribía en ‘Mi Lucha’. Mientras subrayaba el hecho de haber sufrido la misma transformación que Drexler, admitía sin darse cuenta su pasado izquierdista, al declarar que el tema principal del manifiesto de Drexler era ‘cómo, dejando atrás el revoltijo de marxismo y las consignas sindicalistas, llegó de nuevo a pensar en términos nacionales”. 

Vamos directamente al original del propio Hitler en “Mi Lucha”:

Sobre las cinco de la mañana del día siguiente de aquella reunión, estaba tumbado despierto, contemplando el movimiento de los ratoncillos. Como no podía conciliar el sueño, me acordé de repente que la noche anterior, me vino a la cabeza el folleto que aquel obrero me había entregado. Comencé a leerlo. Era un pequeño folleto en que el autor, el susodicho obrero, describía la manera por la cual él había llegado de nuevo al pensamiento nacionalista, a través de la confusión marxista y de las frases huecas de los sindicatos. De aquí su título ‘Mi despertar político’. Desde el principio el librito me interesó, pues en él se relata un fenómeno que hacía doce años yo ya había experimentado. Involuntariamente, vi cómo se avivaban las líneas maestras de mi propia evolución. Durante el día pensé sobre el tema varias veces, e iba  dejarlo de lado cuando, no habiendo transcurrido aún una semana, recibí para mi sorpresa una tarjeta e la que se me anunciaba haber sido admitido en el Partido Alemán de los Trabajadores y que, para dar mi respuesta, se me instaba a concurrir el miércoles próximo a una reunión del Comité del partido.”

Según Webber, Hitler admitía “sin darse cuenta”, su pasado izquierdista. La cuestión es ¿dónde ha visto Webber ese pasado izquierdista”. Uno puede leer mil veces el párrafo sin llegar a esa conclusión. Para empezar porque el propio Hitler admite una trayectoria de 12 años, y Webber insiste a lo largo de su ensayo que Hitler colaboró con la revolución roja de Múnich, no que Hitler fuera izquierdista desde hacía doce años. En las libres interpretaciones de Webber solo surgen contradicciones. Lo curioso es que el folleto de Drexler era un tratado contra el internacionalismo socialista. Y es precisamente contra esa idea, la del internacionalismo, se fundó el NSDAP. Hitler no eliminó nunca el “socialismo” de su programa. Él mismo añadió el término a las siglas del partido. 

Se han escrito ríos de tinta sobre el socialismo en todos los fascismos. Como es archiconocido, Mussolini fue socialista en su juventud. El mismo Hitler incluyó el término “socialista” en las siglas de su partido. El fascismo, y el nacionalsocialismo, tienen un componente muy importante de socialismo, entendido éste como un bien social. La diferencia estriba en que este socialismo es “nacional”, diferenciándose del resto de socialismos y comunismos, que siempre han sido internacionalistas. 

Por supuesto, Webber trata de relacionar los comienzos de la vida política con el exterminio de judíos. No da ninguna prueba, pero “cuela” el asunto cada vez que puede. Por ejemplo:

Un siglo después la carta que Hitler escribió a Adolf Gemlich se lee en apariencia como un espeluznante presagio del Holocausto. Aparentemente, también es un reflejo del repentino brote de antisemitismo que se dio en Múnich en 1919. Sin embargo, lo más probable es que no sea ninguna de las dos cosas”.

Como vemos, el propio Webber reconoce en su última frase que no tiene la más remota idea. Pero ahí queda. Más adelante insiste:

“… es tentador afirmar que, en septiembre de 1919, Hitler tenía ya claro que acabaría eliminando de Alemania a los judíos uno por uno, aunque todavía no supiera cómo”.

Más desfachatez no se puede tener. 

Otro aspecto en el que incide Webber es el “alto porcentaje de miembros protestantes. En 1919, el 33 por ciento de los miembros del DAP eran protestantes y el 57 por ciento católicos. En términos absolutos, era, por supuesto, un partido mayoritariamente católico”. Lo que hacía tan asombroso el número de protestantes en las filas del partido era que solo el 10 por ciento de la población de Múnich profesaba esa religión. Esto quiere decir que un ciudadano protestante de Múnich era diez veces más proclive a unirse al partido de Hitler un católico.

¿Cómo comprender semejante párrafo? Una cuestión es contradecirse a lo largo del ensayo, pero contradecirse en un mismo párrafo es demencial. Conocida es la pugna entre el catolicismo y el protestantismo en Alemania durante siglos. No hace falta incidir en el tema. Me remito, por ejemplo, a los estudios de Maria Elvira Roca Barea en sus obras “Imperiofobia y leyenda negra” y “Fracasología”. El mismo Hitler se declaró católico siempre. En su cartilla de reclutamiento su confesionalidad era católica. El mismo mentor de Hitler, Dietrich Eckart, a quien Hitler dedica “Mi Lucha”, era también católico. Heinrich Hoffmann cuenta en sus memorias que Hitler recomendó un colegio católico para la educación de su hijo. Hitler sentía admiración por la Iglesia Católica. Se pueden leer abundantes citas en “Mi Lucha”. En los famosos “25 puntos” del Programa Nacionalsocialista” hay uno bien claro: 

Exigimos la libertad de todas las confesiones religiosas dentro del Estado en cuanto no representen un peligro para la existencia del mismo o estén reñidas con el sentimiento, la moral  y las costumbres de de la raza germana. El Partido como tal defiende el punto de vista de un cristianismo positivo, sin atarse confesionalmente a una doctrina determinada”. 

Conocido es el Concordato que Hitler firmó con la Iglesia Católica muy al comienzo de su mandato. 

Después de la contradicción de Webber nos encontramos con otra de sus frases trampa:

Hay una gran probabilidad también de que el DAP fuese un partido compuesto sobre todo por emigrantes que, al igual que Hitler, habían hecho de Múnich su hogar”. 

Webber lo que nos quiere decir es que incluso entre los nazis había emigrantes. La definición de “emigrante” un diccionario cogido al azar es la siguiente: “persona que abandona su país de origen para establecerse en otro”.  Teniendo en cuenta el despiste al que nos tiene acostumbrados la neolengua, con palabras como “inmigrante” o “migrante”, (ésta última ni siquiera aparece en mi viejo diccionario), hay que ser cuidadoso cuando los leemos. Para los nacionalsocialistas y para Hitler en particular, no sería aplicable el término “emigrante”, ya que ellos consideraban una patria común a todos los pueblos de habla y raza germana. Por tanto, tan alemán era un austríaco, como Hitler, o un báltico como Rosenberg. El mismo Webber lo aclara más adelante, en otra de sus muchas contradicciones: “el rechazo de los movimientos separatistas en cualquier territorio germanoparlante y el deseo de construir una Alemania unida fue, efectivamente, el único credo político que se mantuvo intacto en Hitler desde su adolescencia hasta el día de su muerte. De hecho, cuando lo encerraron en la cárcel por primera vez en su vida, en 1922, no fue  por un acto antisemita. Se lo procesó y se lo condenó a tres meses de prisión -de los cuales cumplió solo un mes y tres días- por alterar violentamente el orden durante un mitin político de Otto Ballersdt, el líder separatista de la Bayernbund, a quien mandó asesinar tras la Noche de los Cuchillos Largos, en 1934. Su desprecio por el separatismo bávaro quedó también patente cuando, a partir de 1934, la bandera bávara dejó de ondear en las instituciones de Baviera después de que Hitler manifestara su aversión por ella”.  

Memorias de Keitel


La Crisis Blomberg-Fritsch

Mi primera impresión fue que, sin duda, el Führer se había conmovido profundamente a causa del asunto de Blomberg; pero, según Gisevius, sin duda no había sufrido un “ataque de nervios”. Habló de su gran admiración por Blomberg y de su sentimiento de deuda hacia él, pero ni siquiera intentó ocultar el hecho de que le había ofendido mucho que hubiera abusado de su condición como testigo de su boda. 

Hitler me dijo que, como regalo de bodas, le había regalado a Blomberg una vuelta al mundo.

Sugerí a Fritsch. Rodeó su escritorio y me entregó un acta de procesamiento, firmada personalmente por Gürtner, el ministro de Justicia, acusando a Fritsch de un delito contra el párrafo 175 del código penal. Hitler me informó de que ya tenía aquel acta en sus manos desde hacía algún tiempo, pero que la había ignorado hasta entonces porque no se había creído la acusación. 

Me quedé horrorizado ante la acusación aunque, por una parte, no podía creer que Gürtner la hubiera redactado sin tener una buena razón, por otro lado, nunca creería que aquello pudiera ser cierto en el caso de Fritsch. Dije que o había algún error de identidad o era una pura calumnia, porque conocía a Fritsch demasiado bien para aceptar que semejante alegación pudiera estar bien fundada. Hitler me ordenó que no dijera nada a nadie sobre aquello; mantendría una conversación a deux con Fritsch al día siguiente, y de repente le preguntaría directamente sobre el tema, sin avisar, y por su reacción vería lo que de verdad había en la acusación 


Cuando intenté persuadir de nuevo a Hitler para que nombrara a Göring como sucesor de Blomberg en el cargo de comandante supremo de las Fuerzas Armadas -yo no era capaz de ver otra salida- me replicó que ya había decidido asumir él mismo el Mando Supremo, mientras yo permanecería como jefe de Estado Mayor.
El Muro Oriental preocupaba tanto a Hitler aquel invierno que algún tiempo después inspeccionó el frene del Oder desde Breslau hasta Fráncfort del Oder, sólo que esta vez sin mí. Las fortificaciones de los terraplenes eran ahora causa de disgusto porque resultaban claramente visibles para el enemigo desde cierta distancia. También en este aspecto, sin embargo, se demostró después que Hitler tenía razón durante nuestra campaña francesa, ya que bastó un solo disparo directo de nuestra artillería de 88 milímetros para destrozar cada uno de los fortines de hormigón franceses visibles en la parte opuesta de la orilla del río.

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Llegué a la Cancillería del Reich poco antes de las nueve; Hitler se acababa de levantar de la mesa después de cenar y sus invitados se iban reuniendo en el salón para ver la película Ein hoffnungloser Fall (Un caso sin esperanza). Hitler me invitó a sentarme a su lado, puesto que se esperaba que Hacha no llegara antes de las diez. Dadas las circunstancias, me sentí completamente fuera de lugar en ese ambiente; en ocho o diez horas se intercambiarían los primeros disparos, y yo me sentía completamente perturbado.

A las diez en punto Ribbentrop anunció la llegada de Hacha al castillo de Bellevue; el Führer respondió que iba a dejar descasar al viejo dos horas para que se recuperara; lo llamaría para que acudiese a medianoche. Aquello resultó igualmente incomprensible para mí. ¿Por qué hacía eso? ¿Era esto diplomacia premeditada, política?

Por supuesto, Hacha no podría haber sabido que, antes de que anocheciera ese 14 de marzo, las tropas de la Escuadra de Protección de las SS Adolf Hitler ya habían invadido la franja morada de Ostrava para proteger el moderno molino de acero de Witkowitz y evitar que cayera en manos de los polacos; aún no teníamos informes de cómo había ido la operación.

Poco después nos llamaron de nuevo a Göring y a mí. Los caballeros estaban alrededor de la mesa y Hitler le estaba diciendo a Hacha que de él dependía una decisión; yo confirmaría que nuestras tropas ya estaban avanzando y cruzarían la frontera a las seis, y él -Hacha-, solo él, tenía el poder de decidir si se iba a verter sangre o si su país iba ser ocupado de manera pacífica. Hacha rogó que hubiera un aplazamiento, ya que tenía que telefonear a su Gobierno en Praga. ¿Alguien podía facilitarle una línea telefónica? ¿Estaría dispuesto Hitler a ver que los movimientos de tropas checas habían cesado de inmediato? Hitler se negó: confirmaría -dijo- que esto ya era imposible porque nuestras tropas ya se estaban acercando a la frontera. Antes de que yo pudiera abrir la boca, Göring intervino para anunciar que sus Fuerzas Aéreas aparecerían en Praga al amanecer, y que no estaba en su mano cambiar eso; estaba en manos de Hacha que hubiera o no bombardeos. Bajo esa enorme presión, Hacha afirmó que deseaba evitar un derramamiento de sangre a toda costa, y se volvió hacia mí para preguntarme cómo se podía poner en contacto con las guarniciones de su país y las tropas en la frontera para advertirles de la invasión, y prohibirles que disparasen.

Llegamos a las afueras de Praga cuando caía el sol, a la vez que las primeras unidades de tropa, y escoltados por una compañía móvil condujimos hasta Hradshin, donde fuimos alojados. Nos consiguieron una cena fría en la localidad, ya que no habíamos llevado nada con nosotros: jamón frío de Praga, panecillos, mantequilla, queso, fruta y cerveza Pilsener; fue la única ocasión en la que vi a Hitler tomarse un vasito de cerveza. Nos supo de maravilla. 

El cumpleaños del Führer de 1939 fue celebrado como era costumbre con un gran desfile militar que sucedió a la habitual recepción matutina con los mandos veteranos del Ejército. El desfile duró más de tres horas, y fue un magnífico espectáculo en el cual estuvieron representadas las tres ramas de las Fuerzas Armadas y de las Waffen SS. Por expreso deseo de Hitler, desfilaron nuestras piezas más nuevas de artillería media, los cañones blindados pesados, las ultramodernas armas antiaéreas, las unidades de proyectores de las Fuerzas Aéreas, etc., mientras que escuadrones de combate y de cazabombarderos rugían sobre nuestras cabezas a lo largo del eje este-oeste (Brandemburgo Chaussée) desde la dirección de la puerta de Brandemburgo. El presidente Hacha, que estaba acompañado por el Protector del Reich Von Neurath, fue el invitado más agasajado por el Führer, y le fueron concedidos todos los honores propios de un jefe de Estado; se reunió también todo el cuerpo diplomático sin excepción.

Mis esperanzas de que, ahora que el problema checo había sido finalmente resuelto, se le concediera a las Fuerzas Armadas el respiro que tan solemnemente y con tanta frecuencia se les había prometido hasta 1943 para una reconstrucción organizativa fundamental estaban condenadas a la decepción. Un ejército no es u arma para la improvisación : la formación de un cuerpo de oficiales -y suboficiales- así como su educación y consolidación interna son los únicos cimentos sobre los cuales se podría construir un ejército como el que tuvimos en 1914. Se había demostrado que la creencia de Hitler de que las enseñanzas del nacionalsocialismo podían ser usadas para compensar una falta básica de habilidad -en otras palabras, de perspicacia militar- era ilusoria. Nadie negaría que es posible obrar milagros con un entusiasmo fanático; pero de la misma manera que en 1914 los regimientos estudiantiles se habían desangrado estúpidamente hasta la muerte en Langemarck, las tropas de élite de las SS pagaron el más alto precio en vidas humanas desde 1943, y para un mínimo beneficio. Lo que en verdad necesitaban era un cuerpo de oficiales perfectamente desarrollado; pero eso había sido sacrificado por entonces, y no había esperanza de que fuera jamás reemplazado. 


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Hitler me aseguraba una y otra vez que no tenía interés alguno en una guerra con Polonia.

Como era lógico, el tour de inspección final de Hitler de agosto de 1939 -al cual lo acompañé- fue realizado tanto por razones de propaganda como para supervisar el progreso real de las construcciones, sobre las cuales él se mantenía continuamente informado gracias a los mapas en los que se marcaban los búnkeres que habían sido terminados, los que estaban aún construyéndose, o los que estaban siendo planeados. Había estudiado estos mapas con tanto detalle que, durante la visita de inspección, sabía exactamente lo que todavía estaba pendiente por hacer y dónde encontrar cada una de las fortificaciones sobre el terreno. Con frecuencia era inevitable no maravillarse con su memoria y el poder de su imaginación.


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Más notable aun fue el discurso que pronunció en el Berghof el 22 de agosto a los generales de los ejércitos del este dispuestos contra Polonia, un discurso ofrecido con el más agudo sentido del momento psicológicamente oportuno y de su utilidad. Hitler era un orador extraordinariamente talentoso, con una capacidad magistral de moldear sus palabras y frases para adaptarse a su público. Me atrevería a decir que había aprendido la lección de la mal planeada reunión con los jefes de Estado Mayor, y que se había dado cuenta de que el intento de separarlos de sus comandantes en jefe había sido un error psicológico. Se han distorsionado de modo subjetivo otras versiones de este particular discurso, como muestra claramente el momento en el que habló el almirante Boehm, quien debe ser considerado absolutamente imparcial. 

El 24 de agosto Hilter llegó a Berlín y el 26 era cuando estaba previsto el arranque de la invasión de Polonia. Las actividades de la Cancillería del Reich durante los días previos al 3 de septiembre son de tal relevancia histórica con efectos duraderos en todo el mundo que será mejor que deje sus análisis lógicos e interpretación exacta a los historiadores profesionales. Yo poco puedo contribuir desde mi propia experiencia y, desafortunadamente, no dispongo de anotaciones o memorandos sobre los que pueda basar mis propios recuerdos.

Hacia el mediodía del 25 de agosto, fui convocado por primera vez para ver al Führer en la Cancillería del Reich. Hitler acababa de recibir del embajador italiano Attolico una carta personal de Mussolini, unos cuantos párrafos que el Führer procedió a leerme en voz alta. Era la respuesta del Duce a una carta extremadamente confidencial escrita por Hitler desde el Berghof algunos días atrás, en la cual le contaba el enfrentamiento que planeaba contra Polonia y su determinación de solucionar el problema del Corredor de Danzig mediante un conflicto armado si es que Polonia -o Inglaterra, en nombre de Polonia- se negaba a ceder. 

Por varias razones, Hitler había señalado una fecha algunos días después (es decir, de lo que había sido de hecho planeado) para sus operaciones contra Polonia; como él mismo me dijo, contaba con que el contenido de su carta fuera inmediatamente remitido a Londres por su “fiable” Ministerio de Asuntos Exteriores, y esto, imaginaba, dejaría clara la seriedad de sus intenciones, sin que por otra parte se divulgara el verdadero calendario de sus operaciones militares, de manera que, aunque los polacos fueran advertidos, los atacantes no perderían la sorpresa táctica que se había planeado. Por último, al anunciar la fecha, Hitler esperaba llevar a los británicos a una intervención precipitada con tal de evitar el estallido de la guerra. Ciertamente, era lo que esperaba que hicieran, y para eso contaba con el apoyo de Mussolini.

La reacción de Mussolini fue la primera desilusión de Hitler en esta apuesta; el Führer había dado por sentado el apoyo de Italia, incluso ayuda de naturaleza militar; después de todo, Italia había firmado sin reservas un pacto militar de ayuda, el “Pacto de Acero”, y Hitler esperaba de Mussolini el mismo grado de lealtad de Nibelungen que él había desplegado hacia Italia y sin ganancia personal alguna en la campaña de Abisinia. La carta de Mussolini supuso una tremenda conmoción para Hitler: el Duce escribía que, desafortunadamente, no podía mantener el acuerdo, dado que el rey de Italia se negaba a firmar la orden de movilización, y, puesto que esta era prerrogativa exclusiva del monarca, él no tenía poder para actuar. Esto no era todo: Italia no estaba preparada para la guerra, le faltaban armas, equipo y munición. Incluso si él, Mussolini, controlara su capacidad de armamento industrial, había una gran escasez de materia prima: cobre, manganeso, acero, caucho, etc. Si Alemania le prestara ayuda material en estos terrenos, él, por su puesto, reconsideraría la posición de Italia en el caso de guerra abierta. 

Solo ahora salía a la luz la razón verdadera de la desilusión de Hitler con la “traición” de Mussolini. En efecto, dijo: “No hay duda en absoluto de que Londres ya se ha dado cuenta de que Italia no irá con nosotros. Ahora se endurecerá la actitud de Gran Bretaña hacia nosotros -ahora apoyarán a Polonia hasta el final-. El resultado diplomático de mi carta es exactamente lo opuesto a lo que había planeado”. La irritación de Hitler era dolorosamente obvia para mí, aunque por fuera actuara con compostura. Añadió que, claramente, Londres recuperaría el tratado con los polacos y lo ratificaría ahora que no teníamos perspectiva de apoyo por parte de Italia. 


Tan pronto como hube dado mis instrucciones y me uní a la reunión con Attolico, Hitler me indicó lo que Italia nos pedía en términos de materia prima. Las demandas eran tan abusivas que resultaba incuestionable que no realizaríamos tales entregas. El Führer le hizo ver a Attolico que pensaba que debía haber algún lapsus calami o que alguien había escuchado mal: las cifras parecían sorprendentemente altas. Concluyó pidiéndole a Attolico que lo comprobara de nuevo, ya que era lo más probable una equivocación al anotar las cantidades. Attolico se apresuró enseguida a asegurarle -como yo mismo escuché- que las cantidades eran absolutamente correctas. A mí se me encargó inmediatamente después averiguar a través del jefe de las Fuerzas Armadas italianas, con la mediación del general von Rintelen, nuestro agregado militar, cuáles eran las máximas exigencias por parte del Alto Mando italiano.

Hitler y yo compartíamos la impresión de que las demandas de Attolico habían sido infladas deliberadamente para asegurarse de que no pudiéramos cumplirlas con nuestros propios recursos, y así, los italianos podrían desvincularse de sus obligaciones, usando como justificación para sus defectos nuestra incapacidad para responder a sus peticiones. Lo que el general von Rintelen pudo averiguar más tarde reafirmó nuestras sospechas, puesto que le confirmaron las mismas cantidades solicitadas por Attolico; no teníamos esperanza alguna de poder cumplirlas. El Duce nos había estafado para quitarlos la libertad de acción que deseaba. 


Aunque estuve en la Cancillería del Reich cada uno de los días que vinieron a continuación, solo hablé con Hitler en tres ocasiones, dado que él estaba continuamente reunido. La primera oportunidad se dio en el porche, creo que el día 29, cuando me leyó en voz alta sus exigencias definitivas, tabuladas en un memorando de siete puntos que probablemente acaba de dictar. Las partes más importantes eran:

1. La devolución de Danzig al Reich.
2. Una vía de ferrocarril y una autopista extraterritoriales a lo largo del corredor, que diera acceso al este de Prusia.
3. La cesión a Alemania de aquellos territorios del antiguo Reich alemán con el 75 por ciento de la población alemana (creo que así quedó redactado); y
4. Bajo supervisión internacional, un plebiscito en el Corredor polaco para decidir sobre su devolución al Reich.


Mi tercer encuentro con él fue en la tarde del 30, junto con Brauchitsch y Halder (¿?). En esta ocasión el Día D fue pospuesto una vez más, veinticuatro horas, hasta el 1 de septiembre; en otras palabras, la invasión del Ejército, planeada para el 31, se retrasó de nuevo. Hitler explicó que estaba esperando la llegada de un plenipotenciario del Gobierno polaco desde Varsovia, o al menos la cesión a Lipski, el ministro polaco en Berlín, de autoridad gubernamental para liderar negociaciones vinculantes en nombre de su Gobierno. Dijo que tenía que esperar hasta entonces, y añadió que de ninguna manera consentiría otro aplazamiento más allá del 1 de septiembre, salvo que sus exigencias definitivas fueran aceptadas por Varsovia. 

Debo decir que ya para entonces todos habíamos llegado a la conclusión de que ni él creía en esa posibilidad, a pesar de que, hasta ese momento, nuestras esperanzas de evitar la guerra se habían centrado en gran parte en el pacto secreto germano-soviético del 23 de agosto, por el cual Hitler había aceptado la división de Polonia y, por lo tanto, una intervención militar rusa en el caso de que hubiera guerra con Polonia, con una línea de demarcación dibujada entre las esferas de influencia alemana y rusa. Estábamos seguros de que, enfrentada a esa posibilidad, Polonia no dejaría que las cosas llegaran tan lejos como una guerra; y en aquel momento todavía creíamos firmemente en el deseo de Hitler de evitarla. 

El 1 de septiembre nuestro ejército había lanzado el ataque planeado en el frente oriental: al amanecer, nuestras fuerzas aéreas habían ejecutado los primeros bomberos sobre los nudos ferroviarios, los centros de movilización de tropas y, sobre todo, los aeródromos en Polonia. No había habido una declaración formal de guerra. A pesar de que le habíamos aconsejado lo contrario, Hitler se negó. 

Hitler raras veces intervenía en la gestión que el comandante en jefe hacía de la batalla: de hecho, solo puedo recordar dos ocasiones, la primera cuando ordenó el rápido refuerzo de nuestro flanco norte (que había atacado desde el este de Prusia) transfiriendo al este de Prusia unidades de tanques para apoyar, endurecer y extender el flanco este lo suficiente como para rodear Varsovia desde el este del río Vístula; la segunda ocasión fue cuando intervino en las operaciones del Ejército de Blaskowitz (el Octavo), respecto a las cuales había puesto las mayores objeciones. Aparte de esto, se limitaba rigurosamente a expresar opiniones e intercambios de punto de vista con los comándanos en jefe y a dar ánimos; nunca intervino para darles órdenes él mismo. Esto era mucho más frecuente con las fuerzas aéreas, a las cuales hizo llegar instrucciones personales en interés de las operaciones de tierra; casi cada tarde hablaba con Göring por teléfono. 

La guerra en Polonia finalizó con un gran desfile militar por las calles de la parcialmente destruida Varsovia, a la cual el Führer y yo volamos con nuestros lugartenientes desde Berlín.

Se dispuso de un gran banquete en honor del Führer en el aeródromo, antes de que despegáramos de vuelta a Berlín. Tan pronto como Hitler avistó la bien abastecida mesa de herradura en uno de los hangares, se volvió abruptamente sobre sus talones, y le dijo a Brauchitsch que él nunca comía con sus tropas excepto de pie en una cocina de campo, regresó ofendido a nuestra aeronave y ordenó al piloto que despegara de inmediato. Aunque yo podía ver que el comandante en jefe había actuado con poco tacto al preparar el banquete, es verdad que tenía buenas intenciones. El enfado del Führer se fue calmando durante el vuelo y empezó a hablar varias veces sobre el banquete, como si ahora estuviese reprochándose a sí mismo su comportamiento.

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Tuve mi segundo contretemps con Hitler el 19 y 20 de abril, porque planeaba separar la administración de la Noruega ocupada por los líderes militares -lo que, en mi opinión, era la tarea principal del comandante en jefe allí destacado- y transferir la autoridad civil al gauleiter Terboven. 

Me declaré firmemente en contra de esto y me marché de la sala de reuniones cuando Hitler comenzó a reprenderme delante de todos los participantes. 

Aunque intenté de nuevo convencerlo de la impropiedad del nombramiento, tan pronto como tuve unos pocos momentos de tranquilidad con Hitler al día siguiente, no hace avances con él; Terboven se convirtió en el “comisionado del Reich para Noruega”. Las consecuencias son bien conocidas.

El 8 de mayo, dado que todas las opiniones expertas apuntaban a que parecía que estaba a la vista un periodo de buen tiempo, se emitió la orden de lanzar el ataque, en el frente occidental, para el 10 de mayo. A las seis de la mañana de ese día, un emisario iba a entregar a la reina de Holanda una personal del Gobierno del Reich, explicando que los acontecimientos habían hecho que fuera inevitable que las tropas alemanas cruzaran territorio holandés; se invitaba a la reina a ordenar a su ejército que permitiera a las tropas marchar sin impedimentos y así evitar cualquier derramamiento de sangre; a ella misma se la invitaba a permanecer en el país. Pese a los más minuciosos preparativos para esta misión y un visado emitido por la embajada holandesa en Berlín, nuestro emisario del Ministerio de Exteriores fue arrestado al cruzar la frontera el 9 de mayo, y se le incautó la carta secreta. Como resultado, La Haya estuvo al tanto del inminente estallido de la guerra y tuvo toda la conformación necesaria -la carta del emisario- en sus manos. En aquel momento, Canaris dirigió sus sospechas hacia von Steengracht en Asuntos Exteriores, pero él (Canaris) se acercó a mí retorciendo sus manos y rogándome que no le contara nada ni al Führer ni a von Ribbentrop. Hoy tengo claro que el traidor fue el propio Canaris. 

Habíamos sido bien informados sobre la actitud de Bélgica y de Holanda, que durante algunos meses simplemente se habían hecho pasar por neutrales. 

De hecho, ambos países habían renunciado a cualquier declaración de neutralidad al hacer la vista gorda ante los vuelos de la Fuerza Aérea Real británica por sus territorios soberanos. 


En el búnker del Führer yo tenía una celda de hormigón sin ventana y aire acondicionado junto a la suya; la celda de Jodl estaba junto a la mía, mientras que los ayudantes, mientras que los ayudantes estaban acuartelados al otro lado de la habitación del Führer. El sonido viaja con extraordinaria claridad en habitaciones de hormigón como estas; incluso podía escuchar cómo el Führer leía los periódicos.

Hitler en Bohemia, Moravia, Memel










La entrada de Hitler en Austria, según las memorias del mariscal Keitel


A las seis de la mañana del día 12, el Führer y yo salimos de Berlín; él quería participar en la entrada triunfal en su patria y acompañar personalmente a las tropas. Aparecimos en el puesto de comandancia del comandante en jefe de las divisiones que marchaban hacia Austria, el general Von Bock, quien nos informó del recorrido de las tropas y de las rutas de entrada, puesto que, naturalmente, el Führer quería estar allí para dar la bienvenida a sus tropas. Fue allí donde tuvo lugar la famosa conversación telefónica con Mussolini, después de que el Führer le hubiera hecho llegar una carta escrita a mano a través de un emisario, justificando sus acciones, y felicitó a Hitler; a continuación Hitler pronunció la memorable frase -“Duce, nunca le olvidaré por esto”- una exclamación que repitió varias veces.

A medio día, pasamos en coche por el lugar de nacimiento de Hitler, Braunau, aclamados por sus habitantes con un interminable rugido de bienvenida. Nos mostró sus escuela y la casa de sus padres. Estaba visiblemente emocionado por todo aquello. Redondeamos la tarde en la segunda ciudad de Hitler, Linz, junto al Danubio, tras habernos retrasado por el camino en cada ciudad y pueblo por las tropas que avanzaban y por las multitudes que nos rodeaban en medio de una celebración salvaje. Ya era entrada la noche cuando llegamos a la ciudad junto con el ministro austríaco Seyss-Inquart -canciller federal desde el día 11- que se había unido a nosotros en las afueras; allí, desde un balcón del ayuntamiento, Hitler se dirigió a una gran muchedumbre apiñada abajo en la plaza del mercado. El ambiente de toda la manifestación era increíblemente eléctrico y emocionante; yo n había visto nada similar y estaba profundamente impresionado. Había pensado que era poco probable que hubiera tiroteos o algo semejante cuando nuestras tropas entraran en el país, pero un recibimiento como aquel era algo que jamás hubiera soñado. Permanecimos allí todo el día siguiente, domingo; Hitler estaba tremendamente preocupado por los detalles administrativos de la unión, y durante la tarde hubo un breve desfile de las tropas austríacas y alemanas enfrente del hotel Weinzinger en Linz. 

Al día siguiente llegó nuestra gran entrada en Viena, después de que nos detuviéramos a mediodía en Saint-Pölten. No fue hasta bien llegada l anoche cuando pudimos dormir en nuestro hotel (el hotel Imperial), donde de nuevo tuve una habitación que daba a la calle; la densa y amontonada multitud de abajo no parecía cansarse de rugir y de corear: “¡Queremos ver a nuestro Führer! ¡Queremos ver a nuestro Führer!”. Hubo después aquella tarde un desfile de las tropas alemanas y austríacas, que sucedió al histórico discurso del Führer ante la vasta multitud reunida en la plaza del castillo, y que concluyó con la frase:


“Anuncio al pueblo alemán que mi patria austríaca ha retornado al Gran Reich Alemán”. 

Esa misma tarde volamos de vuelta desde Viena a Múnich; aquel vuelo antes del atardecer ha sido el espectáculo más sobrecogido y extraordinario del que jamás haya sido testigo; Hitler se dio cuenta de mi embeleso y, con lágrimas en sus ojos, tartamudeó unas simples palabras:


“Todo eso… todo eso es alemán de nuevo”.

Hitler In Seiner Heimat - Heinrich Hoffmann
Hitler In Seiner Heimat










Postales de la Nueva Cancillería y del "Campo de Marzo" de Nuremberg- Albert Speer






Postales editadas por el Ministerio de Propaganda en España.