Condecoraciones del III Reich

 


Coleccionar medallas y condecoraciones del III Reich y la Segunda Guerra Mundial es una tarea apasionante que puede parecer una afición algo cara, aunque existe un mercado, no exento de riesgos, por las evidentes falsificaciones. Sin embargo, si se tiene una fiable fuente de compra, hay medallas y condecoraciones a precios relativamente asequibles. Por supuesto, el precio de cada pieza depende del número de unidades que se otorgaron y la demanda actual. El catalogo editado por Detlev Niemann  contiene todas las condecoraciones alemanas desde 1871 a 1945. Es el más completo y ofrece a su vez los precios orientativos al año 2008. La guía está escrita en alemán, inglés y ruso.  


A continuación expongo alguna pieza de mi colección junto a la página del catálogo:


Medalla de los Servicios Sociales,

Distintivo de Herido en Negro.

Medalla de la Campaña Italo-Germana en África. 

Distintivo de Asalto Genérico. 

Distintivo de Combate de Submarinos. 

Distintivo de Asalto de Infantería. 

Medalla de veteranos de la Primera Guerra Mundial. 

Cruz del Mérito Militar con Espadas de Primera Clase. 

Medalla del Este. 

Medalla de la Campaña de la Guerra Civil Española

Escudo de Campaña de Crimea. 

Distintivo de Deportes de las SA.

Distintivo Civil al mérito deportivo. 

Insignia celebración del Primer Día Nacional de la HJ


Distintivo de las SA del mitin de Braunschweig


Cruz de Largo Servicio en el trabajo.

Cruz de la Madre.



Medalla por Mérito en la Protección Antiaérea


Distintivo de Herido en plata. 

Medalla de la Cruz del Mérito Militar.



Cruz de Honor de 1914-1918.

Distintivo al Mérito de la Juventud Hitleriana.

Medalla del Muro del Oeste. 


Nazi Regalia es una publicación americana de principios de los años 70. Fue muy popular en su momento y bastante buscado en la actualidad. El librito no es exhaustivo pero las imágenes de las dagas y uniformes son muy buenas. Un clásico.
Cinturón de la Wehrmacht. 

Insignias del día del Trabajo.




Condecoraciones del Tercer Reich, de Gregorio Torres Gallego. Completo trabajo con ilustraciones en color de piezas originales. El mejor trabajo editado en España para entender la historia de las condecoraciones del III Reich, escrito por uno de los mayores expertos en el tema.



Del mismo autor, un completo estudio sobre la Juventud Hitleriana que abarca desde los uniformes y banderas hasta las condecoraciones:






Militaria de la División Azul, de Gregorio Torres Gallego y Víctor Castillo Peñuelas:






Finalmente, y del mismo autor, tenemos el famoso "Diccionario del Tercer Reich", con más de ochocientas entradas ordenadas alfabéticamente. 

Hitler y la Religión

 En el Programa Nacionalsocialista, recogido por Gotfried Feder, se exponen los 25 puntos del partido. El número 24 hace referencia a la religión:

"Exigimos la libertad de todas las confesiones religiosas dentro del Estado en cuanto no representen un peligro para la existencia del mismo o estén reñidas con el sentimiento, la moral y las costumbres de la raza germana."


En su libro Mi Lucha, Hitler se refiere en varias ocasiones a la religión:

Frases extraídas del capítulo III "Reflexiones políticas sobre la época de mi permanencia en Viena":

El protestantismo representa mejor, por sí mismo, las aspiraciones del germanismo, en tanto que este germanismo está fundamentado en origen y tradiciones de su Iglesia; falla, entre tanto, en el momento en que esa defensa de los intereses nacionales tenga que realizarse en un dominio discordante con su tradicional manera de concebir los problemas mundiales. 


El protestantismo obrará siempre en pro del fomento de los intereses germanos toda vez que se trate de pureza moral o del acrecentamiento del sentir nacional, en defensa del carácter, del idioma y de la independencia alemanes, puesto que todas estas nociones se hallan hondamente arraigadas en el protestantismo mismo; pero al instante reaccionará hostilmente contra toda tentativa que tienda a salvar la Nación de las garras de su más mortal enemigo, y esto porque el punto de vista del protestantismo respecto al semitismo (nota: en el original Mein Kampf, Hitler escribió el termino “Judentum”, esto es, “judaísmo” página 123) está indeciso en torno de la cuestión y, a no ser que esa cuestión sea resuelta, no tendrá sentido o posibilidad de éxito cualquier tentativa de un renacimiento alemán. 


Durante mi estancia en Viena, tuve la oportunidad de examinar esa cuestión, sin ideas preconcebidas, y pude incluso verificar millares de veces, en la convivencia diaria, la exactitud de ese modo de ver las cosas. 


En esa ciudad en la que están ubicadas las más y variadas razas (nota: en el Mein Kampf original “Nationalitäten”, “nacionalidades”, página 123) era evidente -a todos parecía claro - que solamente el pacifista alemán procura considerar siempre objetivamente las aspiraciones de su propia Nación, lo que nunca hace el judío con relación a las de su pueblo; que solamente el socialista alemán es "internacional"; esto es, le está vedado hacer justicia a su propio pueblo de otra forma que no sea con lamentaciones y lloriqueos entre sus compañeros internacionales. Nunca actúa así el checo, el polaco, etc. En fin, reconocí desde entonces que la desgracia sólo en parte está en esas teorías y, por otra parte, en nuestra insuficiente educación con respecto al nacionalismo y en una dedicación precaria, en virtud de eso, con relación al mismo.


Por estas razones falló el primer fundamento puramente teórico del Movimiento Pangermanista contra el catolicismo. 


Edúquese al pueblo alemán, desde su juventud, en el conocimiento firme de los derechos de la propia nacionalidad y no se saturen los corazones infantiles con la maldición de nuestra "objetividad", incluso en aspectos relativos a la conservación del propio yo, y en poco tiempo se verificará (suponiéndose un gobierno radical nacional), como en Irlanda, en Polonia o en Francia, que el católico alemán será siempre alemán. 


La más formidable prueba de esto fue ofrecida en la época en que, por última vez, nuestro pueblo, en defensa de su existencia, se presentó ante el Tribunal de la Historia, en una lucha de vida o muerte. 


Mientras el pueblo tuvo durante la guerra de 1914 dirigentes resueltos, cumplió su deber en forma insuperable. 


El pastor protestante como el sacerdote católico, ambos contribuyeron decididamente a mantener el espíritu de nuestra resistencia, no sólo en el frente de batalla, sino ante todo en los hogares. En aquellos años, especialmente al iniciarse la guerra, no dominaba, en efecto, en ambos sectores religiosos otro ideal que el único y sagrado del Imperio Alemán, por cuya existencia y porvenir elevaba cada uno sus votos de fervorosa devoción.


El Movimiento Pangermanista debió haberse planteado en sus comienzos una cuestión previa: ¿Era factible, o no, conservar el acervo germánico en Austria bajo la égida de la religión católica? Si se contestaba afirmativamente, este partido político jamás debió mezclarse en cuestiones religiosas o de orden confesional y si, por el contrario, era negativa la respuesta, entonces debió haberse propiciado una reforma religiosa, pero nunca un partido político. 


Aquél que piensa poder llegar, por el atajo de una organización política, a una reforma religiosa, muestra solamente que le falta cualquier conocimiento de la evolución de las ideas religiosas o incluso de las dogmáticas y de la actuación política del clero.


En realidad no se puede servir a dos señores, siendo como yo considero la fundación o destrucción de una religión mucho más importante que la fundación o destrucción de un Estado, cuanto más de un partido.


¡Que no se diga que los ataques aludidos lo fueron en defensa contra los ataques del lado opuesto!


Es cierto que en todas las épocas hubo individuos sin conciencia que no tuvieron vergüenza de hacer de la religión un instrumento de sus intereses políticos (pues es eso de lo que se trata casi siempre y exclusivamente entre tales mentirosos). Entre tanto, es erróneo interpretarla religión, o el credo, en función de una manada de bribones que hacen de ello mal uso, de la misma forma que podrían poner cualquier otra cosa al servicio de sus bajos instintos. 


Nada puede servir mejor a un holgazán parlamentario que la oportunidad que se le ofrece de conseguir la justificación de su sagacidad política. Pues, después que la religión o la creencia son responsabilizadas de una maldad personal y por eso atacadas, el bribón llama, con formidables gritos, al mundo entero para testimoniar cuán justa fue su actuación y cómo, gracias a él y su locuacidad, fueron salvadas la religión y la Iglesia. Los contemporáneos, tan locos como olvidadizos, no reconocen al verdadero causante del conflicto, debido al gran griterío que se forma, o no se acuerdan más de él, y así alcanza el bribón su objetivo. Estos astutos zorros saben bien que eso nada tiene que ver con la religión. Por eso más se reirá para sus adentros, en cuanto que su adversario, honesto pero inhábil, pierde la partida y se retira de todo, desilusionado de la lealtad y de la fe en los hombres. 


En otro sentido, sería también injusto considerar la religión o incluso la Iglesia como responsable de los desatinos de cualquier individuo. Compárese la grandeza de la organización visible con la imperfección media de los hombres en general y será necesario admitir que el mal entre nosotros es menor que en cualquier otra parte. Es cierto que existen también, incluso entre los propios sacerdotes, algunos para los cuales su función sagrada es apenas un medio para la satisfacción de su ambición política y que llegan incluso a olvidar, en la lucha política, muchas veces de manera más o menos lamentable, que deberían ser ellos los guardianes de una verdad superior y no los representantes de la mentira y de la calumnia. Entre tanto, por cada indigno de esos existen, por otro lado, miles y miles de curas honestos, dedicados de la manera más fiel a su misión que, en nuestros tiempos actuales, tan mentirosos como decadentes, se destacan como pequeñas islas en un cenegal. 


Tampoco condeno o debo condenar a la Iglesia por el hecho de que un sujeto cualquiera de sotana cometa alguna falta inmunda contra las costumbres, cuando muchos otros ensucian y traicionan a su nacionalidad, en una época en que eso ocurre frecuentemente. Sobre todo hoy en día, es bueno no olvidar que por cada Efialtes hay millares de personas que, con el corazón sangrando, sienten la infelicidad de su pueblo, y cómo los mejores de nuestra Nación anhelan ansiosamente el instante en que para nosotros el cielo pueda sonreír también. 


A quien, sin embargo, responde que, en este caso, no se trata de pequeños problemas de la vida diaria, sino sobre todo de cuestiones de verdad fundamental y de contenido dogmático, se le puede dar la respuesta adecuada con otra cuestión: 


"Si te consideras llamado por el Destino para proclamar la verdad, hazlo; ten, sin embargo, también el valor de no querer hacer eso por el atajo de un partido político, pues constituye un error; pero coloca, en lugar del mal de ahora, lo que te parece mejor para el futuro.


Si por ventura te falta valor, o si no conoces bien lo que en ti hay de bueno, no te metas; en todo caso, no intentes, por mediación de un Movimiento político, conseguir astutamente aquello que no tienes el coraje de hacer con la cabeza en alto." 


Los partidos políticos nada tienen que ver con las cuestiones religiosas, mientras éstas no socaven la moral de la Raza; del mismo modo, es impropio inmiscuir la Religión en manejos de política partidista. 


Cuando dignatarios de la Iglesia se sirven de instituciones y doctrinas para dañar los intereses de su propia nacionalidad, jamás debe seguirse el mismo camino ni combatírseles con iguales armas. 


Las doctrinas e instituciones religiosas de un pueblo debe respetarlas el Führer político como inviolables; de lo contrario, debe renunciar a ser político y convertirse en reformador, si es que para ello tiene capacidad. 


Un modo de pensar diferente en este orden conduciría a una catástrofe, particularmente en Alemania. 



Frases extraídas del capítulo X, "Las causas del desastre":


Mientras nuestras dos confesiones cristianas (la católica y la luterana) mantienen misiones en Asia y África, con el objeto de ganar nuevos prosélitos (empeñadas en una actividad de modestos resultados, frente a los progresos que realiza allá el mahometanismo), pierden en Europa millones y millones de adeptos, los cuales se hacen en absoluto indiferentes a la vida religiosa, o van por su propio camino. Sobre todo desde el punto de vista moral, son muy poco favorables las consecuencias. 


Merece remarcarse también la lucha cada vez más violenta contra los fundamentos dogmáticos de las respectivas religiones, fundamentos sin los cuales sería inconcebible la conservación práctica de una fe religiosa en este mundo humano. La gran masa de un pueblo no se compone de filósofos y es principalmente para las masas para quienes la fe constituye la única base de una ideología moral. 


Para el político, la apreciación del valor de una religión debe regirse menos por las deficiencias, quizá innatas en ella, que por la bondad cualitativa de un substituto doctrinal visiblemente mejor. Pero mientras no se haya encontrado un tal substituto, sólo los locos o los criminales podrían atreverse a demoler su existencia. 


Es bien cierto que, en este problema desagradable con la religión, los más culpables son aquellos que perjudican el sentimiento religioso con la defensa de intereses puramente materiales, provocando conflictos completamente innecesarios con la llamada "Ciencia Exacta". En ese terreno, la victoria favorecerá siempre a la última, aunque la lucha sea ardua, y la religión se verá así muy disminuida ante los ojos de los que no son capaces de elevarse sobre los postulados de una ciencia en verdad perecedera. Las peores anomalías, sin embargo, provienen del abuso de la convicción religiosa con fines políticos. No se dirá nunca lo suficiente contra esos miserables explotadores que ven en la religión un instrumento al servicio de su política, o mejor de sus intereses comerciales. Esos descarados impostores gritan con voz estentórea para que los otros pecadores puedan oír, en cualquier parte, la confesión de su fe, por la que nunca morirán, pero con la que procurarán vivir mejor. Para conseguir un éxito importante en su carrera son' capaces de vender su fe; para lograr diez escaños en el Parlamento, se unen a los marxistas, enemigos de todas las religiones; para obtener una cartera ministerial venden su alma al diablo, a menos que éste les desdeñe por un resto de decoro. 


Si la vida religiosa en Alemania antes de la guerra había adquirido para muchos un sabor desagradable, no se debía esto a otra cosa más que al abuso cometido con el cristianismo por un partido político llamado "cristiano" y por el descaro con que se trató de identificar a la religión católica con un partido también político. 


Esta funesta suplantación procuró mandatos parlamentarios a una serie de inútiles, en tanto que a la Iglesia no le trajo consigo sino daños. El resultado de semejantes anomalías tenía que soportarlo la Nación entera, pues las consecuencias emergentes del debilitamiento de la vida religiosa vinieron a producirse precisamente en una época en la que ya todo había empezado a ceder y vacilar, amenazando con el derrumbamiento de los tradicionales fundamentos de la moral y de las buenas costumbres. 


Pensamiento político


Hitler se oponía enérgicamente a cualquier forma de internacionalismo, no solo porque lo despreciara por principio, sino porque lo consideraba un engaño. En parte, esta hostilidad se enfocaba hacia la izquierda alemana, cuya fe ciega en unos principios universales, alegaba Hitler, había dejado a Alemania indefensa durante la guerra mundial y a raíz de ella. Esta era la razón, sostenía, por la que «[deberíamos] liberarnos de la falsa ilusión de la Internacional [socialista] y la [idea de] la Fraternidad de los Pueblos». La principal objeción de Hitler al internacionalismo, sin embargo, era simplemente que servía a los intereses de las potencias imperiales occidentales. ¿Dónde había estado el derecho internacional, preguntaba, cuando Luis XIV había saqueado Alemania a finales del siglo XVII, cuando los ingleses habían bombardeado la neutral Copenhague en 1807, matado de hambre y oprimido a los irlandeses, o cuando los americanos habían desalojado a los nativos indios? A Hitler no se le había pasado por alto que «en casa del inventor de la Sociedad de Naciones [la América de Wilson], se rechaza a la Liga como una utopía, una idea absurda». Ni siquiera existía solidaridad racial entre los blancos, se lamentaba Hitler, porque Francia había mandado «solidariamente camaradas África para esclavizar y amordazar a la población del Rin». Por esta razón, Hitler rechazaba de plano cualquier idea de gobernanza internacional, afirmando que «la Sociedad de Naciones no es más holding de empresas de la Entente dirigido a salvaguardar sus ganancias ilícitas».


Medalla de mesa propagandística alusiva a la ocupación francesa de Renania y el Sarre. 
La medalla hace alusión a incidentes en los que algunos soldados africanos
franceses abusaron de una chica.
Hitler era amargamente crítico con el Imperio británico. "¿Dónde estaba la ley", preguntaba "cuando Inglaterra inundaba China y la India con opio y Norteamérica con licor para socavar a estos pueblos y así someterlos con mayor facilidad?". También acusaba a Gran Bretaña de haber "reducido al pueblo irlandés de 8,5 a 4,5 millones (a través de la hambruna de la patata)", y haber "permitido, cínicamente", que 29.000 mujeres bóeres tuvieran una muerte miserable en los "campos de concentración de Sudáfrica". Y a continuación dedicaba a los negros el envenenado cumplido de que él prefería tener "cien negros antes que un solo judío". Por otro lado, Hitler se oponía no tanto al colonialismo como a lo que más tarde denominaría la "negrificación" de los alemanes. "En realidad no necesitáis un par de pantalones", decían según él los Aliados, "los negros tampoco los tienen". La propia Alemania se había convertido en la "plantación de los intereses del capital extranjero". Había caído más bajo aún que la "República Negra de Liberia", donde al menos gozaban de autodeterminación.  De hecho, lamentaba que "hoy día cualquier hotentote puede decidir sobre Alemania", en referencia, quizás, al hecho de que tanto Haití como Leberia fueran signatarios del Tratado de Versalles en su calidad de miembros de la coalición aliada.  La idea de que Alemania estaba siendo esclavizada y reducida al estatus de una colonia africana estaba bastante extendida entonces, no solo entre los círculos de la ultraderecha. Viktor Klemperer, un veterano judío de la misma división en la que había servido Hitler, que más tarde sería víctima del nazismo, escribió que "la forma en que las potencias en la Entente hablan de y a Alemania me produce tanto rechazo como si a mí mismo me estuvieran tratando como a un negro"; en otra ocasión comparó la situación del Reich con la del Congo. Muchos alemanes vivieron la ocupación, las indemnizaciones y la presencia de las tropas coloniales enemigas como una forma no solo de sometimiento, sino también de humillación, un sentimiento que compartían desde la extrema derecha hasta el SPD e incluso los grupos pro derechos de la mujer preocupados por la violencia sexual". 

La causa de esta distribución desigual, pensaba, era el capitalismo global y su sistema asociado de gobernanza mundial. «La explotación internacional del capitalismo debe combatirse», exigía Hitler, así como la del «capital de préstamos internacional». «Queremos convertir a los esclavos del mundo en ciudadanos del mundo», anunció. Para ello era necesario «liberar al pueblo alemán de las cadenas de su esclavitud internacional». Esto a su vez implicaba que Alemania tenía que recuperar su libertad de acción militar. «El alemán es o un soldado libre», argumentaba Hitler, «o un esclavo blanco». Por tanto, hacía un llamamiento al pueblo alemán a recuperar el viejo adagio de «quien no quiere ser martillo tiene que ser yunque», añadiendo que «hoy somos yunque y nos seguirán golpeando hasta que el yunque se convierta en martillo», es decir, en una «espada alemana». La idea de que Alemania debía convertirse en «martillo» para evitar seguir siendo «yunque» era una metáfora bastante común por aquella época, a la que Hitler recurriría en varias ocasiones. 


Hitler era partidario del «socialismo», pero no como los socialdemócratas, los socialistas independientes o los comunistas lo entendían. «Nacional» y «social» eran «dos términos idénticos». «El verdadero socialismo enseña que hay que cumplir con los deberes de uno al máximo», explicaba Hitler, «el socialismo real en la forma suprema del Volk». «El marxismo no es socialismo», afirmaba, «yo arrebataré el socialismo a los socialistas». Esto era lo que significaban las palabras «obrero» y «socialista» incluidas en el nombre de su partido. «No había sitio» para los «proletarios con conciencia de clase» en el partido, como tampoco lo había para «una burguesía con conciencia de clase». En repetidas ocasiones, Hitler se dirigió a los obreros.  Todo ello explica la ambivalencia de Hitler hacia los comunistas, a quienes consideraba hombres buenos que habían tomado un camino equivocado y cuyo carácter le era mucho más simpático que el de la tibia burguesía, instalada cómodamente a mitad de camino. «Preferiría que me ahorcaran en la Alemania bolchevique», aseguraba, «que vivir feliz en un sur de Alemania francés». Un observador comentó que Hitler «estaba cortejando a los comunistas» al afirmar que «los dos extremos, comunistas y estudiantes, debían unirse». El centro, afirmaba, estaba lleno de «lamebotas» (Schleimsieder) inútiles, mientras que «los comunistas habían luchado con armas por sus ideales, siguiendo, simplemente, un camino equivocado». Solo había que reconducirlos hacia la «causa nacional». En el caso de los comunistas alemanes, Hitler odiaba el pecado, pero amaba al pecador.


La vitalidad de Inglaterra se basaba en la «extraordinaria brillantez» de su población. Tenían el «sentimiento nacional que tanto le falta a nuestro pueblo» y habían mantenido «la pureza racial en las colonias», afirmaba refiriéndose a la ausencia en general del matrimonio interracial entre los colonos y funcionarios de las colonias y la población nativa. A diferencia del tardío Estado nacional alemán posterior a 1871, Gran Bretaña gozaba de «una tradición político-diplomática centenaria». Y, a diferencia también de Alemania, había entendido la verdadera relación entre política y economía. «Inglaterra ha reconocido el principio básico para la salud y existencia del Estado», argumentaba Hitler, «y ha actuado durante siglos de acuerdo con el principio de que el poder económico debe ser transformado en poder político» y «que el poder político debe utilizarse para proteger la vida económica». «Hay algunas cosas que permiten a Gran Bretaña ejercer la dominación mundial», explicaba: «Un muy desarrollado sentido de la identidad nacional, una clara unidad racial y por último la capacidad de convertir el poder económico en poder político, y el poder político en poder económico».


Se percibían sin embargo algunas ausencias sorprendentes. Para un hombre que luego expresaría unas opiniones tan radicales sobre el tema, hasta ese momento había dicho muy poco -más allá de unos cuantos ataques al cubismo, el futurismo y al «kitsch» judío en general- sobre el papel de la cultura en el resurgimiento de Alemania. Hitler se había manifestado mucho menos de lo que habría cabido esperar acerca de la Unión Soviética y su temor al comunismo quedaba empequeñecido frente al que le producía el capitalismo. 


Fuente: "Hitler, Solo el mundo bastaba", Brendan Simms. Capítulo "La "colonización" de Alemania".