Kubizek : ¡Ven conmigo, Gustl!

 





    Sin la intervención decidida de Adolf, mi carácter poco aventurero no me habría permitido cambiar de profesión e irme a vivir a Viena.
 

Pero desde luego mi amigo pensaba principalmente en sí mismo. Le horrorizaba ir solo, porque aquel tercer viaje a Viena resultaba una propuesta bastante distinta de las anteriores. Entonces aún tenía a su madre, y aunque nunca estaba en casa, aún tenía un hogar. Entonces Noe estaba dando un paso hacia lo desconocido, ya que el saber que su madre esperaba recibirlo con los brazos abiertos en cualquier momento y circunstancias ofrecía un fundamento fiable y firme a su vida insegura. Su hogar era un centro tranquilo alrededor del cual giraba su existencia tormentosa. Pero todo aquello lo había perdido. 


Durante los meses que había pasado allí el otoño anterior no había logrado hacer ningún amigo, y puede que no lo deseara. En Viena vivían parientes de su madre con los que había tenido cierto contacto en el pasado y, a no ser que me equivoco, incluso se había alojado con ellos durante la primera visita.


Habría preferido morir de hambre y miseria antes de que pudiera parecer que necesitaba ayuda. (“Prefería sufrir hambre y miseria a presentarse ante sus parientes en demanda de auxilio”, traducción de 1955)


Tras el día de Año Nuevo de 1908, me fui con Adolf a visitar la tumba de sus padres. La nieve cubría todos los monumentos conocidos. Adolf se sabía cada centímetro de nuestra ruta, ya que durante años era el camino que seguía para ir a la escuela. 


Estaba muy sereno, un cambio que me sorprendió ya que sabía que la muerte de su madre le había afectado profundamente, y que incluso le había producido un sufrimiento físico tal que por poco se desmaya de agotamiento. 


Los gastos del funeral se pagaron con la herencia de su madre. 


Tenía un aspecto duro y severo, y no había lágrimas en sus ojos. Sus pensamientos estaban con su amada madre. Yo permanecía a su lado rezando. 


Me dijo que esperaba algunas discusiones acaloradas con su tutor. Desde luego el tutor quería lo mejor para Adolf, ¿pero para qué le servía que lo “mejor” no fuera más que aprender de un maestro panadero en Leonding?


El viejo Josef Mayrhofer, tutor de Hitler, falleció en 1956 en Leonding. Naturalmente, a menudo le preguntaban sobre sus experiencias con el joven Hitler, y lo que pensaba de él. A su manera sencilla e imparcial, respondía a todos los que le preguntaban -primero a los enemigos, luego a los amigos, y luego otra vez a los enemigos de su pupilo-, y las respuestas siempre eran idénticas, sin importarle las opiniones de quien le preguntara. 


Explicaba que un día de enero de 1908, un Hitler-Adi crecido, con pelusa en el labio superior y voz profunda, casi un hombre adulto, fue a verlo para hablar del tema de su herencia. Pero su primera frase fue: “Voy a volver a Viena”.


Todos los intentos de disuadirlo fracasaron: decía que era un tipo tozudo, como su padre, el viejo Hitler.


Josef Mayrhofer guardó los documentos relativos a aquellas discusiones. La solicitud de la pensión de orfandad para su hermana y para él mismo que Adolf redactó a petición de su tutor dice lo siguiente:


A la Respetada Administración Económica Imperial y Real. Los abajo firmantes solicitan respetuosamente por la presente la gentil asignación de la pensión de orfandad que les corresponde. Tras la muerte de su madre, viuda de un oficial de aduanas imperial y real, el 21 de diciembre de 1907, ambos solicitantes no cuentan con ninguno de los dos progenitores, son menores e incapaces de ganarse la vida por si mismos. El tutor de ambos solicitantes -Adolf Hitler, n acido el 20 de abril de 1889 en Braunau am Inn, y Paula Hitler, nacida el 21 de enero de 1898 en Fischlham bei Lambach, Alta Austris -es Herr Josef Mayrhofer de Leonding, cerca de Linz. Ambos solicitantes están domiciliados en Linz.


Reiteran su petición, respetuosamente

Adolf Hitler Paula Hitler

Urfahr, 10 de febrero de 1908


Por cierto: Adolf obviamente firmó la solicitud por su hermana Paula, ya que el apellido “Hitler” en ambas firmas muestra la misma tendencia inclinada hacia abajo tan característica de su firma en años posteriores. Además, se equivocó en la fecha de nacimiento de su hermana, que nació en 1896.


Según la legislación vigente en aquella época en relación a los funcionarios del estado, los huérfanos menores de veinticuatro años que no contaran con sus propios medios de subsistencia tenían derecho a reclamar  una pensión de orfandad equivalente a la mitad de la pensión de viudedad que recibía su madre. Frau Hitler había recibido una pensión mensual de 100 coronas desde el fallecimiento de su marido: por lo tanto, Adolf y Paula tenían derecho a un total de 50 coronas mensuales entre los dos. Claro que con eso Adolf no tenía suficiente para vivir: por ejemplo, tenía que pagar 10 coronas mensuales a Frau Zakreys por su habitación. 


Le concedieron la solicitud, y el primer pago se hizo el 12 de febrero de 1908, cuando Adolf ya estaba en Viena. Y por cierto, tres años más tarde renunció a su parte a favor de Paula, aunque podría haber continuado reclamándola hasta cumplir los veinticuatro años en abril de 1913. Su tutor también conservó el documento de renuncia en Leonding. 


El documento relativo a la herencia que Adolf firmó en presencia de su tutor antes de marcharse a Viena también mencionaba su parte de la herencia de su padre, que equivalía a unas 700 coronas. Es posible que ya hubiera gastado parte de ese dinero durante su estancia previa en Viena, pero como llevaba una vida muy espartana -lo único en lo que gastaba un gran porcentaje del presupuesto eran los libros-, le quedó suficiente para arreglárselas al menos hasta el comienzo de su nueva estancia allí. En cuanto a nuestro futuro juntos, Adolf era más afortunado que yo, no solo porque tuviera algo de dinero e ingresos mensuales fijos, por escasos que fueran -un asunto que yo aún había de concretar con mis padres-, sino también porque, al haberse impuesto a su tutor, era libre de tomar sus propias decisiones, mientras que mis decisiones estaban sujetas a la conformidad de mis padres. 


Si en ocasiones teníamos disputas tan feroces que yo llegaba a creer que nuestra relación había terminado, reanudábamos entusiastas nuestra amistad tras un concierto o representación en el que yo había participado. 


Juro que nadie en el mundo, ni siquiera mi madre que me quería muchísimo y me conocía muy bien, era tan capaz de sacar mis aspiraciones secretas a la luz y hacerlas realidad como mi amigo, aunque nunca hubiera recibido una formación musical académica. 


Le ayudé a cargar con su equipaje hasta la estación, cuatro maletas en total si no me equivoco, todas ellas muy pesadas. Le pregunté qué contenían, y respondió “todas mis posesiones”. Eran casi todo libros. 


Mi amigo se subió al tren, e, incorporándose en la ventanilla, me estrechó la mano. Cuando el tren empezó a moverse, me gritó:


- ¡Sígueme pronto, Gustl!


Llegó una postal de Adolf fechada el 18 de febrero de 1907 (Nota: en la traducción de 1955 indica que fue en 1908) que mostraba una vista de la colección de armaduras del Museo de Historia del Arte de Viena. “Querido Amigo”, empezaba, y su forma de dirigirse a mí demostraba lo mucho que se había estrechado nuestra relación desde la muerte de su madre, 


    “Querido amigo, espero ansioso noticias de tu llegada. Escríbeme pronto para que pueda prepararlo todo para tu alegre recibimiento. Toda Viena te espera, así que ven pronto. Yo iré por supuesto a buscarte”. Y en la parte de atrás de la postal escribió: “Ahora el tiempo aquí está mejor. Espero que tú también disfrutes de un tiempo mejor.  Bueno, como te he dicho otras veces, primero te quedarás conmigo. Luego ya veremos. Aquí se puede conseguir un piano en el llamado Dorotheum por solo un precio de entre 50 y 60 florines. Bueno, muchos recuerdos para tus queridos padres y para ti, de tu amigo, Adolf Hitler”. Y luego una postdata: “Te lo pido otra vez, ven pronto”. 


Adolf había dirigido la postal como de costumbre a “Gustav” Kubizek. Unas veces escribía “Gustav”, y otras “Gustaph”. Le desagradaba totalmente mi nombre, August, y siempre me llamaba “Gustl”, que se acercaba más a Gustav que August. Creo que habría preferido que me cambiara formalmente el nombre de pila. Incluso se dirigía a mí con el nombre de Gustav cuando me escribía el día de mi santo, la festividad de San Agustín del 28 de agosto. Bajo mi nombre aparece la abreviatura “Stud”, y recuerdo que le gustaba llamarme “Stud.Mus”. 


Kubizek: Muerte de la madre

Recuerdo que la madre de Adolf tuvo que someterse a una operación de gravedad a principios de 1907. Entonces la ingresaron en el hospital de las Hermanas de la Caridad en la Herrenstrasse, y él la visitaba a diario. El cirujano que se encargó de su caso fue el doctor Urban. No recuerdo de qué enfermedad se trataba, pero probablemente era cáncer de mama. Aunque Frau Klara se recuperó lo bastante como para volver a llevar la casa, quedó muy debilitada y enferma, y de vez en cuando tenía que llevarla a la cama. Pero unas pocas semanas después de que Adolf se hubiera marchado a Viena parecía estar mejor, ya que me la encontré por casualidad en el paseo, donde, en aquella época, solía celebrarse un mercado callejero al que las campesinas venían del campo a vender huevos, mantequilla y verduras.


- Adolf está bien -me comentó satisfecha-. ¡Pero si pudiera saber qué está estudiando! Por desgracia, no lo menciona en absoluto. Sin embargo, me imagino que debe de estar muy ocupado.


Era una buena noticia y yo también me alegré, pues Adolf no me había escrito sobre sus actividades en Viena. Nuestra correspondencia se refería básicamente a Benkieser, es decir, Stefanie. Pero por supuesto no debía de hablarse a su madre de ello. Le pregunté a Frau Klara cómo se encontraba. Me dijo que nada bien: le dolía mucho, y a menudo no lograba dormir por la noche. Pero me advirtió que no escribiera a Adolf al respecto, ya que puede que no tardara en mejorar. Cuando nos separamos me pidió que volviera a verla pronto. 


El médico de la familia de los Hitler era el doctor Bloch, un hombre muy popular conocido en la ciudad como el “medico de los pobres”, médico excelente y hombre de gran amabilidad que se sacrificaba por sus pacientes. Si el doctor Bloch había aconsejado a Frau Hitler que fuera al hospital Spital, es que su estado debía de ser grave. Frau Klara había comentado lo terrible que resultaba para ella que Adolf estuviera tan lejos. Fue en aquella visita cuando me di realmente cuenta de lo entregada que estaba a su hijo. Pensaba en su bienestar con todas las fuerzas que le quedaban. Al final, me prometió que hablaría a Adolf de su estado.


Adolf apareció de repente en la habitación. Tenía un aspecto terrible. Estaba tan pálido que la cara era casi transparente, tenía la mirada apagada y la voz ronca. Sentí que un torrente de sufrimiento debía de ocultarse tras su comportamiento glacial. Me dio la impresión de que luchaba contra un destino hostil. 


Apenas me saludó, no preguntó sobre Stefanie, no dijo nada acerca de lo que había estado haciendo en Viena. “Incurable, dice el médico”. Esta frase fue lo único que consiguió pronunciar. Quedé perplejo ante el diagnóstico inequívoco. Probablemente el doctor Bloch le había hablado del estado de su madre. Puede que hubiera visitado a otro médico para consultarle y no pudiera resignarse a ese cruel veredicto.


Los ojos le empezaron a brillar y montó en cólera.


-Incurable… ¿qué quieren decir con eso? -gritó-. No es que la enfermedad sea incurable, sino que los médicos no son capaces de curarla. Mi madre ni siquiera es vieja. Uno no pierde la esperanza a los cuarenta y siete años. Pero en cuanto los médicos no pueden hacer nada, dicen que es incurable. 


(En la edición de 1955):


Me sentí aterrado por este inequívoco diagnóstico. Probablemente, había sido informado por el doctor Bloch del estado de su madre. Quizá hubiera, incluso solicitado el consejo de algún otro médico. Pero no podía resignarse a esta dura sentencia.


Sus ojos refulgían. La cólera se percibía en ellos:


- Incurable: ¿Qué significa esto? -barbotó- No es que la dolencia sea incurable, sino que los médicos no son capaces de curar. Mi madre no es siquiera demasiado vieja. Cuarenta y siete años no son ninguna edad a la que deba morirse forzosamente. Pero tan pronto como los médicos han llegado al término de su sabiduría, se dice al momento, incurable. Es posible que si mi madre viera en una época posterior, la misma enfermedad sería posible curarla


Pregunté a Adolf si podía ayudarle. No me oyó. Estaba demasiado ocupado con su ajuste de cuentas. Entonces se interrumpió y declaró con voz sensata y serena:


- Me quedaré en Linz en casa por mi madre. 


- ¿Y puedes hacerlo? -le pregunté.


- Uno puede hacer cualquier cosa cuando tiene que hacerla. 


No recuerdo exactamente cuándo volvió Adolf de Viena. Puede que fuera a finales de noviembre, o es posible que incluso fuera en diciembre. Pero las semanas que vinieron a continuación han permanecido indelebles en mi memoria; fueron, en cierto sentido, las más hermosas e íntimas de nuestra amistad. Se puede concluir lo mucho que me afectaron aquellos días del mero hecho que de ningún otro periodo de nuestra relación han quedado tantos detalles en mi memoria. Era como si se hubiera transformado. Hasta entonces estaba seguro de que lo conocía a fondo y en todas sus facetas. A fin de cuentas, hacía más de tres años que vivíamos estrechamente unidos en una amistad exclusiva en la que no estaban permitidos los secretos.


Habían desaparecido los problemas e ideas que tanto solían agitarlo y todos sus pensamientos sobre política. Incluso sus intereses artísticos apenas se percibían. No era más que el hijo fiel y servicial de su madre. 


No me había tomado a Adolf muy en serio cuando dijo que se ocuparía de su hogar en la Blütengasse, ya que sabía que Adolf tenía mala opinión de tales tareas monótonas, por muy necesarias que fueran. Así que me mostraba escéptico sobre sus buenas intenciones y me imaginaba que no serían más que unos pocos gestos bienintencionados. Pero estaba muy equivocado. No entendía lo bastante aquel aspecto de Adolf, y no me había percatado de que su insondable amor por su madre le permitiría realizar las labores domésticas a las que no estaba acostumbrado con tanta eficacia que ella no encontraba el modo de elogiarlo lo suficiente. Así que un día, cuando llegué a la Blütengasse, me encontré a Adolf arrodillado en el suelo. Llevaba un delantal azul y estaba fregando el suelo, que hacía tiempo qu Eno se limpiaba. Quedé muy sorprendido y se me debió de notar, pues Frau Klara sonrió pese al dolor y me dijo:


- Mira, ya lo ves, Adolf puede hacer cualquier cosa.


Entonces me fijé en que Adolf había cambiado de sitio los muebles de la casa. La cama de su madre se encontraba en la cocina porque permanecía caliente todo el día. El armario de la cocina se había trasladado al salón, y en su lugar estaba el sofá, donde Adolf dormía, para poder estar cerca de ella también durante la noche. Paula dormía en el salón.


No pude evitar preguntar cómo se las arreglaba en la cocina.


- En cuanto haya terminado de fregar, tú mismo lo verás -comentó Adolf. 


Pero antes de que lo hiciera, Frau Hitler me explicó que cada mañana decidía la cena con Adolf. Él siempre escogía sus platos favoritos y los preparaba tan bien que ni ella misma podría haberlos hecho mejor. La madre insistía en que disfrutaba muchísimo con la comida, y que nunca había comido con tan buen apetito como desde que había vuelto Adolf. 


Miré a Frau Klara, que se había incorporado de la cama. El fervor de sus palabras había coloreado sus mejillas habitualmente pálidas. El placer que experimentaba por el retorno de su hijo y su devoción por ella habían transformado su rostro serio y agotado. Pero tras la alegría de esta madre se encontraban las señales inequívocas del sufrimiento. Las arrugas profundas,  la boca demacrada y los ojos hundidos mostraban lo acertado que había estado el doctor. 


El estado de Frau Klara era variable. La presencia de su hijo mejoraba su estado general y se animaba. A veces incluso se levantaba por la tarde y se sentaba en la butaca. Adolf se adelantaba a todos y cada uno de sus deseos y la cuidaba con suma ternura. Nunca antes lo había visto tan tierno y afectuoso. No podía creer lo que veía y oía. Nunca levantaba la voz, no hacía ningún comentario impaciente, ni insistía violentamente en hacer las cosas a su manera. Se olvidó completamente de sí mismo durante aquellas semanas y vivía sólo para su madre. Aunque Adolf, según Frau Klara, había heredado muchos de los rasgos de su padre, entonces me percaté de cuánto se parecía a su madre. Seguramente se debía en parte al hecho de que había pasado los cuatro años anteriores de su vida solo con ella. Pero además había una armonía espiritual peculiar entre madre e hijo que desde entonces no he vuelto a encontrar. Todo lo que los separaba quedó relegado a un segundo plano. Adolf nunca mencionó la decepción que había sufrido en Viena. Por el momento, las preocupaciones por el futuro ya no parecían existir. Un ambiente de satisfacción relajada, casi serena, rodeaba a la mujer moribunda. 


Diciembre fue frío y crudo. Durante varios días seguidos, una niebla densa y húmeda se cernió sobre el Danubio. Rara vez brillaba el sol, y cuando lo hacía, aparecía tan débilmente que no calentaba nada. El estado de su madre se deterioró visiblemente y Adolf me pidió que fuera sólo cada dos días. Siempre que entraba en la cocina, Frau Klara me saludaba levantando un poco una mano y extendiéndola hacia mí, y una débil sonrisa surcaba su rostro, crispado por el dolor. Recuerdo un detalle menor, pero significativo. Al repasar los libros de ejercicios de Paula, Adolf se había fijado en que no le iba tan bien como esperaba su madre. Adolf la cogió de la mano y la llevó a la cama de su madre, y allí le hizo jurar que siempre sería una estudiante diligente y obediente. Puede que con esta pequeña escena Adolf quisiera demostrar a su madre que ya se había dado cuenta de su propios fallos. Si se hubiera quedado en la Realschule hasta el examen de reválida habría evitado el desastre de Viena. Sin duda aquel suceso decisivo que, como he comentado antes, le había hecho discrepar por primera vez consigo mismo, debió de resultar un pensamiento recurrente durante aquellos días terribles y contribuyó a su depresión. 


Permanecí de pie junto a la puerta. Adolf me indicó que me marchara. Mientras abría la puerta, Frau Klara me hizo una seña con la mano extendida. Nunca olvidaré las palabras que susurró entonces la moribunda.


- Gustl, - empezó. Normalmente me llamaba Herr Kubizek, pero entonces utilizó el nombre con el que Adolf siempre me llamaba- , sigue siendo buen amigo de mi hijo cuando yo ya no esté. No tiene a nadie más. 


Se lo prometí con lágrimas en los ojos, y entonces me marché. Aquello fue la noche del 20 de diciembre. 


Al día siguiente Adolf vino a vernos a casa. Parecía exhausto y su rostro consternado revelaba lo que había sucedido. Nos dijo que su madre había fallecido en las primeras horas de la mañana. Su último deseo era que la enterraran junto a su esposo en Leonding. Adolf estaba tan afectado por la pérdida de su madre que apenas podía hablar. 


Mis padres le expresaron sus condolencias, pero mi madre se percató de que lo mejor era concentrarse directamente en los asuntos prácticos. Había que encargarse de los preparativos para el funeral. Adolf ya había visto a los enterradores y el funeral se fijó para el 23 de diciembre a las nueve de la mañana. Pero había que encargarse de muchas más cosas. Había que organizar el traslado del cuerpo a Leonding, conseguir los documentos necesarios e imprimir los anuncios del funeral. Todas aquellas gestiones ayudaban a Adolf a superar el impacto emocional, y se encargó con calma de los preparativos necesarios. 


El 23 de diciembre de 1907 fui con mi madre al velatorio. El tiempo había cambiado; había llegado el deshielo y las calles estaban cubiertas de nieve a medio derretir. Era un día húmedo y neblinoso, y apenas se veía el río. Entramos al apartamento con flores para despedirnos de la fallecida, como mandaba la tradición. Frau Klara yacía en la cama. Su cara blanca como la cera se había transformado. Sentí que la muerte la había aliviado del terrible dolor que sentía. La pequeña Paula sollozaba, pero Adolf se contenía. Aunque bastaba con mirarlo una sola vez para saber cuánto había sufrido durante aquellas horas. No sólo había perdido a ambos padres, sino que con la muerte de su madre había perdido a la única criatura del mundo en la que había concentrado su amor, y que también lo había amado. 


Mi madre y yo bajamos a la calle. Llegó el cura. Habían colocado el cuerpo en un ataúd, que bajaron hasta la entrada del edificio. El cura bendijo a la fallecida y luego el pequeño cortejo empezó a moverse. Adolf seguía el ataúd. Llevaba un abrigo largo y negro, guantes negros y en la mano, como era la costumbre, un sombrero de copa negro. La ropa oscura hacía que su cara pálida pareciera más pálida. Tenía un aspecto adusto y sereno. A su izquierda, también de negro, iba su cuñado Raubal, y entre ellos Paula, que contaba once años. Angela, que estaba en un estado muy avanzado del embarazo, seguía a los dolientes en un carruaje cerrado. Todo el funeral me resultó horrible. Además de mi madre y de mí mismo, sólo había unos pocos inquilinos del nº 9 de Blütengasse, y unos pocos vecinos y conocidos de su antigua casa en la Humbolsdstrasse. A mi madre también le pareció que era un cortejo muy deprimente, pero era tan buena persona que enseguida defendió a los que no se habían presentado. Comentó que al día siguiente era Navidad, y que resultaba imposible para muchas mujeres, con la mejor voluntad del mundo, salir de casa. 


En la puerta de la iglesia sacaron el ataúd de la carroza fúnebre y lo llevaron adentro. Tras la misa tuvo lugar la segunda bendición. Como iban a llevar el cuerpo a Leonding, el cortejo fúnebre pasó entonces por la calle principal de Urfahr. Las campanas de la iglesia sonaban mientras se acercaba. Instintivamente, alcé la vista hacia las ventanas de la casa donde vivía Stefanie. Puede que mi deseo ardiente de que no abandonara a mi amigo en aquel momento tan terrible la hubiera atraído. Aún puedo ver cómo se abrió la ventana, apareció una joven, y Stefanie bajó la vista interesada en la pequeña procesión que pasaba por debajo. Miré a Adolf: su rostro permanecía inalterable, pero yo no albergaba ninguna duda de que él también había visto a Stefanie. Más adelante me lo confirmó, y me confesó cuánto lo había consolado la visión de su amada en aquella situación dolorosa. 


A la mañana siguiente, el 24 de diciembre, Adolf vino a mi casa. Parecía agotado, como si en cualquier instante pudiera desmayarse. Parecía desesperado, bastante vacío, sin una chispa de vida en su interior. Al percibir lo preocupada que estaba mi madre por él, explicó que llevaba días sin dormir. Mi madre le preguntó dónde iba a pasar la Nochebuena. Dijo que los Raubal le habían invitado a su hermana y a él. Paula ya se había marchado, pero él aún no había decidido si ir o no. Mi madre lo exhortó a que contribuyera a hacer de la Navidad una celebración pacífica, ya que todos los miembros de la familia habían sufrido la misma pérdida. Adolf la escuchaba en silencio. Pero cuando estábamos a solas me dijo:


- No voy a casa de Raubal.


Puedo imaginarme cómo fue realmente la Nochebuena de Adolf en 1907. Podía entender que no quisiera ir a casa de Raubal. También podía entender que no quisiera molestar en nuestra pequeña y tranquila celebración familiar, a la que yo lo había invitado. La armonía serena de nuestro hogar lo habría hecho sentir más solo todavía. Comparado con Adolf, yo me consideraba tremendamente afortunado, ya que tenía todo lo que él había perdido: un padre que mantenía, una madre que me quería y un hogar tranquilo que me acogía en su paz. 


¿Pero y él? ¿Dónde iba a ir aquella Nochebuena? No tenía conocidos, ni amigos, nadie lo habría recibido con los brazos abiertos. Para él el mundo era hostil y vacío. Así que fue hacia donde estaba Stefanie. Es decir, hacia su sueño. 


Lo único que me contó de aquella Nochebuena fue que se había pasado horas deambulando por las calles. No volvió a casa hasta que amaneció y se fue a dormir. Nunca supe lo que pensó, sintió y sufrió. 

Kubizek: Adolf se marcha a Viena

       


    Adolf conocía Viena de una visita que había hecho el año anterior. En mayo y junio de 1906  permaneció allí el tiempo suficiente para entusiasmarse por todo lo que lo había atraído especialmente: el Museo Hof, la Ópera Hof, el Teatro Burg y los magníficos edificios del Ring,("El Museo Imperial, La Ópera del Estado, el Teatro Municipal, las maravillosas construcciones junto al Ring", en traducción de 1955) pero no para observar la angustia y la miseria oculta tras la magnífica fachada de la ciudad. Esta imagen engañosa, producida en gran medida por su imaginación artística, lo atraía enormemente. En su pensamiento ya no estaba en Linz, sino que ya nos había trasladado a Viena, y su increíble capacidad para ignorar la realidad que tenía delante, y para aceptar como real lo que solamente existía en su imaginación, paso a cobrar vida plena. 


Tengo que corregir aquí un pequeño error que Adolf Hitler cometió en ‘Mi Lucha’ en relación a su primera estancia en Viena. Se equivoca cuando dice que aún no tenía dieciséis años, pues en realidad acababa de cumplir los diecisiete. Por lo que respecta a los demás, su relato se corresponde por entero con mis propios recuerdos.


(Texto de ‘Mi Lucha’ omitido en Tempus):


Sólo me afligía una cosa: mi talento para la pintura parecía superado por mi afición al dibujo, sobre todo en el campo de la Arquitectura. Al mismo tiempo, crecía mi interés cada vez más por el arte de las construcciones. Más intenso se volvió ese interés cuando, a los dieciséis años aún no cumplidos, efectué mi primera visita a Viena, estancia que se prolongó durante dos semanas. Fui a la capital a estudiar la galería de pintura del Hofmuseum, pero prácticamente sólo me interesaba el propio edificio que albergaba el museo. Transcurría la jornada entera, desde la mañana hasta la noche, recorriendo con la mirada todas las bellezas contenidas en él, aunque en realidad fueron los edificios los que más poderosamente llamaron mi atención. Pasaba largas horas parado ante la ópera, o delante del edificio del Parlamento. La calle Ring (Ringstrasse) era como un cuento de las mil y una noches.” (Mi Lucha, edición electrónica)


Tarjeta mandada por Adolf Hitler a su amigo desde Viena en ocasión de su primera estancia, todavía provisional, en la ciudad imperial. 


Recuerdo bien el entusiasmo con el que mi amigo habló de sus impresiones de Viena. No obstante, algunos detalles de su relato escapan a mi memoria. Por fortuna, las postales que me escribió en su primera visita aun se conservan. Hay cuatro postales en total que, aparte de su interés biográfico, constituyen importantes documentos grafológicos, ya que son los ejemplos sustanciales más antiguos que aun existen de la escritura de Adolf Hitler. El trazo es extrañamente maduro, bastante fluido, por lo que cuesta relacionarlo con un joven de apenas dieciocho años, mientras que la ortografía incorrecta no solo demuestra que no completó sus estudios, sino también una cierta indiferencia ante tales asuntos. Todas las postales que me mandó eran edificios, lo cual resulta bastante significativo. Otro joven de su edad seguro que habría elegido un tipo de postal diferente para su amigo. 


Postal del 18 de febrero de 1908, una vez Hitler instalado ya definitivamente en Viena, y en la que ruega a su amigo no tarde en seguirle. 


La primera de estas postales, del 7 de mayo de 1906, es una obra maestra de la producción de postales de la época y le debió de costar bastante: se abre en una especia de tríptico, y ofrece una vista completa de la Kalsplatz, con la Karlskirche en el centro. El texto dice:


Al enviarte esta postal tengo que pedirte disculpas por no haberte escrito antes. Bueno, he llegado bien y voy a todas partes. Mañana voy a la ópera ‘Tristán’ y al día siguiente ‘El holandés errante, etc. Aunque todo me parece muy bonito, echo de menos Linz. Esta noche Stadt Theatre.


Saludos de tu amigo. Adolf Hitler.”


En el lado de la imagen de la postal, el Conservatorio está señalado a propósito, y probablemente fue el motivo por el que eligió esta visita en particular, dado que ya se planteaba que un día estudiaríamos juntos en Viena, y nunca perdía la oportunidad de recordarme esta posibilidad de la forma más atractiva. En el margen inferior de la imagen añadió: “Saludos a tus queridos padres”. 


Me gustaría comentar que las palabras “Aunque todo me parece muy bonito, echo de menos Linz” no se refieren a Linz sino a Stefanie, por quien su amor era aún mayor cuánto más lejos estaba de ella. Un extraño solitario como él en aquella metrópolis implacable veía satisfecho su deseo impetuoso por ella al poder escribir aquellas palabras, que solo entendería un amigo con quien compartiera sus secretos. 


El mismo día, Adolf me envió una segunda postal, que representaba el escenario de la Ópera Hof. Supongo que aquella fotografía especialmente acertada, que muestra una parte del decorado, le había gustado. En ella escribió:


El interior del edificio no es muy interesante. Si el exterior posee una imponente majestuosidad, que otorga al edificio la seriedad de un monumento artístico, el interior, aunque infunde admiración, no impresiona con su dignidad. Sólo cuando las potentes ondas sonoras fluyen a través de la sala y cuando el susurro del viejo da paso al terrible rugido de las ondas se siente la grandeza y se olvida el oro y terciopelo con los que se ha recargado el interior.

Adolf H.”


Volvió a escribir al día siguiente mismo, el 8 de mayo de 1906; sorprende bastante que escribiera tres veces en dos días. Su motivación queda clara en los contenidos de la postal, que muestra el exterior de la Ópera de Viena. Escribe:


“Añoro mucho a mis queridos Linz y Urfar. Quiero o debo ver otra vez a Benkieser. Qué debe de estar haciendo, así que llego a Linz el jueves a las 3.55. Si tienes tiempo y permiso, ven a buscarme. ¡Saludos a tus queridos padres!

Tu amigo,

Adolf Hitler


La palabra “Urfar”, mal escrita por las prisas, está subrayada, aunque la madre de Adolf aun vivía en la Humboldstrasse, y no en Urfahr, y por supuesto aquel comentario se refería a Stefanie, al igual que la palabra clave que habíamos pactado, Benkieser. 


Por desgracia, no puedo comprobar si Adolf volvió relamen a Linz el jueves siguiente, o si su indicación estaba pensada solamente para satisfacer su deseo incesante por Stefanie. No obstante, el comentario que hace en ‘Mi Lucha’ de que su primera estancia en Viena duró solo quince días es incorrecto. En realidad permaneció allí unas cuatro semanas, como demuestra la postal del 6 de junio de 1906. Esta postal, que muestra el Franzensring y el edificio del parlamento, está escrita en un tono convencional: “Para tus queridos padres y para ti, adjunto los mejores deseos para las vacaciones y saludos. Respetuosamente, Adolf Hitler”. 


Con el recuerdo de sus primeros días en Viena afectado por su añoranza por Stefanie, Adolf empezó el crítico verano de 1907. Lo que sufrió durante aquellas semanas fue en muchos sentidos similar a la grave crisis de dos años agras, cuando, tras mucho reflexionar, finalmente saldó sus cuentas con la escuela y le puso fin. Exteriormente, su búsqueda de un nuevo camino se mostró en peligrosos ataques depresivos. Yo conocía bien aquellos estados de ánimo, que contrastaban mucho con su dedicación y actividad extática, y comprendí que no podía ayudarle. En tales ocasiones era inaccesible, reservado y distante. Podría suceder que no nos viéramos en absoluto durante uno o dos días. Si intentaba visitarlo en su casa, su madre me recibía muy sorprendida:


- “Adolf ha salido - solía decir. Debe de estar buscándote”. 


En realidad Adolf deambulaba por ahí solo y sin rumbo fijo durante días y noches, en los campos y bosques que rodeaban la ciudad. Cuando por fin lo encontraba, obviamente se alegraba de que estuviera con él, pero cuando le preguntaba qué sucedía, su única respuesta solía ser: “Déjame en paz”, o un brusco “Ni yo mismo me conozco”. Y, si insistía, comprendía mi preocupación, y luego añadía en un tono más leve: “No te preocupes, Gustl, porque ni siquiera tú puedes ayudarme”. 


Me explicó con palabras muy elocuentes su estado de ánimo: la visión de la persona amada lo perseguía día y noche, no lograba trabajar o ni siquiera pensar con claridad y temía que enloquecería si las cosas continuaban así durante mucho tiempo más, aunque no veía el modo de alterar la situación, de la que tampoco se debía culpar a Stefanie. 


- “Sólo se puede hacer una cosa -se lamentó-. Debo marcharme… lejos de Stefanie”. 


Pero el problema no resuelto -y para una persona como mi amigo, insoluble -de su relación con Stefanie, era sólo una de las múltiples razones que le motivaban a marcharse de Linz, aunque fue la más personal y por tanto decisiva. Otro motivo era que estaba ansioso por escapar del ambiente que se vivía en su casa. La idea de que a un joven de dieciocho años como él debía continuar manteniéndolo su madre se había vuelto insoportable. Se trataba de un dilema doloroso que, como yo mismo veía, casi lo ponía enfermo. Por un lado, amaba a su madre por encima de todo: ella era la única persona en la tierra a la que se sentía realmente unido, y ella le correspondía en cierta medida, aunque le inquietaba profundamente el carácter inusual de su hijo, pese a que en ocasiones pudiera estar muy orgullosa de él. “Es distinto de nosotros”, solía decir. 


Al escuchar aquellas discusiones domésticas, siempre me sorprendía la comprensión y paciencia con la que Adolf trataba de convencer a su madre de su vocación artística. A diferencia de los que solía hacer, nunca se ponía furioso ni violento en tales ocasiones. A menudo, Frau Klara también se desahogaba conmigo, ya que en mi también veía a un joven con talento artístico y objetivos elevados. Al comprender mejor los temas musicales que los escarceos de su hijo en el dibujo y la pintura, a menudo mis opiniones le resultaban más convincentes que las de él, y Adolf agradecía mucho mi apoyo. Pero, a ojos de Frau Klara había una diferencia importante entre Adolf y yo: yo había aprendido un oficio honrado, había terminado mi periodo de aprendizaje y aprobado el examen para ser oficial. Siempre tendría un refugio seguro en el que resguardarme, mientras Adolf se limitaba a dirigirse hacia lo desconocido. Esta idea atormentaba sin cesar a su madre. No obstante, consiguió convencerla de que era imprescindible para él ir a la Academia a estudiar pintura. Aún recuerdo claramente cuan satisfecho estaba de ello:

-“Ahora mimaré no pondrá ninguna objeción más -me dijo un día-. Estoy decidido a ir a Viena a principios de septiembre”.


Adolf también había acordado con su madre el aspecto económico del plan. Sus gastos para vivir y la matrícula de la Academia se pagarían con la pequeña herencia que le había dejado su padre y entonces administraba su tutor. Adolf esperaba que, ajustándose mucho el cinturón conseguiría arreglárselas con esa cantidad durante un año. Dijo que lo que sucediera después ya se vería. Puede que ganara algo vendiendo algunos dibujos y cuadros. 


A menudo, cuando Adolf tenía ataques depresivos y se paseaba por los bosques, yo me sentaba con su madre en su cocinita, escuchaba comprensivo sus lamentos, esforzándome por confortar a la mujer desdichada sin ser injusto con mi amigo, ayudándole al mismo tiempo en lo que pudiera. No me costaba ponerme en el lugar de Adolf. Habría resultado fácil para él, con la energía que tenía, limitarse a hacer la maleta e irse, si no hubiera sido por la consideración que sentía hacia su madre. Había llegado a odiar el mundo pequeño burgués en el que tenia que vivir. Apenas soportaba volver a aquel mundo cerrado tras las horas en solitario que pasaba al aire libre. Siempre estaba furioso y se mostraba duro e intratable. Tuve que aguantar mucho durante aquellas semanas. Pero el secreto de Stefanie que compartíamos nos unía e impedía que nos separáramos. La dulce magia que ella, la inalcanzable, irradiaba, calmaba los momentos tormentosos. Así que, como era tan fácil influir a su madre, el asunto quedó pendiente, aunque hacía tiempo que Adolf se había decidido.


Por fin llegó el gran momento. Adolf vino a verme radiante al taller, donde en aquella época estábamos muy ocupados.


- Me voy mañana -dijo lacónicamente. 


Me pidió que lo acompañara a la estación, ya que no quería que fuera su madre. Sé cuan doloroso habría resultado para Adolf despedirse de su madre delante de otras personas. Nada le disgustaba más que mostrar sus sentimientos en público. Le prometí que iría y lo ayudaría con el equipaje.


Al día siguiente tomé un rato libre y fui a la Blütengasse a recoger a mi amigo. Adolf lo había preparado todo. Cogí su maleta, que pesaba bastan te por los libros que no quería dejar y me marché a toda prisa para evitar esas presente en las despedidas. Aunque no pude evitarlas completamente. Su madre estaba llorando y la pequeña Paula, por la que Adolf nunca se había preocupado mucho, sollozaba de un modo desgarrador. Cuando Adolf me alcanzó en las escaleras y me ayudó con la maleta, vi que a él también se le habían humedecido los ojos. 


Por desgracia, nuestra correspondencia de aquel periodo se ha perdido. Solo recuerdo que durante varias semanas no recibí ninguna noticia de él. 


¡Pero qué diablos le había sucedido a Adolf? No había escrito ni una sola línea. Frau Klara me abrió la puerta y me recibió afectuosamente. Me di cuenta de que esperaba que viniera.


- ¿Has sabido algo de Adolf? - preguntó en la puerta.


Así que tampoco había escrito a su madre, y eso me puso nervioso. 


- Si hubiera estudiado en la Realschule como debía ya casi habría terminado los estudios. Pero no escuchaba a nadie -y añadió-: Es tan testarudo como su padre. ¿Por qué este alocado viaje a Viena? En vez de conservar esta pequeña herencia, la está derrochando sin más. ¿Y luego qué? No sacará nada de la pintura. Y escribir historias tampoco sirve para ganar dinero. Y yo no puedo ayudarle. Tengo que cuidar de Paula. Ya sabes lo enfermiza que es, pero de todos modos debe recibir una buena educación. Adolf no piensa en ello, se concentra en lo suyo, como si estuviera solo en el mundo. No viviré para verlo ganándose la vida por sí mismo…


Por desgracia, he olvidado lo que ocurrió durante el transcurso de las semanas siguientes. Adolf me informó brevemente de su dirección. Vivía en el sexto distrito, en el 29 de Stumpergasse, Escalera II, segundo piso, puerta nº 17, en el piso de una mujer con el curioso apellido Zakreys.


Cito por tanto su propia descripción de ‘Mi Lucha’ de su segunda estancia en Viena, que según el consenso general es completamente creíble:


(Transcribo el texto de la edición electrónica de ‘Mi Lucha’):


En sus últimos meses de sufrimiento había ido a Viena para realizar el examen de ingreso en la Academia. Cargado con un grueso bloque de dibujos, me dirigí a la capital austríaca convencido de poder aprobar el examen sin dificultad. En la Realschule era ya, sin ninguna duda, el primero de la clase en el dibujo artístico. Desde aquel tiempo hasta entonces mi aptitud se había desarrollado extraordinariamente de manera que, satisfecho de mí mismo, orgulloso y feliz, esperaba obtener el mejor resultado en la prueba a la que me iba a someter. 


Sólo me afligía una cosa: mi talento para la pintura parecía superado por mi afición al dibujo, sobre todo en el campo de la Arquitectura. Al mismo tiempo, crecía mi interés cada vez más por el arte de las construcciones. Más intenso se volvió ese interés cuando, a los dieciséis años aún no cumplidos, efectué mi primera visita a Viena, estancia que se prolongó durante dos semanas. Fui a la capital a estudiar la galería de pintura del Hofmuseum, pero prácticamente sólo me interesaba el propio edificio que albergaba el museo. Transcurría la jornada entera, desde la mañana hasta la noche, recorriendo con la mirada todas las bellezas contenidas en él, aunque en realidad fueron los edificios los que más poderosamente llamaron mi atención. Pasaba largas horas parado ante la ópera, o delante del edificio del Parlamento. La calle Ring (Ringstrasse) era como un cuento de las mil y una noches. 


Me encontraba ahora, por segunda vez, en la gran ciudad y esperaba con ardiente impaciencia, y al mismo tiempo con orgullosa confianza, el resultado de mi examen de ingreso. Estaba tan plenamente convencido del éxito de mi examen que el suspenso me hirió como un rayo que cayese del cielo. Era, sin embargo, una amarga realidad. Cuando hablé con el director para preguntarle por las causas de mi no admisión en la escuela pública de pintura, me declaró que, por los dibujos que había presentado, se evidenciaba mi ineptitud para la pintura y que mis cualidades apuntaban nítidamente hacia la Arquitectura. En mi caso, añadió, el problema no era de Academia de Pintura sino de Escuela de Arquitectura. 


Es incomprensible, en vista de aquello, que hasta hoy no haya frecuentado nunca ninguna escuela de Arquitectura, y ni siquiera haya asistido a clase alguna.


Abatido, abandoné el soberbio edificio de la Schillerplatz, sintiéndome, por primera vez en mi vida, en lucha conmigo mismo. Lo que el director me había dicho respecto a mi capacidad actuó sobre mí como un rayo deslumbrante para evidenciar una lucha interior que, desde hacía mucho tiempo, venía soportando, sin hasta entonces poder darme cuenta del porqué y del cómo. 


Me convencí de que un día llegaría a ser arquitecto. El camino era dificilísimo, pues lo que yo, por capricho, había esquivado aprender en la escuela profesional, iba a hacerme falla ahora. La asistencia a la Escuela de Arquitectura dependía de la asistencia a la escuela técnica de construcción, y el acceso a la misma exigía el examen de madurez de la escuela secundaria. Todo ello me faltaba. Dentro de las posibilidades humanas, no me era fácil esperar la realización de mis sueños de artista”.

Kubizek - “La visión” - “A aquella hora empezó…”

       


       Fue el instante más impresionante vivido al lado de mi amigo! Su recuerdo ha quedado grabado en mí de manera tan indeleble que incluso los detalles secundarios, como el traje que llevaba Adolf en aquella tarde, el tiempo que hacía entonces, se me aparecen tan vivamente como si aquella vivencia estuviera fuera de todo tiempo. Que esta escena quedara grabada en mí de forma tan imborrable, se debe quizá también a la circunstancia de que nunca hasta entonces había vivido yo de manera tan inmediata como entonces el cielo estrellado a la medianoche. La ciudad misma, con sus propias aun cuando escasas luces, hace invisibles las estrellas del cielo durante la noche. Tan sólo en medio de la soledad, en las alturas del Freinberg, se apareció bruscamente sobre mí como creada por vez primera, toda la maravilla del firmamento y el hálito de lo eterno me conmovió tan intensamente como jamás lo hiciera. Es cierto que yo había tenido ocasión de contemplar a menudo el cielo estrellado. Pero, tal como suele suceder entre las personas jóvenes y sensibles, un instante de peculiar intensidad, la coincidencia de extraordinarias circunstancias nos parece convertir esta imagen, indiferente hasta entonces, en una señal con la que Dios se dirige directamente a nosotros.

          Lo que más fuertemente ha quedado grabado en mi memoria al recordar mi juvenil amistad con Adolf Hitler no son sus discursos ni tampoco sus ideas políticas, sino aquella escena nocturna en Freinberg. Con ello se había decidido, de manera definitiva, su destino. Es cierto que exteriormente se mantenía en su proyectada carrera artística, sin duda por consideración a su madre; pues para éste se aparecía ciertamente como un objetivo mucho más concreto cuando decía que sería pintor artístico que si hubiera dicho: seré político. Sin embargo, la decisión de seguir por este camino tuvo lugar en esta hora solitaria en las alturas que rodean la ciudad de Linz. Tal vez no sea la palabra "decisión" la más adecuada; pues no fue una decisión voluntario por sí mismo, sino más bien una visión del camino a seguir, que estaba completamente fuera del alcance de su voluntad.


Abajo estaba Adolf, con su abrigo negro, el sombrero obscuro hundido sobre la frente. ¡Un atardecer frío, poco acogedor de noviembre en el que anochecía temprano!



Adolf me hizo una seña, con impaciencia, desde la calle y en aquellos momentos despojándome del polvo y suciedad del taller, para cambiarme para ir al teatro. Esta noche se representaba “Rienzi”.  No habíamos visto todavía esta opera de Richard Wagner, lo que nos tenía en una gran tensión. Para asegurarnos las columnas de las localidades de paseo debíamos estar muy temprano en el teatro. El silbido de Adolf, repitiéndose enérgicamente, me incitaba a apresurarme. 


Adolf había hablado ya varias veces de esta ópera. Richard Wagner empezó su composición en 1838, en Dresden, y la prosiguió durante su estancia en las provincias bálticas. Es interesante el hecho de que justamente entonces, cuando acababa de conocer el norte, le ocupara un tema de la Roma medieval. Acabó el “Rienzi” en París, y dos años más tarde fue representado en Dresden por primera vez, lo que cimentó la fama de Richard Wagner como compositor de óperas, aun cuando en esta obra no encontró todavía su forma de expresión peculiar. Rienzi se halla en un momento de transición. Después de esta opera, Wagner regresó al Norte, y encontró su verdadera expresión artística en el mundo de la mitología germánica. “Rienzi”, aun cuando se desarrolla en el año año 1847, está impregnada del aliento y ritmo de aquella revolución que seis años más tarde habría de abatirse sobre suelo alemán, y que afectó también intensamente el destino personal de Wagner. Rienzi  es la gran confrontación con las ideas del año 1848.



La música de la ópera “Rienzi”, estudiada por mí a la vista de una  selección para piano, es aún muy melódica y accesible en comparación con las posteriores obras de Wagner. La numerosa orquesta con la  totalidad de los instrumentos de metal y de percusión da a la ópera  un aire pomposo, tal y como corresponde a la concentrada acción. La juvenil alegría compositora del maestro celebra verdaderos triunfos en la genial ascensión del conjunto, en la revolucionaria impetuosidad y en la brillante intervención de la orquesta. A ello se une la arrebatadora acción, que des un principio nos fascinó. 


Ahí estábamos nosotros en el teatro y presenciábamos cómo el pueblo de Roma era subyugado por la altiva y cínica nobleza; los hombres son obligados por ésta a la servidumbre, las mujeres y doncellas son deshonradas y ultrajadas por los altivos nobles. Entonces surge en Cola Rienzi, un hombre sencillo y desconocido, el liberador del torturado pueblo. Claramente suena su voz:



“Pero si oís la llamada de la trompeta

resonando en su prolongado sonido

despertad entonces, acudid todos aquí:

¡Yo anuncio la libertad a los hijos de Roma!"



En un audaz golpe de mano libera Rienzi a Roma de la tiranía de los nobles y hace jurar sus leyes al pueblo. Adriano, aunque procedente del más noble linaje de los Colonna, que guía a los nobles, se une a Rienzi. Sin embargo, quiere saber la verdad, por lo que pregunta al nuevo dictador:



«;Rienzi, escucha! ¿Qué te propones:


Te veo poderoso. Dinos: ¿Para qué utilizas la fuerza?»



Temblando de excitación esperábamos la respuesta de Rienzi a esta pregunta trascendental:


«Sea, pues: ¡A Roma haré yo grande y libre! Solo las leyes pretendo yo crear, 

para el pueblo lo mismo que para el noble!»


¡Qué palabras: como pronunciadas para nosotros!


Incluso los nobles prestan reverencia a Rienzi. Su victoria es total. Roma se encuentra en sus manos. Proyectos trascendentales ocupan su mente. Las masas liberales le expresan su júbilo. Uno de entre ellos anuncia al pueblo, y anuncia también a los conmovidos espectadores:


«El nos ha convertido en un pueblo

por ello, escuchadme, asentid conmigo.

¡Sea éste su pueblo y él su Rey!»


Rienzi rechaza la designación “Rey”. Cuando los hombres del pueblo le preguntan cómo deben nombrarle en su cargo, alude él a los grandes modelos del pasado. También sus palabras parecían apelar directamente a nuestro corazón: 


“… pero si me elegís a mí, para vuestra protector

el justo, que comprende al pueblo, volved la mirada a vuestros antepasados:


¡Y llamadme vuestro tribuno popular!”


Las masas contestan entusiasmadas:


“¡Rienzi, Salve! ¡Salve tu, tribuno popular!”


“¡Tribuno popular!” (Volkstribun) Esta palabra se grabó en nosotros de manera inolvidable. Una conjuración está en ciernes. Stefano Colonna, el padre de Adriano, va a la cabeza de los que quieren eliminar al tribuno. Colonna no se deja influir por el júbilo de las masas. Temblando de indignación escuchamos sus acusaciones:


“¡Es el ídolo de este pueblo,

al que ha hechizado con sus engaños!”


Adriano, situado entre su padre y Rienzi, a cuya hermana Irene ama ardientemente, descubre la conjetura. Los nobles son arrestados. Sin embargo, Rienzi hace prevalecer la misericordia antes que la justicia. Abusando de su bondad, tratan los nobles de incitar a las masas contra Rienzi. Los mismos hombres que otrora aclamaron al tribuno, no tardan en gritar:


“Ahí está el traidor, a quien servimos,

que ofrendó a su su soberbia nuestra sangre,

y nos precipita a la perdición

¡Ay venguémonos en él!”


Con un escalofrío vemos cómo los fieles abandonan a Rienzi. La Iglesia promulga la excomunión contra su persona. 


“… me abandona también el pueblo, a quien yo hice digno de este nombre, me abandonan todos los amigos, que la suerte me hizo conocer…”


En medio de una conjura, instigada por los nobles debe ser asesinado Rienzi. Una vez caído, las masas se hundirán de nuevo en la servidumbre:



“¿El populacho? ¡Bah!

Rienzi es quien hizo de ellos caballeros,

¡quitarle a Rienzi, y será lo mismo que era antes!”


Pero la caída del tribuno debe venir de las mismas filas de sus partidarios. Rienzi se siente perdido cuando ve que sus fieles le abandonan. El Capitolio y la casa de Rienzi son incendiados por sus mismos leales. Oímos el grito:


“¡Venid! ¡Venid! ¡Venid a nosotros!

¡Traed piedras y antorchas!

¡Está maldito, está excomulgado!”


Desde el balcón de su casa pretende Rienzi hablar una vez más a las masas excitadas, que intentan lapidarle. ¡Cómo nos conmueven sus palabras!


“- ¡Pensad! ¿Quién os hizo grandes y libres?

¿No os acordáis ya del júbilo con el que entonces me acogisteis, cuando os di la paz y la libertad?”


¿Y la respuesta? Nadie le escucha ya. Adriano, que a pesar de su amor por Irene se ha convertido en el jefe del indignado populacho, se lanza contra la casa en llamas. Aterrado, ve Rienzi cómo la traición de entre sus mismas filas sella su caída, y antes de que las llamas hagan presa en él maldice al pueblo por el que vivió y combatió. 


“¿Cómo? ¿Es ésta Roma?

¡Miserables! ¡Indignos de este hombre,

el último romano os maldice!

¡Maldita, destruida sea esta ciudad! ¡Cae y piérdete, Roma!

¡Así lo quiere tu pueblo degenerado!”


Conmovidos presenciamos la caída de Rienzi. En silencio abandonamos los dos el teatro. Era ya medianoche pero mi amigo caminaba por las calles, serio y encerrado en sí mismo, las manos profundamente hundidas en los bolsillos del abrigo, hacia las afueras de la ciudad. 

Aun cuando, por lo general, después de una emoción artística como la que acababa de agitarle, solía empezar a hablar inmediatamente y juzgar agudamente la representación para liberarse a sí mismo de las opresoras impresiones, después de ésta de Rienzi guardó silencio  durante largo tiempo. Esto me asombró. Le pregunté su parecer sobre obra. Adolf me miró extrañado, casi con hostilidad.


  • ¡Calla! — me gritó hoscamente.


Era una sombría y desapacible noche de noviembre. La húmeda y helada niebla se extendía densa sobre las estrechas y desiertas callejuelas. Nuestros pasos resonaban extrañamente sobre el adoquinado. Adolf tomo un camino que pasaba por delante de las pequeñas casitas de los arrabales de la ciudad, aplastadas casi sobre el terreno, y que lleva hasta las alturas del Freinberg. Ensimismado, mi amigo caminaba delante mí. Todo esto me parecía casi inquietante. Adolf estaba más pálido que de costumbre. El cuello del abrigo levantado reforzaba aún más esta impresión.


El camino en la actualidad


El camino seguía por entre diminutos y míseros jardines y pequeños prados. La niebla quedaba atrás. Como una masa pesada y hosca gravitaba sobre la ciudad y substraía las casas de los hombres a nuestras miradas. 


-¿Adónde quieres ir?— quise preguntar a mi amigo. Pero su delgado y pálido rostro parecía tan distante, que contuve la pregunta.


No había ya nadie a nuestro alrededor. La ciudad estaba sumida la niebla.


Como impulsado por un poder invisible, Adolf ascendió hasta la  cumbre del Freinberg. Y ahora pude ver que no estábamos en un y la ciudad y la obscuridad, pues sobre nuestras cabezas brillaban las estrellas.


Adolf estaba frente a mí. Tomó mis dos manos y las sostuvo  firmente. Era éste un gesto que no había conocido hasta entonces en él. En la presión de sus manos pude darme cuenta de lo profundo de su emoción. Sus ojos resplandecían de excitación. Las palabras no salían con la fluidez acostumbrada de su boca, sino que sonaban rudas y roncas. En su voz pude percibir cuán profundamente le había afectado esta vivencia. 


Lentamente fue expresando lo que le oprimía. Las palabras fluyen más fácilmente. Nunca hasta entonces, ni tampoco después, oí hablar a Adolf Hitler como en esta hora, en la estábamos tan solos bajo las estrellas, como si fuéramos las únicas criaturas de este mundo. Me es imposible reproducir exactamente las palabras que me dijo mi amigo en esta hora. 


En estos momentos me llamó la atención algo extraordinario que no había observado jamás en él, cuando me hablaba lleno de excitación: parecía como si fuera otro Yo el que hablara por su boca, que le conmoviera a él mismo tanto como a mí. Pero no era, como suele decirse, que un orador es arrastrado por sus propias palabras. ¡Por el contrario! Y tenía más bien la sensación como si él mismo viviera con asombro con emoción incluso, lo que con fuerza elemental surgía en su interior. No me atrevo a ofrecer ningún juicio sobre esta obsesión pero era como un estado de éxtasis, un estado de total arrobamiento en el que lo que había vivido en “Rienzi”, sin citar directamente este ejemplo y modelo, lo situaba en una genial escena, más adecuada a él, aun cuando en modo alguno como una simple copia del “Rienzi”. Lo más probable es que la impresión recibida de esta obra no fuera más que el impulso externo que le hubiera obligado a hablar. Como el agua embalsada que rompe los diques que la contienen salían ahora las palabras de su interior. En imágenes geniales, arrebatadoras, desarrolló ante mí su futuro y el de su pueblo. 


Hasta entonces había estado yo convencido de que mi amigo quería llegar a ser artista, pintor, para más exactitud, total vez también maestro de obras o arquitecto. Pero en esta hora no se habló ya más de ello. Se trataba de algo mucho más elevado para él, pero que yo no podía acabar de comprender. Por ello fue mucho mayor mi asombro, porque pensaba que la carrera del artista era para él la meta más alta y anhelada. Ahora, sin embargo, hablaba de una misión, que recibiría un día del pueblo, para liberarlo de su servidumbre y llevarlo hasta las alturas de la libertad. 


Un joven completamente desconocido todavía para los hombres habló para mí en aquella hora extraordinaria. Habló de una especial misión que algún día le sería confiada. Yo, el único que le escuchaba en esta hora, no entendía apenas lo que quería decir con todo ello. Habrían de pasar muchos años antes de comprender lo que esta hora vivida bajo las estrellas y alejado de todo lo terreno había significado para mi amigo.


El silencio siguió a sus palabras.


Vistas de Freinberg en la actualidad


Descendimos de nuevo hacia la ciudad. De las torres llegó hasta nosotros la hora tercera de la mañana. 


Nos separamos delante de nuestra casa. Adolf me estrechó la mano en señal de despedida. Vi, asombrado, que no se dirigía en dirección a la ciudad, camino de su casa, sino de nuevo hacia la montaña. 


- ¿Adónde quieres ir?- le pregunté, asombrado.


- ¡Quiero estar solo!


Le seguí aun largo tiempo con la mirada, mientras él, envuelto en su obscuro abrigo, descendía solo las calles nocturnas y desiertas. 


Durante los días que siguieron y también en las próximas semanas Adolf no volvió jamás a hablarme de esta hora vivida en el Freinberg. En un principio me sentí asombrado por ello y no podía realmente explicarme esta extraña conducta; me era imposible creer que hubiera podido olvidar esta extraordinaria visión. Como pude comprobar treinta y tres años más tarde, no la olvidó jamás en su vida. Pero guardó silencio, pues quería conservar esta hora para sí solo. Comprendí y respeté su pensamiento. Después de todo, ésta había sido su hora, no la mía. Yo no había jugado en ella más que el modesto papel de un amigo adicto y fiel. 


Cuando en el año 1939, poco antes de que estallara la guerra, visité por vez primera Bayreuth como invitado del canciller del Reich, creí dar una alegría a mi amigo, si le recordaba lo sucedido en aquella hora en el silencio de la noche en lo alto de Freinberg. Así, pues, referí a Adolf Hitler lo que de ello había quedado grabado en mi recuerdo, porque suponía que la ingente plenitud de impresiones y recuerdos que en el curso de estos decenios se habrían concentrado sobre él habrían desplazado por entero aquella del muchacho de diecisiete años. Pero ya a las primeras palabras pude comprender que se acordaba todavía exactamente de aquella hora, y que sus detalles se habían conservado fielmente en su recuerdo. No cabía la menor duda de que le causó una especial alegría ver confirmados sus propios recuerdos por mi relato. Yo estaba también presente, cuando Adolf Hitler refirió a la señora Wagner, en cuya casa habíamos sido invitados, la escena que había tenido lugar después de la representación del “Rienzi” en Linz. Así, pues, yo vi confirmados mis propios recuerdos de manera inequívoca. De manera inolvidable han quedado también grabadas en mí las palabras con que Hitler concluyó su relato a la señora Wagner. Dijo, gravemente:


- En aquella hora empezó