La muerte de Hitler. Jean-Christophe Brisard y Lana Parshina

 



Este trabajo sobre los archivos “secretos” del KGB, del realizador francés Jean-Christophe Brisard y de la traductora y cineasta ruso-estadounidense Lana Parshina, no ha aparecido en el mercado español, por lo que adquirí esta edición mexicana. 


Los autores se hallaron ante un pedazo de cráneo:


Ese pedazo de cráneo parecía inaccesible aún esta mañana. Después de meses y meses de negociaciones interminables, de repetidas solicitudes hechas por correo electrónico, por correo convencional, por teléfono, por fax, por conversaciones personales con funcionarios obstinados, por fin nos encontramos frente a este fragmento humano. A simple vista, se trata de una buena cuarta parte de una bóveda craneal, la parte posterior izquierda (dos parietales y un trozo de occipital, para ser exactos). El objeto de tanta codicia por parte de historiadores y periodistas de todo el mundo. ¿Es de Hitler como aseguran las autoridades rusas? ¿O corresponde a una mujer de unos 40 años, como lo afirmó hace poco un científico estadounidense? Preguntar eso en el edificio del GARF sería como hablar de política, poner en duda la palabra oficial del Kremlin. Una opción impensable para la directora del archivo. Completamente impensable. 


¿Pertenece a Hitler? ¿Rusia miente?”


El estilo del ensayo deja mucho que desear. En ocasiones parece más una novela que un estudio serio. Brisard utiliza un lenguaje muy manido y generalista: “Recordar que se trata quizá del último resto humano de uno de los mayores monstruos políticos que ha conocido el planeta, le añade una sensación de repugnancia a la decepción”. Mal comienzo. Brisard echa leña al fuego al reavivar afirmaciones que ya han dejado de ser serias. Cierto que los medios de comunicación, obsesionados a diario con Hitler, son todo menos serios. Así, Brisard afirma tranquilamente algo tan absurdo como que “mientras falte esta prueba definitiva de ‘tamaño natural’, el fantasma de Hitler atormentará la mente de las personas”. Una exageración. Además nos encontramos con comentarios totalmente fuera de tono, como cuando insinúa que una funcionaria rusa lleva peluca. Tonterías como esa abundan en el libro, lo que le resta bastante credibilidad. 


El libro menciona el hecho de que para la Rusia de Putin nada ha cambiado con respecto a la victoria de la Unión Soviética y Stalin:


"El 27 de abril de 2000, un día antes del quincuagésimo quinto aniversario de la victoria sobre la Alemania nazi, Moscú inaugura una gran exposición de sus archivos secretos. El nombre no deja ninguna duda sobre las intenciones del presidente ruso: «La agonía del Tercer Reich, el castigo». Algo nunca visto. En total, se muestran al público 135 documentos inéditos. Los mismos documentos que los historiadores de la Segunda Guerra Mundial sueñan con consultar desde hace medio siglo. Informes del servicio secreto soviético clasificados como «ultrasecretos», fotografías, objetos..., todo aquello que permite descubrir cómo fueron los últimos instantes de Hitler en su búnker. También presentan el diario de Martin Bormann, el secretario y amigo íntimo del Führer. «Sábado 28 de abril. Nuestra cancillería imperial no es más que un montón de ruinas. El mundo pende de un hilo [...] Domingo 29. Tormenta de fuego en Berlín. Hitler y Eva Braun se casaron». Fotos de los hijos de Goebbels, cartas de funcionarios nazis como Albert Speer, el arquitecto del régimen y ministro de Armamento: «Hitler está visiblemente descompuesto. Se ha transformado en un manojo de nervios y ha perdido el control de sí mismo por completo». Pero la atracción especial de la exposición está en otra parte, en una sala especial. Un artículo del periódico Le Monde describe la escena: «En medio de una sala sobre un pedazo de suave tercio pelo rojo, un fragmento calcinado de cráneo, perforado por una bala, destaca en una vitrina»

Me ha sorprendido lo de los diarios de Bormann. Nunca los he visto publicados, ni siquiera algún extracto. Sorprende que el híper activo de Bormann tuviera un minuto libre al día para dedicarlo a un diario, menos aún en los últimos días del Búnker. En todo caso, David Irving sí hace mención a los diarios de Bormann y hace mención a la frase: “Sobre el filo de una daga se sostiene ahora el mundo”. 


En el año 2009 se hizo famosa la noticia de que el cráneo que se conserva en Moscú pertenecía en realidad a una mujer de entre 20 y 40 años:


El asunto causó un gran revuelo en la época. Nick Bellantoni, profesor de Arqueología en la Universidad de Connecticut de Estados Unidos, afirmó haber tomado una muestra del cráneo. Dicha muestra de hueso después se analizó en el laboratorio de genética de su universidad. Y el resulta do se difundió en un documental transmitido por la cadena estadounidense History Channel. «La estructura ósea tiene una apariencia muy fina», describió el arqueólogo estadounidense. «Los huesos masculinos son mucho más robustos, y las suturas que unen las diferentes partes del cráneo corresponden a un ser humano de menos de 40 años». Bellantoni estuvo a punto de destruir la hipótesis de las autoridades rusas. Con los estudios de ADN como prueba, afirmó además, que el cráneo conservado en Moscú pertenecería a una mujer. Nada que ver con Hitler. Renació la duda. Las teorías de conspiración y de la huida del Führer encontraron un nuevo eco con las revelaciones de los estadounidenses.”


Lo cierto es que ni los que hicieron el documental son concisos cuando se les pregunta sobre cómo consiguieron extraer un trozo del cráneo. La productora Joanna Forscher dijo al respecto:


“Me hacen esa pregunta con frecuencia y, por desgracia, no puedo revelar los detalles de la manera como obtuvimos acceso al cráneo. De cualquier forma las circunstancias de nuestro acceso ya no pueden ser reproducidas”. 


Así que la “prueba” occidental de que el cráneo de Moscú pertenece a una mujer, queda en entredicho. 


Ya con el famoso cráneo entre las manos, y aunque presenta un orificio que pudo ser causado por un arma de fuego, los rusos prefieren la teoría de que Hitler no tuvo el valor de dispararse y se envenenó: “El servicio secreto soviético destaca lo que parece la salida de un proyectil. Si este cráneo es del dictador nazi, entonces le dispararon en la cabeza. Una hipótesis sacrílega en 1975. Hasta la caída de la Unión Soviética, Moscú no daría el brazo a torcer. Hitler se suicidó con veneno, el arma de los cobardes a los ojos de los líderes soviéticos. Esta versión, validada por Josef Stalin, no se sostendría si el cráneo con el agujero de bala se hacía público”. 


Los rusos basaron sus investigaciones sobre los últimos días de Hitler en los interrogatorios a los ayudantes del Führer, Otto Günsche y Heinz Linge. Todos sus testimonios están recogidos en el libro “El Informe Hitler”, editado por Henrik Eberle y Matthias Uhl. Brisard recoge también las declaraciones de otros testigos. Como los torturadores soviéticos recibían declaraciones contradictorias, Brisard soluciona el problema asegurando que como se trataba de nazis fanáticos era natural que quisieran engañar a los rusos. No hay ser humano, por fanatizado que esté, capaz de resistir a la tortura estalinista. Esto es lo que asegura Brisard:


La imprecisión de los testimonios enloquece a los investigadores. ¿Los prisioneros lo hacen a propósito? Hay una buena probabilidad de que así sea. No olvidemos que, para los nazis, los comunistas encarnan el mal absoluto (justo después de los judíos, según la doctrina de Hitler, por supuesto). Resistir, mentir o distorsionar la realidad puede parecer natural para los hombres impulsados por un fanatismo nazi aún vivo. Como sea, sus respuestas contradictorias complican el establecimiento preciso de los hechos que precedieron a la caída del búnker de Hitler”. 


Ni en el peor de los documentales de National Geographic encontramos conclusión tan absurda. 


En la segunda parte del libro se hace un relato de los últimos días de Hitler. Parece escrito por un comisario soviético:


Los sobrevivientes del búnker en el que se refugiaron son quienes dan los detalles de los últimos momentos del Führer. Esos hombres y mujeres son sobre todo militares y civiles (principalmente sus secretarios). Sus testimonios deben tratarse con precaución. No olvidemos que todos pertenecían al nazismo y, en diferentes grados, admiraban a Hitler.


Estas declaraciones provienen de dos fuentes diferentes: los interrogatorios conducidos por los soviéticos y/o por los Aliados después de arrestar a los testigos, así como de las memorias de estos publicadas luego de su liberación y algunas entrevistas.


En el primer caso, la información se obtiene voluntariamente o por la fuerza y de ninguna manera está destinada a darse a conocer ni a revelarse al público o en general; en el otro caso, procede libremente de los propios individuos. Eso les permitió justificar sus acciones ante el mundo entero y, en la mayoría de los casos, deslindarse del régimen nazi”. 


Como vemos, el autor casi defiende la tortura a los malvados nazis antes que sus memorias. Por otra parte, no es cierto que todos los protagonistas de los últimos días de Hitler “pertenecían al nazismo”. En todo caso, y tratándose de un ensayo que pretende brindar la verdad sobre el paradero de los restos de Hitler, este relato de los últimos días de Hitler deja mucho que desear. Está lleno de errores y contradicciones perfectamente superadas a estas alturas. Así pues, nos encontramos con frases tan absurdas como que “la idea del suicidio no desagrada a Hitler; no el de él, sino el de su pueblo. El suicidio como el sacrificio máximo de su ideología mortífera”. Al respecto en la reciente biografía de Hitler escrita por Brendan Simms llega a otra conclusión: “Pese a su escalofriante retórica, el Führer no esperaba ni tampoco deseaba que la derrota del Tercer Reich desembocara en la aniquilación del pueblo alemán”. Tampoco es verdad que Hitler deseara el suicidio de sus seguidores. Simms lo vuelve a asegurar: “El Führer ordenó a Keitel, Jodl y Bormann dirigirse hacia el sur a fin de llevar a cabo las operaciones globales desde allí. Esto explica por qué Hitler se sintió personalmente decepcionado por el número de líderes del partido que se apresuraron a abandonar la ciudad a la vez que estaba conforme con dejarles marchar. Su intención no era tomar como rehenes a ninguno de ellos ni de sus otros seguidores. Por el contrario, Hitler instó a aquellos que no desempeñaban ninguna función importante -ya fueran secretarios, cocineros o ministros- a abandonar la ciudad. Le dijo a Morell que se fuera a casa, se deshiciera de su uniforme e hiciera “como si nunca me hubieras conocido”.


Después Brisard incurre en contradicciones. El 20 de abril de 1945, último cumpleaños del Führer “es una fecha sagrada en la Alemania nazi, casi el equivalente al 25 de diciembre. Entonces, ¿cómo evitar que los fanáticos más fervientes del régimen celebren a su héroe?”. Sin embargo, unas líneas más adelante afirma que “uno por uno, estos apparatchiks saludan al Führer como señores feudales a su señor, más obligación que por gusto”. Pura contradicción. 


A Brisard también le llama la atención que durante todos los cumpleaños de Hitler, los libros de visitas estuvieran llenos de firmas, pero que en su último cumpleaños apenas las había. Es una conclusión de chiste. Para rematar, Brisard deja constancia de que el “representante del Vaticano ya no se atrevió a firmar este libro que ahora está maldito. Sin embargo, el nuncio apostólico no se perdió una sola ceremonia nazi desde 1939. Todavía estuvo presente en la fiesta de Año Nuevo, el 1 de enero de 1945. Su caligrafía tan esmerada plasmada en estas páginas golpeadas por la infamia atestigua los lazos diplomáticos que de ahora en adelante serían incómodos”. Brisard ni si quiera menciona el nombre del nuncio, que fue Cesare Orsenigo. Tampoco menciona que no pudo firmar en el libro de visitas, por la sencilla razón de que no se encontraba en Berlín. En la misma Widipedia se afirma que el nuncio se mudó a Baviera en febrero de 1945. El autor aprovecha la ocasión para cargar contra la Iglesia Católica. 


Un poco más adelante, se refiere a las investigaciones atómicas de Alemania como “el loco proyecto de Hitler”. Esto es de un infantilismo caricaturesco ya que, como es bien sabido, los Estados Unidos también investigaban el “loco proyecto de Hitler”. 


El 22 de abril de 1945 a Hitler le despierta la artillería rusa. “¿Quién se atreve a perturbar de esa manera su sueño?”, se pregunta retóricamente Brisard, para asegurar en el párrafo siguiente que “desde hace varios meses, Hitler sufre de insomnio y se acuesta a las cuatro-cinco de la mañana… Hitler no acepta que pueda estar despierto a las diez”. Brisard ha debido inspirarse en la película “El Hundimiento” para sacar sus conclusiones. En más de una ocasión se hace evidente. Apenas maneja bibliografía. David Irving asegura en “La Guerra de Hitler”, que el Führer era perfectamente consciente de que “cabía la posibilidad de que por la noche los rusos estuvieran luchando en el distrito gubernamental”. Así que resulta absurdo el empeño de Brisard de presentar a un Hitler incrédulo al que los rusos no dejan dormir. Lo cierto es que Hitler apenas dormía. En las actas militares de abril de 1945 dijo: “Ya no puedo dormir; y si alguna vez me quedo realmente dormido, entonces vienen los bombardeos”. 


Más adelante Brisard asegura que Hitler publicó en la página principal del periódico Der Panzerbär (“El Oso Blindado”) el día 24 de abril de 1945 la que sería su última declaración pública:


“Recuerden: aquellos que respalden o simplemente aprueben las instrucciones que debilitan nuestra perseverancia, ¡son unos cobardes! Deben ser condenados inmediatamente a ser fusilados o colgados”.


Esta última declaración de Hitler es, por supuesto, falsa. No se menciona en ninguna biografía. Es más, Brisard tampoco nos dice de qué fuente la ha sacado. En todo caso, basta comprobar la hoja del Der Panzerbär para darse cuenta de que no existe:



Después, dice Brisard que “a casi diez metros bajo tierra, Hitler y sus últimos seguidores no imaginan el infierno que viven los berlineses”. Otra falacia, claro. Hitler era perfectamente consciente del sufrimiento que vivía el pueblo alemán. De hecho, es sabido que sufría por los bombardeos de las ciudades alemanas. “Hitler parece muy relajado. Juega con su pastor alemán”, asegura Brisard. 


Nuevas incoherencias, como que “Eva Braun se siente muy cómoda en el búnker. La mujer de 33 años está más radiante que nunca. Saborea estos momentos históricos con pasión. Por fin, la amante del Führer puede existir plenamente. Hitler está demasiado débil para no necesitarla”. Afirmaciones semejantes, no son propias de un historiador. Claro que Brisard es periodista. 


La epopeya de Hanna Reitsch y von Greim es relatada de manera chapucera. Brisard afirma que los dos pilotos no se atrevieron a interrumpir a Hitler: “la avalancha de odio del hombre por el que acaban de arriesgar sus vidas los deja petrificados”. Sin embargo, en las memorias de Reitsch, no hace mención a ninguna “avalancha de odio”. Después Brisard asegura que tanto von Greim como Reitsch “deseaban morir con su Führer, un privilegio supremo… con una voz muy pequeña, me dijo ‘Hanna, eres una de las que morirá conmigo. Cada uno de nosotros tiene una cápsula de veneno como esta”. Pero en sus memorias Hanna Reitsch no afirma nada semejante: “me entregó dos ampollas con veneno letal para que tuviéramos, Greim y yo, la libertad de hacer uso de ellas en cualquier momento”. Como vemos, nada que ver con el fantasioso relato de Brisard. 


En lugar de celebrar una reunión  informativa militar por enésima vez, decide organizar una reunión un poco especial. La llama sobriamente ‘Reunión de suicidio’. Tranquilamente, frente a un séquito aturdido, explica con detalle sus planes para que todos se suiciden llegado el momento. En otras palabras, cuando los soldados rusos pongan un pie en el jardín de la Cancillería, todos deberán acabar con sus vidas”. ¿Qué fuentes utiliza Brisard para llegar a semejantes conclusiones? No se sabe. No aparecen por ningún lado. Más bien se trata de un relato personalizado ideado para un consumo popular, pero poco creíble.  Para rizar más el rizo, Brisard asegura que Hitler mandó detener a Fegelein porque sabe que no cumplirá con su voluntad del suicidio colectivo. De chiste. Las siguientes declaraciones sobre Fegelein son dignas del delirio. Nada es creíble. Merece la pena exponerlas:


Como cuñado de Eva Braun, ¿no es casi parte de la familia de Hitler? Se casó con Gretl Braun en junio de 1944 con el único propósito de protegerse del círculo más cercano Führer, los Bormann, los Goebbels y otros, que tanto lo odian. Enseguida se dieron cuenta de que jamás ha creído en el nazismo ni en el culto del ser superior, el alemán ario tan apreciado por Hitler. Fegelein ama demasiado a las mujeres, la vida y el dinero como para admirar una doctrina tan severa como mortal. ¿Y no es uno de los ‘favoritos’ de Hitler? ¿No fue él el primero en desearle feliz cumpleaños el 20 de abril? Van a perdonarle todo. Qué mal conoce al Führer. Si, en un principio, no quiso castigarlo asignándolo a una unidad de combate en el centro de Berlín, Hitler termina por cambiar de opinión. Fegelein será juzgado por deserción por un consejo de guerra improvisado. La pena que se arriesga a recibir es la muerte. Eva Braun no hace nada por defender a su cuñado. Incluso le revela a Hitler que la llamó por teléfono el día anterior. Quería convencerla de que huyera de Berlín con él. Esto es lo le habría dicho: “Eva, tienes que dejar al Führer si no logras sacarlo de Berlín. No seas tan tonta, ¡ahora es de vida o muerte!”. 


Este párrafo no se sostiene de principio a fin. Es pura fantasía. Nada de lo que Brisard afirma es verdad. 


Ya entrados en el 28 de abril, Brisard afirma que en cuanto se esparce la noticia de que el búnker va a caer “todos en el refugio piden que les den su cápsula de cianuro. No hay suficientes para todos y solo algunos elegidos tienen el honor”. Por supuesto, no especifica ni la fuente de semejante afirmación ni los “elegidos”. Puro amarillismo. Ya el día 29 de abril Brisard asegura que Hitler está seguro del éxito que encomienda a von Greim de dirigir los ataques aéreos alemanes contra las fuerzas soviéticas en los alrededores de Berlín. Otra idiotez. 


Brisard asegura que Eva Braun estalló en jubilo ante su casamiento con el Führer. Es más, asegura que fue ella la que insistió ante Hitler para que se casaran: “no puede resignarse a la idea de morir sin llevar oficialmente el apellido del hombre que ama”. Después afirma que Hitler, al que Alemania “ya no lo satisface y no merece su amor, decide romper sus votos y, entonces, queda libre para unirse a Eva Braun”.  Brisard provoca risas, por no decir poca vergüenza. También afirma que, “tal vez”, Hanna Reitsch estaba enamorada de Hitler. El colmo viene cuando  asegura que la pobre Eva Braun desconocía su regalo de bodas, es decir, su muerte. 


Para dar un aire más siniestro y criminal al asunto, asegura que Blondi, la perra de Hitler, murió “después de unos minutos de intenso sufrimiento” y que Hitler se tranquilizó por ello, al comprobar que el veneno surtía efecto. Pero ¿cómo iba a utilizar un veneno que produce intensos sufrimientos en él o en su mujer? Es ridículo. Es bien sabido que Blondi cayó fulminada al instante. “El animal cayó a un lado como tocado por el rayo” (“El Hundimiento, Joachim Fest).


A partir de la muerte de Hitler, Brisard se centra en encontrar las pruebas de los restos de Hitler así como de documentos y objetos personales, para lo que realiza varios viajes a Moscú. Brisard y Lana Parshina tienen acceso a esos preciados objetos. Se trata de una chaqueta con las medallas utilizadas habitualmente por Hitler: “un medallón de borde rojo y blanco con una esvástica en el centro, una medalla militar y una última insignia oscura que representa un casco militar sobre dos espadas cortas cruzadas… el medallón es la insignia oficial del Partido Nazi, la medalla militar es una Cruz de Hierra de primera clase, y la última es la insignia de los heridos de la Primera Guerra Mundial”. Esto es lo que se les muestra:



Informe original del servicio secreto soviético sobre el descubrimiento, el 5 de mayo de 1945 de los cadáveres de una pareja frente al búnker de Hitler. 

Cofre que contiene, según los archivos del FSB, la prótesis de Goebbels y la cigarrera de oro que Hitler regaló a Magda Goebbels.

Copia original del informe secreto de la contrainteligencia soviética sobre la inhumación secreta de Adolf Hitler y su esposa el 4 de junio de 1945 en un bosque cerca de Rathenow. 


Dejando de lado toda la fantasía publicada sobre el paradero de Hitler durante la Guerra Fría y el empeño de la Unión Soviética en afirmar que Hitler se suicidó mediante el veneno, por resultarles este método más cobarde que el tiro de una pistola, lo fundamental es saber si los restos que se encuentran en Moscú pertenecen a Hitler. La eterna duda de si Hitler se pegó el tiro en la sien o en la boca:


Después de la sangre, la otra pista fundamental de la contrainvestigación son las dos piezas de cráneo recuperadas frente a la entrada del búnker de Hitler. Estaban en el mismo lugar donde los supuestos cuerpos de Hitler y de su esposa se descubrieron un año antes. Estos nuevos huesos se escondían a una profundidad de 60 centímetros. Semenovski los analiza y concluye que son fragmentos de una misma bóveda craneal. Los ensambla para formar una sola pieza. Según él, este hueso es el de un hombre adulto. Por supuesto, el agujero que perfora la parte superior no escapa a su mirada. Enseguida considera la teoría de la bala de un revólver. El ángulo de salida del proyectil le indica que el tiro se disparó de abajo hacia arriba, de derecha a izquierda, hacia atrás. Con mucha seguridad en la boca o debajo de la barbilla, y no en la sien como afirma Linge. ¿El ayuda de cámara de Hitler miente sobre eso? Los investigadores rusos tienen serias dudas sobre la fiabilidad de sus respuestas. Ya lo hicieron ceder sobre su versión del suicidio del Führer, sobre todo en cuanto al disparo que hizo Hitler”.


Günsche también afirmó que Hitler se disparó en la sien. 


Las declaraciones del dentista de Hitler, Hugo Johannes Blaschke:


El dentista no tiene las radiografías ni el expediente de su paciente, pero su memoria es perfecta. Proporciona información de primera importancia para nuestra investigación, en especial el hecho de que Hitler padecía severos problemas dentales. Tenía varias caries extensas. También era propenso a la gingivitis y sufría de halitosis (mal aliento). Se hicieron muchos puentes para sostener sus dientes. A pesar del cuidado, el dolor de los dientes no cesaba. ‘A finales de septiembre de 1944 me llamaron al cuartel general”, dice Blaschke. ‘Hitler se quejaba de las encías de la mandíbula superior. Estaba en cama. Como me informó su médico, el doctor Morell, tenía una inflamación en la zona nasofaríngea’. 


Trozos del sofá en el que Hitler se habría suicidado y el pedazo de cráneo en una caja de disquetes. 

Fragmento de la bóveda craneal que se conserva en el GARF, en Moscú.

Pedazos de la mandíbula de Hitler. 

Radiografía de la cara de Hitler. 

Dientes atribuidos a Hitler. 


Estas son las reliquias y documentos a los que tienen acceso Brisard y Lana Parshina. La inutilidad del ensayo nos viene dada al final del libro, cuando el autor recurre a las fuentes ya consabidas de Kempka, Günsche o Linge por mucho fragmento de sarro que lograran extraer de las placas dentales y que no delataron absolutamente nada. Por otra parte, el eterno debate de si Hitler se disparó en la boca o en la sien, es muy antiguo. Fueron los británicos los que divulgaron lo del tiro en la boca, tras el estudio de Trevor-Roper. Si el cráneo de Moscú perteneció a Hitler, ¿tan difícil para un experto es determinar si el agujero que tiene salió de un disparo en la boca o en la sien? No se sabe si el cráneo perteneció a Hitler pero, en cambio, sí se afirma que los dientes fueron del Führer:


¿Los fragmentos de sarro le permiten responder estas dos preguntas? ¿La teoría inglesa de 1945 sobre la muerte de Hitler es errónea? ¿Trevor-Roper estaba equivocado?


- El estudio químico de la superficie del sarro nos permitió buscar rastros de metales que se encuentran cuando hay un disparo en la boca. Por lo general, hay gases de combustión, polvo, incandescencia, que se depositan en la cavidad bucal, la lengua, las mucosas… y, por lo tanto, en el sarro. Pero no encontramos nada.


¡Entonces Hitler no se disparó en la boca!


Kempka mintió cuando afirmó que Günsche, el edecán, había imitado el gesto de un disparo en la boca.


Incluso Günsche declararía en 1956 en sus audiencias con los tribunales alemanes que Kempka había inventado todo. Aquí está su declaración:


‘Descarto la posibilidad de que Hitler se disparara en la boca. Además, me gustaría insistir en el hecho de que no hablé con nadie en el búnker sobre cómo se disparó Hitler en la cabeza ni bajo qué circunstancias. Solo le dije a algunos presentes que Hitler se había disparado y su cuerpo, quemado’.


Hubo que esperar medio siglo para darle la razón a Günsche, y sin ninguna duda. La ciencia prevalece sobre todos los testimonios reunidos, sobre la emoción, sobre los intentos de manipulación. Y confirma la versión tantas veces repetida por el hombre que descubrió primero los cuerpos de Hitler y Eva Braun: Heinz Linge, el fiel ayuda de cámara del dictador. Durante los interrogatorios dirigidos por los soviéticos, en las entrevistas concedidas a periódicos, emisoras de radio y cadenas de televisión, en sus memorias publicadas después de su muerte de 1980, siempre presentó el mismo escenario:


‘Cuando entré, a mi izquierda, vi a Hitler. Estaba en la esquina derecha del sillón… La cabeza de Hitler estaba ligeramente inclinada hacia delante. En su sien derecha, había un agujero del tamaño de una moneda de diez centavos”.

Brendan Simms: Conclusiones


      La vida de Adolf Hitler continúa tal vez constituyendo el relato más extraordinario de la historia moderna. Nacido en un entorno relativamente humilde, llegó a dominar gran parte de la Europa continental. Por el camino, Hitler superó una serie de dificultades, cada una de las cuales podría haber supuesto el final de su ascensión. A los tiempos de frustración y miseria en Viena siguió su extremadamente azaroso servicio en la Primera Guerra Mundial. Hitler no solo fue abriéndose camino entre las turbulencias de la posguerra, sino que logró que el NSDAP se hiciera un hueco entre la maraña de organizaciones nacionalistas de derechas rivales que había en ese momento en Múnich. Concentró en torno a sí el movimiento tras un desastroso intento de golpe de Estado, juicio y posterior encarcelamiento. Hitler persuadió cada vez a más y más alemanes para que le votaran y manipuló o intimidó a los integrantes de la camarilla del presidente Von Hindenburg para que le convirtieran en canciller. Revivió la economía alemana, o pareció hacerlo, y se embarcó en un programa de rearme sin precedentes. A continuación, Hitler amplió en gran medida el territorio alemán sin mediar un solo disparo, y en los dos primeros años de la guerra, se anotó algunas notables victorias militares. En cada una de estas etapas, las cosas podían haberse torcido mucho para él, por ejemplo, como consecuencia de su intervención personal contra Röhm, la remilitarización de Renania, la crisis de Múnich, la campaña de Noruega o su audaz ataque en el oeste.

     Sin duda, Hitler supo sacar provecho del apoyo, la complicidad y la estupidez de otros, y también de la buena suerte sin más, tanto dentro como fuera de Alemania. Pero, de no haber sido por el temprano patrocinio del Reichswehr, posiblemente el NSDAP nunca hubiera llegado siquiera a arrancar. Sin la Depresión, tal vez Hitler no hubiera conseguido el impulso electoral que le llevó hasta el umbral del poder en 1932. Si las viejas élites no se hubieran equivocado en sus cálculos, él nunca habría sido nombrado canciller. Los primeros años de Hitler en el poder dependieron de la colaboración de muchos actores institucionales que, al menos en parte, compartieron con él una identidad de metas. Dentro de la escena internacional, la mayoría de los estadistas  y del público no supieron ver la amenaza que él representaba hasta etapas ya muy avanzadas. Algunos consideraban a Hitler la mejor esperanza contra el avance del bolchevismo, otros sentían por él un ligero y, en ocasiones, claramente visible respeto por la forma en que se había enfrentado al orden establecido. Durante las primeras etapas de la Segunda Guerra Mundial, sus enemigos fueron débiles o incompetentes, y a veces las dos cosas.


     Dicho lo cual, sería erróneo pensar que Hitler podría haber sido disuadido. Su Alemania siempre iba, antes o después, a buscar Lebensraum, que para él no era una cuestión de codicia, sino de necesidad, aunque la elección del momento preciso permaneció sin concretar largo tiempo. Él siempre habría luchado contra los judíos, aunque no necesariamente los habría exterminado. La resistencia no lograba sino enfurecerle. La crisis de mayo de 1938 acarreó la ruina para los checos; la garantía franco-británica, la de Polonia, y la guerra, o al menos la entrada de Estados Unidos en ella, la de la judería europea. Cierto es que a Hitler se le podría haber visto venir, o incluso detenido, si las potencias europeas hubieran estado preparadas para entrar en guerra contra él con anterioridad, antes de que hubiera ocupado tan gran parte de Europa, en cuyo caso nunca habríamos sabido lo que hubiera sido capaz de hacer.


Desde luego, su trayectoria se coronó, por supuesto, con un final catastrófico. Ninguno de sus objetivos se cumplió, y aunque en varias ocasiones pareció que llegaba a encontrarse muy cerca del triunfo, en realidad los dados jugaban demasiado en su contra. Hitler lo sabía perfectamente, pero también creía que, aunque el porcentaje de posibilidades de éxito fuera pequeño, merecía la pena intentarlo. La negativa a tratar siquiera de escapar del atolladero alemán en el centro de Europa, argumentaba, significaría una muerte segura sin esperanza ninguna de renovación. En cambio, un golpe audaz contra la hegemonía global podía salir adelante, esperaba Hitler, y, en caso contrario, una derrota gloriosa, bien coreografiada, serviría de base para una regeneración nacional posterior.


      El orden mundial del capitalismo angloamericano contra el que Hitler se rebeló estructuró toda su carrera política. Algún tiempo antes de empezar incluso a hablar sobre los judíos, Hitler experimentó el poder del Imperio británico en Flandes, el poder demográfico e industrial de Estados Unidos en la segunda batalla del Marne y el dominio y absoluto del capitalismo global tras la imposición del Tratado de Versalles. Poco después, se convenció de que los judíos, cuya relación Angloamérica era desde su punto de vista esencialmente simbiótica, constituía la fuerza impulsora que estaba tras el capitalismo internacional y la coalición que había tirado por tierra al Reich. Según Hitler, entre los instrumentos utilizados para minar a Alemania desde dentro, estaba el virus del bolchevismo, que él consideraba una amenaza mucho mayor que la propia Unión Soviética. La raíz de este odio a los judíos, por tanto, tenía su origen en su hostilidad a las altas finanzas  mundiales, más que en su odio a la izquierda radical. Aquellos que no quieren hablar del anticapitalismo de Hitler deberían callar también sobre su antisemitismo.


      La solución de Hitler para salir del atolladero en el que él consideraba que se encontraba Alemania constaba de dos partes. De acuerdo con la primera, instaba a llevar a cabo un programa de transformación racial dentro de Alemania que eliminara a los elementos «dañinos», especialmente a los judíos, y llamaba a «elevar» las ramas de «alto valor» racial en el Volk alemán. La segunda consistía en la adquisición de Lebensraum en el este, que proveería la tierra y los recursos necesarios para ofrecer un nivel de vida comparable al de Estados Unidos y acabaría con la debilitante emigración de los mejores y más brillantes ciudadanos de la nación, que en algún momento futuro podrían volver como soldados enemigos. Además, con la ampliación de territorios, Alemania sería un país "a prueba de bloqueo" en el caso de que se renovara la guerra con Angloamérica.


Si la intrincada relación de Hitler con el Imperio británico y Estados Unidos era básicamente antagónica, a la vez era también de admiración. Durante largo tiempo mantuvo la esperanza de una alianza con Gran Bretaña y nunca dejó de ensalzar las supuestas cualidades raciales de los «anglosajones» a ambos lados del Atlántico, ni de creer que estos representaban la «mejor» mitad racial de Alemania. Angloamérica fue el modelo de Hitler, mucho más que la Rusia de Stalin o incluso la Italia de MussoliniEl ejemplo en el que se basaba para el proyecto de Lebensraum era el Imperio británico, y en especial la colonización del Oeste de Estados Unidos. Hitler y el Tercer Reich fueron por tanto una reacción no a la Revolución rusa sino al  dominio de Angloamérica y del capitalismo global. El Holocausto no fue una copia distorsionada del Gran Terror de Stalin, sino un ataque preventivo contra la América de Roosevelt. 


       Tras su llegada al poder, el Imperio británico y Estados Unidos continuaron constituyendo el foco de las políticas de Hitler. Todo su programa doméstico iba destinado a igualar los «niveles de vida» que ofrecía el «sueño americano». Su verdadera némesis era el Imperio británico y en especial Estados Unidos, contra quien él luchaba por hacerse con el control del «trofeo», o sea, del «mundo». Fue la hostilidad de Roosevelt la que hizo que Hitler acelerara su programa a partir de finales de 1937, y la resistencia británica durante la crisis de mayo de 1938 la que le llevó a proceder al desmembramiento de Checoslovaquia. La lucha contra Gran Bretaña y América «obligó» a Hitler a entrar en guerra con ambos y, posteriormente, a extender aún más el teatro de operaciones. La búsqueda de Lebensraum condujo al conflicto con Gran Bretaña sobre Polonia, que a su vez le «exigió» ocupar gran parte de Escandinavia, Francia, Países Bajos, los Balcanes y el norte de África; y lo que motivó la ofensiva contra Rusia. En un principio, Hitler se había propuesto convertir a Alemania en una potencia mundial, no conseguir el dominio del mundo, pero cada logro parecía ir requiriendo otro. Para 1941-1942, cuando se encontraba dirigiendo operaciones en los tres continentes, y en los siete mares, parecía que solo el mundo entero sería suficiente para Hitler. Pero el premio se le escapó: una vez más, fueron los angloamericanos los que levantaron en sus manos el trofeo, contando con la decisiva ayuda de sus aliados soviéticos, por supuesto. 


       Hitler, por tanto, no salió más triunfador contra el «mundo de enemigos» que el Reich de la Primera Guerra Mundial. En esta ocasión, en cambio, la muerte y la destrucción asolaron a la población civil mucho antes de que la línea del frente llegara a Alemania, y no mediante el bloqueo, sino por una incesante campaña de terror aéreo. Pese a todas las grandes visiones arquitectónicas del Führer, el aspecto de las ciudades alemanas después de 1945 le debía mucho más a Arthur Harris, jefe del Mando de Bombarderos de la RAF, que a Adolf Hitler. En 1938, Hitler bromeó con que las obras de la nueva Cancillería Imperial hacían que el área pareciera el bosque de Houthulst de Flandes tras los cuatro años de bombardeos británicos durante la última guerra. Siete años después, tres años de bombardeos de la RAF y las USAAF habían reducido no solo a la cancillería, sino a extensas zonas de la Alemania urbana a un estado similar. En la primera guerra, e inmediatamente después, el Imperio británico y Estados Unidos ha pasar hambre a un Reich depauperado; en la segunda guerra, lo pulverizaron. Los molinos de los angloamericanos molieron lentamente, pero molieron con extraordinaria eficacia. 


Hitler se guió por cinco criterios clave durante su trayectoria. En primer lugar, estaba preocupado por el poder de «los judíos». Esto lo llevó a tal grado de exageración que la crucial importancia que el antisemitismo tuvo en su visión mundial solo puede describirse como paranoica. En segundo lugar, Hitler menospreció en gran medida a la Unión Soviética, cuya fuerza subestimó en grado máximo: un error de cálculo que se volvería en su contra. En tercer lugar, Hitler estaba convencido del abrumador poder de Angloamérica. Como hemos visto, se demostró que tenía toda la razón para estarlo. En cuarto lugar, y estrechamente relacionado, Hitler creía que los alemanes sobre los que realmente gobernaba -a diferencia del pueblo que pretendía formar- eran demasiado débiles y estaban demasiado fragmentados para imponerse a los «anglosajones», la «raza superior» mundial. Ello a su vez resultó completamente cierto aunque, obviamente, parece bastante improbable que él hubiera alcanzado un resultado mejor, aun si hubiera contado con el «tiempo» necesario para «elevar» al pueblo alemán a su antojo. En quinto y último lugar, Hitler predijo que el Reich sería una «potencia mundial» o no sería, y aquí también demostró acertar, si bien esto podría en cierto modo considerarse una profecía autocumplida.


      Resulta por tanto terriblemente irónico que Hitler cometiera exactamente los mismos errores que se había propuesto evitar tras sus indagaciones para esclarecer las causas de la derrota alemana de 1918. Juró no volver a luchar en una guerra con dos frentes, pero lo hizo. Prometió contar con mejores aliados que los que el káiser había tenido, preferiblemente con los británicos, y descartó el proyecto de la «Paneuropa» de la década de 1920, pese a lo cual acabó enfrentado a gran parte del mundo teniendo a su lado solo un batiburrillo de pequeños esta dos europeos e instancias mundiales no estatales. Dejando aparte a los temibles japoneses, se trataba de una verdadera «coalición de lisiados» como aquella de la que él se había burlado en Mein Kampf. Si por encima de todo quería evitar tener que enfrentarse de nuevo con los hijos de emigrantes alemanes, o entablar una batalla de producción contra los "ingenieros alemanes" de la otra orilla del Atlántico, al final su Reich se las tuvo que ver con los bombarderos de Carl Spaatz en el aire, y con los ejércitos de Dwight Eisenhower en tierra. Gracias a las políticas de Hitler, los hijos de Alemania regresaron otra vez para enfrentarse contra la madre patria. Si en 1917-1918, estos castigaron al Reich a golpe de látigo, en 1941-1945 lo hicieron con una plaga de escorpiones. La segunda guerra de Hitler fue por tanto aún más catastrófica que la primera. La historia se repitió: la primera vez adoptó forma de derrota y, la segunda, de aniquilación.


¿Qué pasó con el cuerpo de Hitler?


(Nota: Esta cronología sobre el destino del supuesto cadáver de Hitler la he traducido de "Das Itinerar", de Harald Sandner. La traducción ha sido realizada mediante un traductor de internet, así que es muy probable que contenga errores, como pueden ser los nombres de personas y ciudades. Cuando la traducción ha sido incoherente he optado por eliminarla).

30 de Abril de 1945:

15:30: Hitler se suicida mediante un tiro en la sien derecha, producido con su pistola Walter PPK de calibre 7.65. 

15:50: Linge, Günsche y otros entran en la habitación. Hitler se encuentra en el lado derecho del sofá, con los ojos abiertos. El cadáver es colocado en el suelo, sobre una manta. El cuerpo es subido por Linge, Peter Högl, Lindloff y Hans Reisser. 

16:00 a 18:20: Los cuerpos de Hitler y Eva Braun arden. El SS Hermann Karnau, guarda del jardín de la cancillería,  dijo que "los carne se movía hacia arriba y hacia abajo". Toca los restos con un pie y se derrumban. 

18:30: Primer entierro en el cráter de una bomba en el jardín de la Cancillería a unos tres metros en la salida de emergencia del Búnker. Los restos se entierran a unos 90 centímetros de profundidad. El SS Hauptsturmführer Ewald Lindloff informa de que los restos están enterrados. Se le puede considerar el sepulturero de Hitler. 


Transporte de cadáveres al punto de cremación y lugar del entierro


Stalin se despierta y se le informa de la muerte de Hitler por teléfono. Comentario: “Así que lo hizo, el bastardo. Lástima que no pudimos ponerle las manos encima con vida ".

4 de Mayo de 1945: El soldado Ivan Curakov descubre dos cadáveres de un hombre y una mujer gravemente quemados. Como sospecha que los cadáveres ya se encontraron, los envuelve en unas mantas y los entierra en el mismo lugar. 

Caja de municiones con el cadáver de Hitler. 


5 de Mayo de 1945: Los miembros del Smersh  Derjabin y Cibochin así como Ivan Klimenko excavan y exhuman los cadáveres por segunda vez, colocan los cadáveres en una caja de municiones y los transportan a unos 20 kilómetros, al hospital de campaña soviético en Berlín-Buch. Allí los depositan en la morgue. Se forma una comisión y se redacta un protocolo. Se extrae la mandíbula y se envía a Moscú. Mediante un cotejo con el dentista de Hitler, se confirma la autenticidad del cadáver. Se vuelve a enterrar los restos en la localidad de Buch, en las instalaciones del hospital. Es el tercer entierro

Berlín-Buch, Edificio  donde se realizó la autopsia de Hitler.


Los dentistas Fritz Echtmann y Käthe Heusermann, asistentes del dentista Prof. Hugo Blaschke, examinan las prótesis dentales, un puente de plástico, una mandíbula inferior completamente intacta, una cruz de hierro de primera clase y una insignia de oro del NSDAP. Los dientes están claramente identificados como de Hitler.

8 de Mayo de 1945: Se lleva a cabo un doble exámen de los dientes rotos con la ayuda del dentista de Hitler. El dentista del Führer reconoció los dientes de Hitler.

El cadáver es exhumado (tercera exhumación) y transportado en una caja de municiones a unos 38 kilómetros de Finow  (cuarto entierro en una arboleda en las afueras de la ciudad en los terrenos de la nueva guarnición).

La cuarta exhumación y el quinto entierro se llevarán a cabo en el mismo lugar por miembros de la División Smersh del 3 Ejército de Choque. Antes de eso, el SS Harry Mengershausen tuvo que identificar los cuerpos de los Goebbels y Hitler, que yacían en cajas de madera.


Soldados americanos y soviéticos en el primer supuesto entierro. 


3 de Junio de 1945: El general Mesik llega de Moscú. Se lleva a cabo la quinta exhumación y se transporta unos 125 kilómetros hasta Rathenow. En las afueras, los cuerpos son enterrados por sexta vez en un bosque. Se plantan pinos en la tumba para camuflar. El área al este de estas instalaciones se utiliza como área de práctica.

Julio de 1945 Rathenow:

Los cadáveres son exhumados por sexta vez y transportados a unos 37 kilómetros hasta Stendal, se encuentran en estado "medio podrido". El séptimo entierro tuvo lugar rápidamente en una zona boscosa. 
Investigación de las huellas de la sangre de Hitler en el sofá en el estudio del Führerbunker.La ubicación del suicidio después del examen con rastros de sangre claramente visibles.


Ubicación de la salida de emergencia del búnker.Lugar de la cremación
 (año 2012)

Diciembre de 1945: El teniente general Kobulov ordena una nueva investigación.

Antes de que los investigadores puedan actuar, el teniente general Selenin ordena que los restos sean excavados en secreto y transportados a Magdeburgo antes de que los miembros de la comisión puedan verlos (séptima exhumación). El transporte se realiza a unos 65 kilómetros hasta Magdeburg en Westendstraße 32 (hoy Klausener Straße 32). Desde Berlín-Buch se han recorrido aproximadamente 284 kilómetros con el cuerpo de Hitler.

Febrero de 1946: El octavo entierro tiene lugar en un "pozo de dos metros de profundidad" en el patio de Westendstrasse 32 cerca del Departamento de Smersh del 3 Ejército de Choque. Por lo tanto, el Teniente General Kobulov no tiene acceso y no puede justificar su tesis del suicidio mediante un tiro.

En Magdeburgo, el cadáver se extrae por octava vez y se le vuelve a realizar la autopsia. A esto le sigue el noveno entierro y el asfaltado del cementerio en el patio soviético.
Magdeburg, Klausener Straße 32: el lugar de enterramiento visto desde la calle (foto de1991) , el lugar de enterramiento (centro) visto desde el patio interior (foto de1991) 

El lugar de enterramiento (foto de 1991)

El documento oficial del certificado de defunción de Hitler.

El lugar de enterramiento visto desde la puerta de entrada (vista superior, parte de la calle vista (1992) , mismo lugar 4 de diciembre de 1956 

13 de marzo de 1970: El jefe de la KGB, Juri Andropov, escribe al líder del partido y del estado, Leonid Breschnev, que le informa que la ciudad guarnición de Magdeburgo se entregará a las autoridades de la RDA:  "En el contexto de una posible construcción y otros movimientos de tierra en este territorio, que dará lugar al descubrimiento de las tumbas, creo que sería útil confiscar los restos y destruirlos en el camino de la cremación. La medida ordenada se llevará a cabo en secreto por las fuerzas de un grupo de trabajo especial de la KGB de las tropas de las fuerzas armadas soviéticas en Alemania y se documentará en la forma necesaria. El nombre "Hitler" fue escrito a mano para que ningún tercero, ni siquiera una secretaria, averiguara nada. El proceso se llama "Operación Mitos".

 El jefe de la unidad, el coronel Kovalenko, asegura el área con pistola en mano. Lo encontrará a una profundidad de aproximadamente un metro y medio después de excavar por primera vez en el lugar equivocado. Los soldados se topan con cuatro cajas de municiones apiladas una encima de la otra, en las que, además de los restos óseos, hay “unos dientes de oro”. El archivo anota: “Cráneos, huesos, costillas, vértebras, etc.  Los cadáveres se mezclaron con tierra, el grado de destrucción es grande ".


5 de Abril de 1970: Bajo la protección de puestos de observación, cinco oficiales de la KGB llevan a cabo la novena exhumación en una tienda de campaña. La carpa se usa como camuflaje. Los huesos se reorganizan en cajas. Estos son los restos de diez cuerpos (la pareja de Hitler, la pareja de Goebbels y sus seis hijos). Los dientes de oro se encuentran junto a los huesos cuando se excavan y se colocan en una caja separada. Un soldado de 19 años se mete en el bolsillo fragmentos de hueso de un brazo derecho y partes de una costilla sin que nadie se dé cuenta y los esconde en el desván de la casa de sus padres. Vladimir Gumenjuk, el mayor Schirokow y el jefe de la unidad, el coronel Kovalenkov, están directamente involucrados en la investigación. Kovalenkov explica que el asunto debe mantenerse en secreto "para siempre jamás".

Al amanecer, los restos se transportan, probablemente a través de los distritos de Buckau, Fermersleben, Salbke y Westerhüsen  hasta Schönebeck, en los terrenos del cuartel del 248.º Regimiento de Fusileros de la Guardia de la 10.ª División Panzer. Se utiliza un jeep soviético GAZ-69 con cañas de pescar que sobresalen de debajo de la lona para camuflarse. Es el último viaje de los restos de Hitler.

Las cajas están apiladas en una pira frente a la morgue del cuartel (el edificio está en un campo que conduce desde las afueras occidentales directamente al Hummelberg, al final del bosque frente a la esquina suroeste del Westfriedhof), se vierten 20 litros de gasolina y en una hora está completamente quemado. Los tres soldados esperan en el coche con el motor en marcha. Después de la cremación, Gumenyuk barre las cenizas y las mete en un saco. La entrada del archivo soviético dice:

"La destrucción de los restos se llevó a cabo quemándolos en una fogata en un terreno no urbanizado en la zona de la localidad de Schönebeck, a once kilómetros de Magdeburgo".

Los tres soldados conducen, probablemente a través de los pueblos de Schönebeck-Grünewalde, Plötzky, Gommern, Wahlitz, Menz, Klein Gübs (hoy Königsborn) y Heyrothsberge, hasta el puente en Magdeburger Strasse, al oeste del pueblo de Biederitz, y vertieron las cenizas en el río Ehle.

El informe a Moscú dice: “Los restos fueron destruidos quemándolos en una hoguera. Los restos se quemaron por completo, luego se trituraron hasta convertirlos en polvo junto con trozos de carbón y luego se arrojaron al río ".