La oratoria de Hitler

   Las memorias de Ernst Hanfstaengl, como se sabe, están repletas de dardos envenenados, mentiras y fantasías motivadas por una eterna frustración. Se deben leer con cautela, a sabiendas de que Hanfstaengl terminó colaborando con el gobierno de Estados Unidos. Sin embargo, hay que admitir que Hanfstaengl formó parte del círculo privado de Hitler durante casi todo el inicio de su carrera política hasta mediados de los años treinta, cuando huyó despavorido después de un ardid del que el Führer disfrutaba recordar.

   La descripción que "Putzi" hace sobre la oratoria de Hitler me parece bastante correcta.




En tanto que otros oradores nacionales daban la triste impresión de estar hablando a sus oyentes desde un plano superior. Hitler poseía el inestimable talento de expresar con toda fidelidad los pensamientos de quienes le oían. Tenía también el buen sentido, o acaso el instinto, de apelar a las mujeres que iban a escucharle y que, a fin de cuentas, constituían un nuevo factor político en la Alemania después de la guerra. Más de una vez enfrentado a un auditorio en el que abundaban los adversarios dispuestos a poner obstáculos y en su afán por crearse un primer grupo de apoyo, le vi hacer algunas observaciones acerca de la escasez de alimentos, de las dificultades domésticas o del fino instinto de sus oyentes femeninos, con lo que levantaba las primeras salvas de aplausos. Tales muestras de aprobación procedían siempre de las mujeres y representaban el primer paso para romper el hielo.



Yo figuraba ya entonces entre sus más inmediatos colaboradores y me sentaba detrás de él en el estrado Observé reiteradas veces que mientras duraba la primera parte de su discurso se mantenía clavado en su sitio, rígido e inmóvil, hasta que soltaba la primera andanada que sacudía al público. Cada discurso incluía un pasado, un presente y un futuro, y todos parecían constituir una completa revisión histórica de la situación, y si bien su repertorio de imágenes y argumentaciones era infinito en su variedad, una frase aparecía invariablemente en la primera fase del discurso:

- Cuando nos preguntamos hoy día qué es lo que ocurre en el mundo, nos vemos obligados a proyectar nuestras mentes hacia el pasado…

Esto era la señal de que tenía ya al auditorio bajo su dominio, y tomando por base los acontecimientos que determinan el colapso de la Alemania del káiser, levantaba la pirámide entera del presente adatándola a sus propias convicciones. 


Los gestos que tanta impresión me causaran la primera vez que le oí, tenían tanta variedad y flexibilidad como sus argumentos. A diferencia de lo que ocurre con otros oradores, no eran movimientos estereotipados con los que se trata de hallarles ocupación a las manos, sino parte integral de su método de exposición. Lo más sorprendente, en contraste con el socorrido puñetazo en la palma de la mano a que recurren tantísimos oradores, era que Hitler emplease un movimiento ascendente del brazo con el que parecía dejar en el aire infinitas posibilidades. Algo había en ese movimiento que recordaba los de un director de orquesta realmente grande, cuando sugiere la existencia de ocultos ritmos y significados con el movimiento ascendente de su batuta. 

Para continuar con la metáfora musical, conviene señalar que dos tercios de un discurso de Hitler seguían el compás de marcha, haciéndose cada vez más rápido, y finalizaba con un último tercio esencialmente rapsódico. A sabiendas de que una exposición continua por un mismo orador acabaría cansando a sus oyentes, recurría a encarnar en forma maestra un imaginario oponente, para luego volver a la línea original de pensamientos, tras haber aniquilado por completo a su supuesto antagonista. El final ofrecía siempre un curioso aspecto. Poco a poco fui convenciéndome de que Hitler era una especie de narciso para el que la multitud venía a ser algo así como un sustituto de la mujer que nunca pareció capaz de hallar. El hablar venía a ser para él algo así como la satisfacción de cierta necesidad de desahogo y juzgándolo de esta manera, a mí se me hacía más comprensible el fenómeno de su fuerza oratoria. Los últimos diez minutos de un discurso suyo semejaban un orgasmo de palabras.


Espero no parecía una blasfemia si digo que la Biblia le enseñó muchas cosas. Cuando le conocí Hitler era un ateo convencido, si bien todavía se mostraba tolerante con las creencias religiosas y las aceptaba como base de los pensamientos de los demás. Su sistema de pasar revista al pasado y repetir luego por cuatro veces sus ideas básicas derivada directamente del Nuevo Testamento, y nadie podrá decir que no fuese un método sobradamente probado. Sus argumentaciones políticas se desarrollaban siguiendo un sistema que yo denominé de la figura horizontal del ocho. Solía moverse primero hacia la derecha, hacia entonces su exposición crítica, y acto seguido daba vuelta hacia la izquierda, en espera de las muestras de aprobación. Continuaba luego, invirtiendo el proceso, para acabar justamente en el centro y entonar  el Deustchland über alles entre una tempestad de aplausos. Atacaba a los antiguos gobernantes culpándoles de haber admitido la derrota de la nación; les reprochaba sus prejuicios de clase y de mantener un sistema económico feudal. Con ello se aseguraba el aplauso de los elementos izquierdistas. A continuación fustigaba a los que estaban dispuestos a renegar de las verdaderas tradiciones de la grandeza alemana y provocaba el entusiasmo de sus oyentes derechistas. Cuando al fin llegaba al término de su peroración no había nadie que no estuviese conforme con cuanto había dicho. Era el suyo un arte que nadie más igualaba en Alemania y mi convencimiento de que tarde o temprano tenía que llevarle a la cima del palenque político, me confirmó en mi propósito de mantenerme a su vera tanto como me fuese posible. 


Hitler no soportaba que nadie estuviese en su habitación cuando preparaba alguno de sus discursos. En los primeros tiempos no recurrió a dictarlos como posteriormente hizo. Tardaba de cuatro a seis horas en pergeñar uno y lo hacía anotando solamente unas quince o veinte palabras clave en diez o doce grandes hojas de papel. Cuando se acercaba la hora del mitin solía pasearse de un lado para otro de su habitación, como si repasase mentalmente los diferentes pasajes de su argumentación. Mientras tanto, el teléfono no cesaba de sonar, a fin de que Weber, Amann o Hermann Esser fuesen informándole de cómo iban las cosas en la sala. Él les preguntaba si había mucha gente, cuál era su estado de ánimo o si se esperaba que hubiese mucha oposición. Continuamente daba instrucciones en cuanto a la manera de entretener a la concurrencia mientras le esperaban y media hora más tarde de que el mitin comenzase, pedía su abrigo, su látigo y el sombrero y precedido de su guardaespaldas y el chófer, se dirigía al automóvil. Una vez en la sala, acostumbraba a colocar sus notas sobre una mesa, a su derecha. Cada página le bastaba para hablar por espacio de diez minutos o un cuarto de hora.

Al finalizar, la banda interpretaba el himno nacional. Hitler saludaba entonces con la mano derecha y abandonaba la sala antes de que la música cesase. De ordinario se hallaba ya en su automóvil cuando aún se oían las últimas notas. Esa súbita retirada no dejaba de reunir cierto número de ventajas. Además de permitirle llegar al vehículo sin ser molestado, evitaba que menguase el entusiasmo de la multitud, le ponía a salvo de inoportunas entrevistas y dejaba intacto el espectáculo de apoteosis que, cara al público, formaba al final de su discurso. En cierta ocasión me confesó:

Muchos oradores cometen el gran error de permanecer en la sala conversando una vez que su discurso ha terminado. Esto solo lleva a una disminución del entusiasmo, ya que la controversia y la discusión pueden anular por completo unas horas de labor oratoria. 

Lo que a mí me tenía totalmente perplejo -y con el tiempo le pasó lo mismo a millones de personas- era que no concedía a las palabras vitales igual significado que tenían para los demás. Siempre que yo hablaba de nacionalsocialismo, lo hacia pensando en los antiguos términos de Friedrich Naumann, en los que se fundía toda la esencia de los elementos tradicionales y sociales de la comunidad. Los pensamientos de Hitler nos se avenían en absoluto con la idea de una confederación patriótica de tal especie. Todos sabíamos, aunque pasásemos por alto las profundas implicaciones del hecho, que la primera manifestación de su personalidad había sido como soldado. El hombre que declamaba desde la tribuna no sólo era un soberbio orador, sino también un experto instructor militar que había sabido ganarse la voluntad de aquellos de sus camaradas del ejército que se dejaran influir por la revolución de noviembre. Cuando hablaba de nacionalsocialismo lo hacía pensando en un socialismo militar, sujeto a una disciplina militar o, para decirlo en términos civiles, en un socialismo de estado. Ignoro ciertamente cuál sería el momento en que sus procesos mentales le llevarían a dar forma definitiva a esa clase de socialismo, pero lo que sí es indudable es que el germen estuvo siempre en él. Además de ser un gran orador, era también taciturno e introvertido en grado extremo y parecía tener un sentido instintivo respecto all que no debía decir, a fin de mantener la confusión en la gente en cuanto a sus verdaderas intenciones. He de confesar, de todas formas, que nuevamente me refiero a unas impresiones obtenidas con el discernimiento que se posee a los treinta años. 

Medallas y Condecoraciones de Hitler


Medallas conseguidas durante la Primera Guerra Mundial:

- Cruz de Hierro de 2ª Clase: 12 de febrero de 1915

- Medalla de Herido en negro: 18 de mayo de 1918

- Cruz de Hierro de 1ª Clase: 4 de agosto de 1918

- Cruz de Honor 1914-1918: 13 de julio de 1934

En la imagen superior: pasador de gala con la Cruz de 2ª Clase y Cruz de Honor. Cruz de Honor, Cruz de Hierro de 1ª Clase y Distintivo de Herido. Todas ellas de la Primera Guerra Mundial. A la derecha, el Führer posa con la Cruz de Hierro y el Distintivo de Herido. En la imagen posterior con las correspondientes cruces de hierro y distintivo de herido de la Segunda Guerra Mundial:

















En 1945, Hitler llevaba puesta la Cruz de Hierro cuando cometió suicidio.

Moneda de plata con motivo del Anschluss


Moneda conmemorativa con motivo del Anschluss de 1938. 

De Adolf a Hitler, La construcción de un nazi - Thomas Weber -1ª Parte-





Thomas Weber ya aparece en los agradecimientos de la primera parte de la biografía de Hitler que hizo Kershaw a finales del pasado siglo. En aquella época Weber era un aplicado estudiante que ayudó a Kershaw en la elaboración de la bibliografía. Nunca me gustó el estilo de Kershaw. Su biografía, presentada en su momento como “definitiva” no era más que un refrito de otras tantas, aderezada con un lenguaje grosero. Weber ya nos advierte en “De Adolf a Hitler” (así se ha traducido para el público español “Becoming Hitler”), con peor subtítulo aún “La construcción de un nazi”, que “dudaba que pudiera decirse algo nuevo y relevante sobre el líder del Tercer Reich”. Weber debería haber añadido que “dudaba de que se pudiera difamar más aun a Hitler”. Pero el alumno aventajado que es Weber encontró la enésima fórmula para imprimir libros sobre Hitler como churros. “Empecé a ser consciente de las taras que había en nuestra comprensión de Hitler”, asegura. Por si no valieran los millones de artículos, miles y miles de libros… ahí está Weber para salvar a la humanidad con sus “descubrimientos”. Weber se ha centrado en los años de Hitler en la Gran Guerra y, en este caso, sus primeros pasos en el mundo de la política. Dice que “me abría camino entre archivos y colecciones privadas en desvanes y sótanos de tres continentes”, pero cuando se lee el libro, no se ve a Weber en ningún desván ni sótano. Básicamente, la tesis es que Hitler se inventó su biografía y que nos la hemos creído todos hasta que ha llegado él:

Hitler inventó en los años veinte una versión de sus experiencias durante la Primera Guerra Mundial que no tenía ninguna base real, pero que le permitió asentar un mito fundacional de sí mismo, del partido nazi y del Tercer Reich muy útil políticamente. En los años siguientes reescribiría el relato cada vez que fuera necesario para obtener ventajas políticas. Y asentó esta historia sobre esas supuestas experiencias de guerra tan implacablemente y con tanta eficacia que, durante décadas después de su muerte, se creyó que, en esencia, era verdad”. 

No conozco un solo historiador, digamos oficial de Hitler, que se haya creído los episodios biográficos de Mi Lucha. Weber quiere presentarse como descubridor de algo genial. Asegura que es llamativo que en cinco años Hitler “escribiese un libro con la pretensión de resolver todos los problemas políticos y sociales del mundo”. Nunca he leído nada parecido. Hitler, que se sepa, no pretendió resolver los problemas del mundo, sino de Alemania. Claro que no se puede esperar mucho de un autor que se presenta a sí mismo como el descubridor de algo sobre lo que se ha escrito en infinidad de veces. “Solo mientras escribía este libro me di cuenta de lo desencaminados que andaban esos autores”, asegura. “Vi claro que las explicaciones anteriores acerca de cómo Hitler llegó a convertirse en nazi ya no se sostenían”. “Aun respetando al máximo a los historiadores que promueven esa versión de los hechos, las pruebas de que disponemos acerca de cómo Hitler se convirtió en un nazi apuntan, tal como sostengo en este libro, en otra dirección muy diferente”. Sin embargo, Weber utiliza en su ensayo las mismas fuentes que han utilizado los anteriores biógrafos. En la bibliografía aparecen Bullock, Fest, Hanfstaengl,  Heiden,  Kershaw, Maser, Rauschning… Como curiosidad, en la misma bibliografía se menciona la traducción al español de Mi Lucha que hizo la “Asociación Cultural Editorial Ojeda”. Curiosidad, por no decir cinismo, ya que esa asociación fue perseguida con saña por la justicia y su editor acabó en la cárcel. 

Weber asegura que Hitler regresó a Munich después de la guerra “no porque profesara un afecto especial a esa ciudad y a sus habitantes, sino por dos razones bien distintas. La primera era que no tenía elección. La unidad de desmovilización del Regimiento List se encontraba en esa ciudad y le habían ordenado que regresara a la capital bávara. La segunda era que la mejor manera de retomar el anhelado contacto con sus compañeros de batalla, con los que había servido en el cuartel general del regimiento, consistía en dirigirse a Múnich”.

Hitler sí profesaba un afecto especial por Múnich. Sabemos que a Traudl Junge le bastó decir que era de Múnich para que la contratara como secretaria al momento. Así que, además de sus obligaciones con el ejército, es de suponer que Hitler prefiriera regresar a Múnich. 

Esto es lo que dice John Toland en su biografía:

Le ordenaron que se incorporase al batallón de reserva de su regimiento. Éste se hallaba acantonado en Múnich, y de camino Hitler tuvo que cruzar Berlín, que estaba en poder del Consejo Ejecutivo de los Consejos de Obreros y Soldados, una coalición no sólo de soldados y trabajadores sino de los Socialistas Mayoritarios y los Socialistas Independientes… Aunque Hitler estaba de acuerdo con las reformas sociales, desconfiaba de los revolucionarios que las habían implantado: el Consejo Ejecutivo era un instrumento de los bolcheviques y traicionaba a los soldados del frente; y su objetivo a largo plazo era otra revolución roja. Cuando Hitler se presentó en el cuartel de la Türkenstrasse, del barrio de Schwabing, en Múnich, encontró allí el mismo clima de rebelión… Cuando se pidieron centinelas para un campo de prisioneros de guerra cercano a Traunstein, noventa kilómetros al este de Salzburgo, Hitler sugirió a Schmidt que se ofrecieran voluntarios. El grupo, integrado en su mayoría por los llamados “hombres de la revolución”, fue recibido en la estación ferroviaria por un oficial. Los hombres se tomaron a broma su orden de formar filas: ¿acaso no sabía que esas prácticas se habían suprimido? Al día siguiente enviaron el contingente de regreso a Múnich, salvo por unos pocos que habían servido en las trincheras. Hitler y Schmidt se quedaron…

El final llegó bruscamente el 13 de abril, domingo de Ramos, cuando el anterior ministro presidente, el maestro de escuela socialista Hoffmann, intentó tomar Múnich por la fuerza. Su Putsch no tenía posibilidades de triunfar, pese a los esfuerzos de soldados como Adolf Hitler. Éste, de entrada, evitó que sus compañeros de cuartel del Segundo Regimiento de Infantería se pasaran al bando de los comunistas, encaramándose a una silla y gritando: ‘¡Aquellos que dicen que debemos permanecer neutrales tienen razón! ¡Después de todo, no somos Guardias Revolucionarios para proteger a una pandilla de judíos holgazanes!’

Toland toma la cita de Werner Maser:

Mientras los soldados reflexionan, Hitler se sube a una silla y dice: ‘Camaradas, nosotros no somos en modo alguno una guardia revolucionaria al servicio de los judíos. El sargento mayor Schlüssler está plenamente en lo cierto al recomendarnos permanecer neutrales”. 

A su vez, Weber usa las fuentes de Maser y Toland. Por tanto, Weber da rienda suelta a su imaginación pretendiendo aportar a los estudios sobre Hitler “algo” nuevo, como es que Hitler estuvo al servicio de la revolución, pero sus fuentes lo niegan rotundamente. Una de las bazas de Weber es la cronografía y pretende basarse en las incorrecciones de Mi Lucha. Es evidente que Hitler en Mi Lucha ocultó acontecimientos, intencionadamente o por descuido. Como es sabido, la primera parte de su libro la escribió en la cárcel. Por otra parte, en toda autobiografía brillan más las omisiones que los detalles exhaustivos . Esto le ocurre a Hitler y a Churchill, por poner un ejemplo contemporáneo. Y, por mucho que Weber diga que ha recorrido “archivos y colecciones privadas en desvanes y sótanos de tres continentes”, el resultado es un nuevo ensayo que deja más interrogantes. 

Joachim Fest sí que apunta en su biografía el interrogante de Otto Strasser, enemigo político de Hitler, no lo olvidemos: “¿Dónde estaba Hitler aquel día? ¿En qué rincón de Munich se escondía el soldado que hubiese debido luchar en nuestras filas? La verdad es que Adolf Hitler fue arrestado por las tropas que habían liberado Munich, y que fue puesto en libertad gracias a la intervención de varios oficiales”. Y sentencia: “No existe documento alguno que sugiera la menor intención de actuar en política y que, por lo tanto, demuestra una incipiente participación en los sucesos de la época”. 

Kershaw, el maestro de Weber, tiene bastantes dudas al respecto y en su biografía de Hitler afirma: “Así pues, no solo no hizo nada por ayudar a acabar con la ‘república roja’ de Munich, sino que fue elegido como uno de los representantes de su batallón y ocupó ese cargo durante todo el período en que la ‘república roja’ se mantuvo en pie. Pero no está claro del todo cómo se puede interpretar este hecho. Dado que la guarnición de Munich había respaldado firmemente la revolución desde noviembre, y que en abril apoyó de nuevo el movimiento radical en favor de la Räterepublik, es lógico pensar que Hitler, si fue elegido como representante de los soldados, tuvo que respaldar durante esos meses las ideas de los gobernantes socialistas a los que más tarde atacó con todas sus fuerzas considerándolos ‘criminales’. Parece, como mínimo que podría no haber expuesto ideas radicalmente opuestas. Ya en a década de 1920 y luego en la de 1930, hubo rumores, nunca del todo refutados, de que Hitler había simpatizado inicialmente con el SPD de la mayoría a raíz de la revolución. Como los rumores procedían en general de periodistas de izquierdas, que querían desacreditar a Hitler, no se tomaron posiblemente demasiado en serio”. 

Robert Payne dice en su biografía de Hitler: “Al parecer, Hitler era uno más de los anónimos soldados del cuartel, que no tomaron parte alguna en la revolución y se limitaron a esperar el desarrollo de los acontecimientos”. 

Weber insiste en su ensayo que la historia oficial del III Reich sobre Hitler es la que se ha seguido creyendo hasta que ha aparecido él: “Hitler se comportó de una forma muy diferente a la del relato que la propaganda nacionalsocialista difundió sobre cómo había llegado a convertirse en el líder del nacionalsocialismo. No era más que un vagabundo y un oportunista que muy pronto se acomodó a la nueva realidad política. No había nada de antirrevolucionario en su comportamiento”. 

Lo de que Hitler fue un “oportunista” lo toma prestado Weber de su maestro Kershaw, que lo repite en su biografía abundantemente. El problema de Weber es que, cuando no encuentra datos fiables, o bien se deja llevar por la imaginación o escribe obviedades del tipo “ puesto que la propia transformación política de Hitler dependió de las condiciones políticas de su entorno, su futuro también estaba todavía por determinar”, afirmación que lo mismo vale para un Hitler que para cualquier político. Peor aun es que Weber incluya en su ensayo conclusiones tramposas, como cuando sitúa a von Stauffenberg a sus 12 años y el autor recuerda que sería ejecutado el 20 de julio de 1944. Rellenos absurdos como este abundan en toda su obra. No interesan en el relato de los acontecimientos, pero Weber los incluye como relleno moralista, típico de los ensayos sobre Hitler. 

Weber llega a la tontería absoluta con afirmaciones como estas:

“Cumpliendo con su deber, Hitler ayudó a impedir que otros destituyeran al líder judío y socialista de Baviera y defendió al régimen contra el que aseguraría -una vez convertido en nacionalsocialista- que siempre había luchado”. 

“Si Hitler, tal como aseguraría después en Mi Lucha, estaba tan desconectado de los soldados izquierdistas que servían en Munich, ¿por qué no intentó desmovilizarse, vista la situación? ¿Por qué nunca mencionó el intento de golpe de Lotter? En los años venideros habría ad nauseam de sus propias experiencias en la guerra, pero solo vagamente sobre la revolución”. 

“Pero, en Mi Lucha, Hitler prefirió guardar silencio sobre su servicio en Munich en la época del asesinato de Eisner y fingir que estaba todavía en Traunstein por aquel entonces”. 

Weber no tiene ningún rigor cuando divaga de esta forma:

Con toda probabilidad, el acto, en el que ondeaban banderas rojas junto a pancartas que reclamaban la dictadura del proletariado, también contó con la presencia nada menos que de Adolf Hitler, dado que su unidad vigilaba el evento”. 

La fotografía



La fotografía pertenece al cortejo fúnebre de Kurt Eisner. El supuesto Hitler está marcado con una flecha. Dice Weber: “Una foto de Heinrich Hoffmann, que posteriormente se convertiría en el fotógrafo oficial de Hitler, muestra la llegada de la marcha fúnebre a la Ostbahnhof. En ella se ve a un grupo de prisioneros de guerra rusos uniformados; uno de ellos sostiene un gran cuadro o una fotografía de Eisner. Un numeroso contingente de soldados de uniforme está de pie justo detrás de él. Se cree que uno de ellos puede ser Adolf Hitler. Su presencia en la marcha fúnebre revelaría que Hitler deseaba rendir tributo al líder caído, judío y socialista, puesto que la asistencia no era obligatoria para los soldados…. Con todo, hay una alta probabilidad de que el individuo de la foto sea, en efecto, Adolf Hitler”. 

El texto de Weber es para echarse a reír. Ni él mismo es capaz de asegurar que realmente se trata de Hitler, pero escribe como si lo fuera, a pesar de la cantidad de interrogantes. Weber dice que la flecha que sitúa a Hitler ya aparecía en la foto que el hijo de Hoffmann vendió a la  Biblioteca Estatal de Babiera en 1933: “La flecha no fue dibujada sobre la copia que hoy se guarda en la Biblioteca Estatal, así que probablemente Hoffmann o su hijo la dibujaron sobre el negativo. Además, el hijo de Hoffmann confirmó a principios de los años ochenta que el de la foto era Adolf Hitler”. 

La misma fotografía sin la flecha (¿no fue dibujada sobre el negativo?):

La cuestión fundamental es que, de ser Hitler, ¿demuestra que estuvo implicado en la revuelta de Múnich? De hecho, el supuesto Hitler no está en la marcha fúnebre, sino que la contempla, que es bien distinto. Otra cuestión fundamental es que Heinrich Hoffmann en su libro de memorias “Yo fui amigo de Hitler”, que publicó después de la guerra, no hace mención de la fotografía. Y bien pudo hacerlo ya que Hoffmann sí menciona la famosa fotografía de la manifestación patriótica al comenzar la guerra en 1914. Es comprensible que Hoffmann no mencionara la existencia de esta fotografía durante el tiempo que tuvo amistad con Hitler, prácticamente durante 25 años. Pero después de 1945, cuando millones de alemanes lo único que pretendían era salvar el pellejo en los tribunales aliados, lo lógico es que Hoffmann hubiera presentado el hallazgo. Pero no lo hizo. 

Weber defiende una teoría un tanto absurda. La palabra “oportunismo”, refiriéndose a Hitler, aparece en innumerables ocasiones a lo largo del libro. Lo ha copiado de su mentor Kershaw, que también lo dice en numerosas ocasiones en su biografía sobre el Führer. Solo que el alumno Weber lo repite cada vez que tiene ocasión. Por ejemplo:

“La importancia real del invierno y la primavera de 1919, el periodo durante el cual Hitler fue un engranaje de la maquinaria socialista, no radica en la esfera política, sino en la decisiva transformación de la personalidad que experimentó gracias a su oportunismo y a su arribismo. Casi de la noche a la mañana, pasó de ser un tipo extraño y solitario, un tipo al que se apreciaba, pero en quien nadie vio nunca ningún talento para el mando, a ser un líder en ciernes”. 

Como vemos, las teorías de Weber son absurdas. Podemos hacer una crítica hacia Hitler, esto es perfectamente lícito, pero afirmar que nadie vio nunca ningún talento a Hitler y que pasó a ser “un líder en ciernes”, es un tanto absurdo, ya que, por mucho que se odie a Hitler, hay que admitirle un gran talento. El “talento” de Hitler no pudo surgir en unos meses. Eso es imposible. En todo caso, si Hitler hubiera sido un oportunista y un arribista durante los tiempos de la Revolución de Múnich y hubiera participado en ella, es de suponer que algún documento quedara, sobre todo tratándose de un país como Alemania, donde todo se registra. 

Weber toma por tontos a sus lectores cuando afirma que Hitler llevaba el brazalete rojo comunista: “Sabemos, eso sí, que Hitler pasó su cumpleaños luciendo un brazalete rojo, puesto que a todos los soldados de la ciudad se los obligó a hacerlo”. Sin embargo, por mucho que se afirme que era obligatorio, no aporta ninguna prueba al respecto.

Weber llega a contradecirse en más de una ocasión. Por ejemplo, dice que todas las unidades militares de Múnich formaban parte del Ejército Rojo. Poco después afirma que “el futuro líder del partido nazi estuvo entre los hombres de su unidad que se mantuvieron a distancia y no se unieron al Ejército Rojo”. 

Otro error de Weber es afirmar que los Freikorps tenían “principios fascistas y un rechazo frontal a la democracia, la cultura y la civilización”.  Resulta un tanto cómico presentar como “fascistas” a los Freikorps cuando el fascismo ni siquiera existía o, por lo menos, era imposible que nadie en Alemania hubiera oído jamás el término “fascismo”. Pero el antifascismo es así de incoherente. Ocurrió exactamente igual en España. No había fascismo pero los antifascistas lo veían por todas partes. Weber incluso se pregunta “¿cómo es posible que tantos judíos sirvieran en los Freikorps?”.  Se puede ser judío y anticomunista, es así de simple. Por cierto que Hitler dijo que oyó hablar por primera vez del fascismo en 1921 y que las SA nacieron en 1920 “sin que tuviese la menor idea de lo que sucedía en Italia” (Conversaciones, 31 de enero de 1942). 

Para contrariar más al lector, Weber se vuelve a contradecir afirmando que “es posible sostener que Hitler detestó con toda su alma el espectáculo de la revolución durante su viaje a Múnich desde Pasewalk y que, en realidad, nunca tuviera inclinaciones izquierdistas”. ¿En qué quedamos, Weber?.

Weber se sirve de cotilleos de la época con muy poco valor histórico. Por ejemplo, los de un compañero de celda del dramaturgo Ernst Toller, encarcelado por participar en la revolución, que sitúa a “Adolf Hitler durante los primeros meses de la república en un barracón militar de Múnich”. El mismo prisionero le dijo además que Hitler, por aquel entonces, “se declaraba abiertamente socialdemócrata”. ¿Pero quién era ese prisionero y qué importancia tenía en la vida de Hitler?. Como digo, simples cotilleos. También se basa Weber en declaraciones de enemigos declarados de Hitler, como las de Karl Mayr. Menos mal que Weber debe de reconocer que, “por supuesto, es posible que Mayr exagerase”. Finalmente, Weber admite que “Hitler se quedó en el ejército porque no tenía ningún otro lugar adonde ir. Y de hecho, a veces se condujo como un oportunista, espoleado por la urgente necesidad de no quedarse solo, y a veces fue tan solo un hombre a la deriva. Sin embargo, sería exagerado afirmar que era un tipo apático, sin intereses políticos, guiado simplemente por el instinto de supervivencia”. Aquí Weber recurre a Fest. La acusación fundamental de Weber hacia Hitler sigue siendo la de “oportunista”.

Tras la revolución de Múnich, Weber imputa a Hitler un “cambio de chaqueta”, como titula al cuarto capítulo de su libro. “El objetivo era identificar y castigar a los soldados que con más fervor habían apoyado al régimen soviético. Eso dio a Hitler una oportunidad. Decidió aprovecharse del temor de los nuevos gobernantes de Múnich a que se repitieran los acontecimientos y se convirtió, por propia voluntad, en confidente al servicio de los nuevos amos de la ciudad. Cambiando de chaqueta logró, contra todo pronóstico, no solo librarse de la desmovilización y, por tanto, de un futuro incierto, sino salir airoso y fortalecido de una situación que podría haberle acarreado la deportación a su Austria natal, el encarcelamiento o incluso la muerte”. 

Stalin consideraba fascistas a todos sus enemigos: “En Rusia Stalin insistía en usar el término ‘fascista’  de vez en cuando para desacreditar a aquellas versiones del marxismo-leninismo que él rechazaba”. (“Fascismo”, Roger Griffin)

Webber asegura que Hitler, una vez alcanzado el poder, “destruyó completamente cualquier rastro de lo que fuera su vida durante la revolución y el periodo posterior a ella”. Sin embargo, desde 1918 hasta 1933 transcurren 15 años en los que sus, bien numerosos enemigos, pudieron libremente dar a conocer ese supuesto pasado revolucionario de Hitler. 

En todo caso, lo que sí sabemos es que, tanto el fascismo como nacionalsocialismo, se nutrieron de elementos revolucionarios y de izquierdas. En el NSDAP existía un “ala izquierdista” liderada por los hermanos Strasser y la misma SA de Röhm fue básicamente revolucionaria y anticapitalista. Es más, el mismo germen del nacionalsocialismo es anticapitalista. Webber da cuenta de ello al mencionar la importancia que tuvo en Hitler Gotgried Feder, autor del programa nacionalsocialista y al que Hitler menciona en Mi Lucha. 

Webber da cuenta de un curso impartido por Karl Mayr en el verano de 1919 al que asistió Hitler. La conclusión a la que llega es que ese curso “terminaría afectando al destino de cientos de millones de personas durante los años treinta y cuarenta”. Con esta afirmación se culpabiliza exclusivamente a Hitler del destino de la humanidad, dando una idea sesgada y simplista de la historia. 

Webber se contradice constantemente. Por ejemplo, la tesis del libro es que Hitler fue un oportunista que mintió y eliminó parte de su pasado y que no tuvo prácticamente ideas políticas hasta después de la guerra. Asegura que el mundo se creyó la versión oficial de Hitler y del Tercer Reich y que, por asombroso que pueda parecer, es la versión que ha continuado hasta hoy. Sin embargo, el propio Webber parece creer al propio Hitler cuando afirma: “ya en tiempos de la guerra, cuando estudiaba con todo detalle la propaganda alemana y la del enemigo, había comprendido la importancia de crear relatos políticamente útiles, aunque fuesen mentira”. Para Webber, Mi Lucha es un invento e Hitler con el propósito de “mantener a buen recaudo sus orígenes reales, los de un solitario a quienes muchos de sus compañeros de unidad consideraban un ‘puerco de retaguardia’, que pasó a ser un oportunista con tibias inclinaciones izquierdistas y sirvió a los sucesivos regímenes revolucionarios, antes de convertirse en un chaquetero que oficialmente se politizó y radicalizó en el verano de 1919, tras la tardía toma de conciencia de la derrota de Alemania”. 

Más adelante, Webber asegura que el Partido Obrero Alemán “era una agrupación informal compuesta por un reducido número de inadaptados y descontentos”. Webber debe de saber que la sociedad alemana de posguerra era una sociedad fuertemente politizada, muy afectada por la derrota de 1918. La militancia de los alemanes iba de la extrema derecha hasta la extrema izquierda. No es seria, por tanto, su afirmación.