Pensamiento político


Hitler se oponía enérgicamente a cualquier forma de internacionalismo, no solo porque lo despreciara por principio, sino porque lo consideraba un engaño. En parte, esta hostilidad se enfocaba hacia la izquierda alemana, cuya fe ciega en unos principios universales, alegaba Hitler, había dejado a Alemania indefensa durante la guerra mundial y a raíz de ella. Esta era la razón, sostenía, por la que «[deberíamos] liberarnos de la falsa ilusión de la Internacional [socialista] y la [idea de] la Fraternidad de los Pueblos». La principal objeción de Hitler al internacionalismo, sin embargo, era simplemente que servía a los intereses de las potencias imperiales occidentales. ¿Dónde había estado el derecho internacional, preguntaba, cuando Luis XIV había saqueado Alemania a finales del siglo XVII, cuando los ingleses habían bombardeado la neutral Copenhague en 1807, matado de hambre y oprimido a los irlandeses, o cuando los americanos habían desalojado a los nativos indios? A Hitler no se le había pasado por alto que «en casa del inventor de la Sociedad de Naciones [la América de Wilson], se rechaza a la Liga como una utopía, una idea absurda». Ni siquiera existía solidaridad racial entre los blancos, se lamentaba Hitler, porque Francia había mandado «solidariamente camaradas África para esclavizar y amordazar a la población del Rin». Por esta razón, Hitler rechazaba de plano cualquier idea de gobernanza internacional, afirmando que «la Sociedad de Naciones no es más holding de empresas de la Entente dirigido a salvaguardar sus ganancias ilícitas».


Medalla de mesa propagandística alusiva a la ocupación francesa de Renania y el Sarre. 
La medalla hace alusión a incidentes en los que algunos soldados africanos
franceses abusaron de una chica.
Hitler era amargamente crítico con el Imperio británico. "¿Dónde estaba la ley", preguntaba "cuando Inglaterra inundaba China y la India con opio y Norteamérica con licor para socavar a estos pueblos y así someterlos con mayor facilidad?". También acusaba a Gran Bretaña de haber "reducido al pueblo irlandés de 8,5 a 4,5 millones (a través de la hambruna de la patata)", y haber "permitido, cínicamente", que 29.000 mujeres bóeres tuvieran una muerte miserable en los "campos de concentración de Sudáfrica". Y a continuación dedicaba a los negros el envenenado cumplido de que él prefería tener "cien negros antes que un solo judío". Por otro lado, Hitler se oponía no tanto al colonialismo como a lo que más tarde denominaría la "negrificación" de los alemanes. "En realidad no necesitáis un par de pantalones", decían según él los Aliados, "los negros tampoco los tienen". La propia Alemania se había convertido en la "plantación de los intereses del capital extranjero". Había caído más bajo aún que la "República Negra de Liberia", donde al menos gozaban de autodeterminación.  De hecho, lamentaba que "hoy día cualquier hotentote puede decidir sobre Alemania", en referencia, quizás, al hecho de que tanto Haití como Leberia fueran signatarios del Tratado de Versalles en su calidad de miembros de la coalición aliada.  La idea de que Alemania estaba siendo esclavizada y reducida al estatus de una colonia africana estaba bastante extendida entonces, no solo entre los círculos de la ultraderecha. Viktor Klemperer, un veterano judío de la misma división en la que había servido Hitler, que más tarde sería víctima del nazismo, escribió que "la forma en que las potencias en la Entente hablan de y a Alemania me produce tanto rechazo como si a mí mismo me estuvieran tratando como a un negro"; en otra ocasión comparó la situación del Reich con la del Congo. Muchos alemanes vivieron la ocupación, las indemnizaciones y la presencia de las tropas coloniales enemigas como una forma no solo de sometimiento, sino también de humillación, un sentimiento que compartían desde la extrema derecha hasta el SPD e incluso los grupos pro derechos de la mujer preocupados por la violencia sexual". 

La causa de esta distribución desigual, pensaba, era el capitalismo global y su sistema asociado de gobernanza mundial. «La explotación internacional del capitalismo debe combatirse», exigía Hitler, así como la del «capital de préstamos internacional». «Queremos convertir a los esclavos del mundo en ciudadanos del mundo», anunció. Para ello era necesario «liberar al pueblo alemán de las cadenas de su esclavitud internacional». Esto a su vez implicaba que Alemania tenía que recuperar su libertad de acción militar. «El alemán es o un soldado libre», argumentaba Hitler, «o un esclavo blanco». Por tanto, hacía un llamamiento al pueblo alemán a recuperar el viejo adagio de «quien no quiere ser martillo tiene que ser yunque», añadiendo que «hoy somos yunque y nos seguirán golpeando hasta que el yunque se convierta en martillo», es decir, en una «espada alemana». La idea de que Alemania debía convertirse en «martillo» para evitar seguir siendo «yunque» era una metáfora bastante común por aquella época, a la que Hitler recurriría en varias ocasiones. 


Hitler era partidario del «socialismo», pero no como los socialdemócratas, los socialistas independientes o los comunistas lo entendían. «Nacional» y «social» eran «dos términos idénticos». «El verdadero socialismo enseña que hay que cumplir con los deberes de uno al máximo», explicaba Hitler, «el socialismo real en la forma suprema del Volk». «El marxismo no es socialismo», afirmaba, «yo arrebataré el socialismo a los socialistas». Esto era lo que significaban las palabras «obrero» y «socialista» incluidas en el nombre de su partido. «No había sitio» para los «proletarios con conciencia de clase» en el partido, como tampoco lo había para «una burguesía con conciencia de clase». En repetidas ocasiones, Hitler se dirigió a los obreros.  Todo ello explica la ambivalencia de Hitler hacia los comunistas, a quienes consideraba hombres buenos que habían tomado un camino equivocado y cuyo carácter le era mucho más simpático que el de la tibia burguesía, instalada cómodamente a mitad de camino. «Preferiría que me ahorcaran en la Alemania bolchevique», aseguraba, «que vivir feliz en un sur de Alemania francés». Un observador comentó que Hitler «estaba cortejando a los comunistas» al afirmar que «los dos extremos, comunistas y estudiantes, debían unirse». El centro, afirmaba, estaba lleno de «lamebotas» (Schleimsieder) inútiles, mientras que «los comunistas habían luchado con armas por sus ideales, siguiendo, simplemente, un camino equivocado». Solo había que reconducirlos hacia la «causa nacional». En el caso de los comunistas alemanes, Hitler odiaba el pecado, pero amaba al pecador.


La vitalidad de Inglaterra se basaba en la «extraordinaria brillantez» de su población. Tenían el «sentimiento nacional que tanto le falta a nuestro pueblo» y habían mantenido «la pureza racial en las colonias», afirmaba refiriéndose a la ausencia en general del matrimonio interracial entre los colonos y funcionarios de las colonias y la población nativa. A diferencia del tardío Estado nacional alemán posterior a 1871, Gran Bretaña gozaba de «una tradición político-diplomática centenaria». Y, a diferencia también de Alemania, había entendido la verdadera relación entre política y economía. «Inglaterra ha reconocido el principio básico para la salud y existencia del Estado», argumentaba Hitler, «y ha actuado durante siglos de acuerdo con el principio de que el poder económico debe ser transformado en poder político» y «que el poder político debe utilizarse para proteger la vida económica». «Hay algunas cosas que permiten a Gran Bretaña ejercer la dominación mundial», explicaba: «Un muy desarrollado sentido de la identidad nacional, una clara unidad racial y por último la capacidad de convertir el poder económico en poder político, y el poder político en poder económico».


Se percibían sin embargo algunas ausencias sorprendentes. Para un hombre que luego expresaría unas opiniones tan radicales sobre el tema, hasta ese momento había dicho muy poco -más allá de unos cuantos ataques al cubismo, el futurismo y al «kitsch» judío en general- sobre el papel de la cultura en el resurgimiento de Alemania. Hitler se había manifestado mucho menos de lo que habría cabido esperar acerca de la Unión Soviética y su temor al comunismo quedaba empequeñecido frente al que le producía el capitalismo. 


Fuente: "Hitler, Solo el mundo bastaba", Brendan Simms. Capítulo "La "colonización" de Alemania". 




Hitler y Federico el Grande

Imagen de la película El Hundimiento. 

  Hay una imagen de Hitler que ha quedado en la imaginería popular. Se trata de un Führer solitario en su búnker, meditativo y abatido, bajo un retrato de Federico el Grande. “Hitler no acostumbraba a salir en todo el día de su vivienda, en la que dominaba un cuadro de Federico el Grande” (Fest). 

En “Mi Lucha” Hitler se refiere a Federico el Grande como gran estadista y reformador, y lo coloca en importancia a Martin Lutero y Wagner. Ya en la Casa Parda, decorada por Troost, Hitler tenía un retrato de Federico el Grande, junto a un busto de Mussolini. 




Hay dos momentos en los que Hitler se identificó con Federico el Grande. Uno de ellos fue después del Putsch de Múnich. Según Hanfstaengl, Hitler dijo que la historia se repetía. En 1762, Federico el Grande se había quedado arrobado por la noticia de la muerte de la zarina Isabel. En el año 1923, tras la muerte de Lenin, la Unión Soviética sucumbiría también. El otro momento fue ya en el Búnker, tras la muerte de Roosevelt. Goebbels no tardó en relacionar el acontecimiento con la muerte de la zarina, lo que animó a Hitler. 


Hitler eligió la iglesia del cuartel de Potsdam para la ceremonia de apertura del nuevo Reichstag, el 21 de marzo de 1933, en donde se encontraba la tumba de Federico el Grande. Pero sería durante los reveses de la Segunda Guerra Mundial cuando Hitler se identificó e inspiró en Federico: 


“Pacientemente explicó cómo Federico había decidido arriesgarse y entonces, com premio a su audacia, había sucedido algo inesperado, un impredecible accidente histórico: la alianza contra Prusia se disolvió repentinamente. Y Federico, condenado a la derrota por todos los expertos europeos, siguió adelante y obtuvo la más grande victoria para la patria. “ (Toland). 


El famoso cuadro de Hitler de Federico el Grande se lo regaló a su piloto Baur, que lo explica en sus memorias:


“Quería hacerle un regalo. ¿Ve ese cuadro, allí en la pared? Es un Lenbach, representa al gran Federico. He tenido muchos cuadros en mi vida, mucho más valiosos que aquel,, que ha costado 34.000 marcos en 1934. Pero no quiero que sea destruido, querría conservarlo para la posteridad. Tiene aun gran valor histórico.


- Acepto gustoso para enviarlo más tarde a algún museo.


- No es necesario, dijo. Es para usted. Basta con que usted lo conserve.”


Hitler veía en Federico el Grande el símbolo de la resistencia del soldado alemán. Abundan en sus conversaciones las alusiones al monarca prusiano. El 17 de diciembre de 1941 dijo que “el soldado alemán ha vuelto a demostrar que es el mejor soldado del mundo. Lo era ya en tiempos de Federico el Grande, y lo ha sido siempre. Cuando se trata de resistir sobre el terreno, es cuando revela toda su eficacia. En cada grado, hace cada uno lo que se esperaba de él. Después de la campaña del oeste, se decía aun que el soldado de hoy no tenía la misma resistencia que la infantería de la guerra mundial. Aquí en el este, ha demostrado que la tiene.”


Efigie de Federico el Grande de los actos para celebrar el 150 aniversario en 1936.


El 22 de octubre de 1941 declaró: “¡Que nadie venga a hablarme de la sencillez prusiana! Hay que recordar de qué modo administró Federico el Grande la hacienda del Estado. Por lo demás, el espíritu prusiano es cuestión e cráter y de conducta. Hubo un tiempo en el que yo podía decir que había un solo prusiano en Europa y que estaba en Roma. Hoy se puede afirmar que hay allí un romano que vive entre los italianos. Había un segundo prusiano. Vivía en Múnich, y era yo.”


El 24 de octubre de 1941: “La lectura de los escritos polémicos de los siglos XVII y XVIII, o de las conversaciones entre Federico II y Voltaire, hace sentir vergüenza de nuestro bajo nivel intelectual, especialmente entre los militares. “


Hitler estaba influenciado por la visión anti española de Voltaire, algo de lo que no le podemos culpar, ya que ese espíritu crítico contra España es una constante en casi toda Europa. Conviene leer al respecto las páginas que dedica a Voltaire María Elvira Roca Barea en su libro “Fracasología”. Con todo, Hitler llegó a admirar al soldado español. Por otro lado, Hitler afirmaba que Alemania no conoció el equivalente de la Revolución Francesa porque existió Federico el Grande.


El 12 de noviembre de 1941 Hitler dijo que “la dominación bolchevique en la Rusia europea solo ha sido, en suma, una preparación (que ha durado veinte años) para la dominación alemana. La Prusia de Federico el Grande se parecía a los territorios del este que estamos conquistando. Federico II no dejó penetrar a os judíos en la Prusia occidental.”


A Hitler le gustaba ver paralelismos entre él y Federico el Grande. El 16 de noviembre de 1941 dijo: “No soy el primero que ve en los abogados unos dañinos microbios. Federico el Grande no pensaba de otra forma.” Por otra parte, Hitler se veía reflejado en el monarca prusiano por la gran cantidad de enemigos que tenían: “Cuando se piensa que Federico el Grande se enfrentaba a fuerzas doce veces superiores a las suyas, uno se dice: ‘Qué gran compañero hubiera sido!” En otra ocasión dijo: “En cuanto a Federico el Grande, éste siempre tuvo la suerte de triunfar por medio de la astucia sobre adversarios numéricamente más fuertes que él.”


Otra analogía entre Hitler y Federico el Grande la encontramos en unas declaraciones que hizo en agosto de 1942: “Las grandes victorias que menciona la historia son todas consecuencia de un gran esfuerzo. La vida consiste en superar constantemente nuevas dificultades. Lo que diferencia a los hombres es que unos triunfan y otros no. En 1918 la victoria estaba a nuestro alcance, igual que lo estaba al de nuestros adversarios. Es una asunto de nervios. Nadie puede beneficiarse con el privilegio de garantizar el éxito de antemano. Únicamente Federico el Grande constituye una excepción a esta regla. El cálculo de probabilidades le era casi siempre adverso. ¡Prusia era un Estado tan miserable! Sin embargo, se lanzaba a la aventura con una temeridad loca, y la gente se preguntaba con qué contaba para triunfar. Si comparamos nuestra situación a la suya, tenemos que abochornarnos.”

El Segundo Libro de Hitler (El desafío norteamericano, Brendan Simms)

 

Hitler continuó trabajando en el manuscrito, de forma intermitente, durante unos dieciocho meses. En él abordaba muchos temas que llevaba tiempo ensayando en sus discursos. Al igual que en Mein Kampf, El segundo libro debe analizarse dentro del contexto de otras muchas declaraciones suyas de la misma época, algunas de las cuales quedaron plasmadas en el texto. La redacción también refleja la concepción que Hitler tenía de sí mismo como «escritor». Sin duda, él era un hombre más de hablar que de escribir, pero también era dado a las declaraciones programáticas y, a su manera, a reflexionar en profundidad sobre el estado del mundo y el lugar de Alemania dentro de él. El texto resultante, cuando se considera en conjunto con otras declaraciones de Hitler de mediados a finales de la década de 1920, resulta absolutamente clave para entender la evolución de su pensamiento y el camino que el nazismo iba a tomar a partir de 1933.


El texto se centraba principalmente en el arrollador poder de Angloamérica y especialmente de Estados Unidos. Este tema había estado presente ya en Mein Kampf, y especialmente en discursos posteriores, pero en ese momento era el que dominaba por completo la mente de Hitler. “La Unión americana”, argumentaba Hitler, “ha creado un poder de tales dimensiones que amenaza con echar por tierra todos los rankings de poder estatal anteriores”, capaz incluso de desafiar al Imperio británico. En parte esto se debía a una cuestión de espacio. Gracias a la expulsión y el exterminio de los nativos americanos, sostenía Hitler, “la tierra abundaba”. “La proporción entre el tamaño de la población y la extensión territorial del continente americano”, escribió, “es mucho más favorable que la proporción análoga de los pueblos europeos con sus espacios vitales”. Por otra parte, añadía Hitler, Estados Unidos tenía un gran potencial para seguir creciendo. Disponía del “40 al 50 % de todos los recursos naturales”, y su industria no solo se beneficiaba de un enorme mercado doméstico, sino que además era altamente competitiva dentro de la escena mundial. “La Unión americana”, afirmaba Hitler, ya no se centraba solo en su «mercado interno», sino que «se había convertido en un competidor mundial, gracias a sus recursos en materias primas, tan ilimitadas como baratas».


La superioridad angloamericana era también cuestión de raza. Como hemos visto, Hitler había llegado a creer, y creería hasta el final de su vida, en el alto valor racial de los británicos, los «anglosajones», que eran una de las «razas superiores» del mundo. A finales de la década de 1920 volvería sobre su poder económico, militar, diplomático, colonial y político una y otra vez. La clave del poder británico, sin embargo, era demográfica. Hitler se expresaba con admiración sobre el «valor racial del reino anglosajón en sí», constantemente en busca de “espacio para escapar de su «aislamiento insular». Los británicos, decía, han tratado de expandirse en Europa, pero se han visto frustrados por estados racialmente «no menos» valiosos; es posible que aquí estuviera pensando en el fracaso del imperio medieval inglés en Francia. En vista de ello, Londres se había embarcado en una política colonial cuyo principal objetivo era encontrar «salidas para el material humano británico», que a la vez “se mantuviera ligado a la madre patria” -algo en lo que Alemania, según su interpretación, había fracasado estrepitosamente-, así como mercados y materias primas para la economía británica. El resultado, concluía Hitler tajantemente, era que el británico de a pie le había pasado por delante a su homólogo alemán. “El pueblo alemán como tal no está a la altura media de, por ejemplo, el británico”. En opinión de Hitler, eran sencillamente superiores a los alemanes.


El otro depósito de «valor racial», en opinión de Hitler, era Estados Unidos. Estos se habían formado a partir de un núcleo de colonos anglosajones que habían sabido expandirse y preservarse a lo largo del que tiempo. «La Unión americana», escribió, «ha establecido unos criterios determinados en materia de inmigración, gracias a las enseñanzas de sus propios investigadores en temas de raza» (refiriéndose probablemente de nuevo a Madison Grant).


 Hitler también admiraba las medidas de Estados Unidos para mantener racialmente sana a su población a través de la selección. En parte, esto era cuestión de eugenesia. Hitler comentaba en privado que él había estudiado la legislación de varios estados americanos en cuanto a cómo evitar la reproducción de personas cuya progenie, desde su punto de vista, no tendría valor o podría ser incluso perjudicial para su raza. Por lo demás, la superioridad norteamericana radicaba en la inmigración selectiva. «El hecho de que la Unión americana se ve a sí misma como un Estado nórdico-germánico y de ninguna manera como una mezcolanza de gentes de todo el mundo», señalaba Hitler, refutando sin duda la idea de Israel Zangwill de Estados Unidos como «crisol», queda claramente reflejado en «la distribución de las cuotas migratorias entre los estados europeos». Mientras que los escandinavos, los británicos y «finalmente» [sic] los alemanes ocupaban los primeros puestos de la lista, los eslavos y los latinos no salían favorecidos, mientras que los chinos y los japoneses ocupaban los últimos lugares en esta jerarquía.


Tal vez sorprendentemente, la relación entre los blancos y la por largo tiempo establecida comunidad negra no ocupaba mucho espacio en la visión que tenía Hitler de Estados Unidos, aunque los burócratas nazis más adelante estudiarían la segregación en detalle de cara a la elaboración de la legislación antisemita. En concreto, Hitler no mostraba un gran interés en el sur, ni en la lucha de la Confederación por mantener la esclavitud. Los informes sobre su entusiasmo por el Ku Klux Klan, si bien plausibles a primera vista, proceden de fuentes poco poco fiables. De hecho, el único comentario verificable que Hitler hizo alguna vez sobre la esclavitud fue claramente condenatorio. Hablaba del “trasplante de millones de negros en el continente americano” como un ejemplo de «costumbres bárbaras» como también lo eran la esclavitud en el mundo antiguo y el trato dado a los aztecas y los incas. De un modo u otro, el entusiasmo de Hitler por Norteamérica se basaba en su interés por los blancos y los judíos, no por los negros, y en su admiración no por el sur agrícola, sino por el norte industrial.


Si Hitler sentía un sano respeto por el poder demográfico, «racial», económico y militar de Estados Unidos, también percibía claramente lo que hoy llamaríamos su «poder blando». En parte se trataba de una percepción positiva de lo que el estilo de vida americano tenía que ofrecer y que él ya había documentado en ocasiones anteriores. Aunque en realidad Hitler nunca usó la expresión «sueño americano», su retórica demostraba que era plenamente consciente del concepto. “La Europa de hoy”, escribió, «sueña con un nivel de vida» que sería posible en Europa, pero que «realmente existe en América». “El americano”, expresó concisamente, vivía “en general mejor que nosotros”. Esto se debía a que «en América la relación entre el tamaño de la población y el territorio es tan estrecha», argumentaba, «que la prosperidad está mucho más extendida». Una clara demostración de ello, según la interpretación de Hitler, era el alto nivel de motorización de la población de Estados Unidos. 


Aparte de esto, a Hitler le preocupaban profundamente algunos aspectos de la cultura americana. Comparaba las glorias del mundo antiguo con la «a todas luces diferente» «advenediza cultura» de América. En cierta ocasión, Hitler y Hess hicieron mofa de un multimillonario norteamericano tan vulgar que había erigido una imitación del palacio de Versalles donde tenía una bañera de oro, criados vestidos con librea y una galería de arte en la que los cuadros todavía tenían el precio puesto. A Hitler le preocupaba en especial la influencia de la cultura popular americana en Alemania, y criticaba duramente los “vampiros de los grandes almacenes”, que no solo suponían la ruina de los pequeños comercios, sino que exhibían «todo tipo de baratijas, luces de neón, teterías, escaleras mecánicas y jardines con palmeras» para engañar a los incautos. Hitler desplegaba entonces todo un panorama de pánico moral. Sin embargo, es posible que su mayor preocupación fuera la música, tema que él tanto estimaba. «La música de jazz», sostenía, «ha conseguido llegar a todas las personas por igual, pero bajando el nivel». Esta ambivalencia acerca del carácter de América, que en ningún caso debería confundirse con un simple desprecio, le acompañaría hasta el final.


La fortaleza angloamericana contrastaba con la debilidad alemana. Una vez más, esto obedecía en parte a una cuestión de espacio. A finales de la década de 1920, tanto en El segundo libro como en muchas otras ocasiones, Hitler expuso con detalle sus ideas sobre la exposición geopolítica de Alemania. «Por todas partes territorios desprotegidos, abiertos», que en las zonas occidentales albergaban importantes instalaciones industriales. Alemania estaba rodeada por depredadores como Francia y Rusia y, por si fuera poco, enjaulada naval y comercialmente por Inglaterra. Para empeorar más aún las cosas, Francia se hallaba unida a Polonia por una alianza, en el este, y a Checoslovaquia y Yugoslavia, en el sudeste. Alemania, en resumen, estaba acorralada: «rodeada» y «completamente cercada». Por otra parte, Alemania no solo era vulnerable, sino que carecía de masa territorial crítica. Era imposible de defender completamente, pensaba, especialmente debido a los últimos avances en tecnología. Millones de alemanes, lamentaba Hitler, vivían apretados en un área "que un avión moderno podía atravesar de norte a sur en unas dos horas».


Hitler también veía la guerra y el conflicto como una amenaza para el pueblo alemán. Aquí se producía una evidente contradicción en su pensamiento. Por un lado, Hitler veía la «lucha» como clave para la vida y la supervivencia de su pueblo. Por otro, creía que la guerra se cobraba la vida de los mejores y más valientes, dejando a los más débiles y cobardes. «La naturaleza de la guerra es tal», escribió, «que conduce a la selección racial dentro de un pueblo a través de la desproporcionada destrucción de sus mejores individuos». Esto podía desembocar «en cien años en un mortal desangramiento paulatino de la parte mejor [y] más valiosa de un pueblo». Por esta razón, Hitler condenaba las guerras innecesarias como «crímenes contra el organismo político, así como contra el futuro de un pueblo». Por un lado, Hitler invocaba con patetismo la memoria y el sacrificio en el frente; por otro, incidía repetidamente en los horrores y las heridas causadas por la guerra, que él había sufrido en primera persona. Negando despectivamente un conocido dicho civil, describía candorosamente su preferencia por la mutilación sobre la muerte. «Decían que [era] maravilloso morir como un héroe», comentaba Hitler, pero «el soldado que está en el frente lo veía de otra manera». «Aunque en casa dijeran que preferían morir a perder un miembro», continuaba Hitler, la verdad era que los hombres que luchaban en Flandes hubieran sacrificado con gusto una mano o una pierna a cambio de que una baja definitiva les librara del combate y les diera la oportunidad de sobrevivir. «Para los que habían servido como soldados», afirmaba, «la guerra no tenía nada de bonito», sino que era «terrible».


El pueblo alemán de la época de Hitler estaba formado por los posos que quedaban una vez que Norteamérica se hubiera llevado la crema.


Obviamente, lo que se percibía como pérdida para Alemania era una ganancia para Angloamérica. Hitler volvió a repetir su teoría de que, tras la independencia, el Congreso estadounidense había adoptado el inglés como idioma de la nueva unión por un solo voto, asegurando así que Estados Unidos siguiera formando parte de lo que en líneas generales podría denominarse la Angloesfera. «Un continente entero», afirmaba, «se convirtió en británico a consecuencia de esta decisión». Hitler temía el poder de lo que él llamaba la «anglificación» de los alemanes. Lamentaba que los alemanes tendieran a «anglificarse cada vez más» en los «países anglosajones» y quedaran por tanto “teóricamente perdidos” para su pueblo, no solo en términos de su “capacidad práctica de trabajo”, sino también “espiritualmente”. “Por esta razón”, argumentaba Hitler, “la iniciativa” estaba pasando de “sus madres patrias a las colonias”, ya que allí es donde se “concentraban personas de la máxima valía”. “La pérdida de la madre patria”, lamentaba, “era la ganancia del nuevo país”. El resultado, se quejaba, era que “Alemania estaba hundiéndose cada vez más mientras que al otro lado del océano se alzaba un nuevo continente, poblado con sangre alemana”. 


Todos estos pollitos de raza, proseguía Hitler, se habían convertido en gallos en la Primera Guerra Mundial. Desde el primer momento, Alemania se había enfrentado a todo el poder de los imperios británico, francés y zarista, si bien Hitler temía al primero por encima de todos los demás. Por otra parte, explicaba Hitler en un artículo de prensa, en 1917 «la Unión americana estaba decidida a poner toda la carne en el asador en apoyo de la coalición mundial que amenazaba a Alemania». Este fue el momento decisivo en el que la derrota de Alemania se hizo inevitable y Hitler no lo olvidó nunca. Experimentó personalmente lo que aquello significaba en el verano de 1918; casi diez años después aún recordaba la fecha exacta. «Alemania envió fuera a sus mejores hijos durante trescientos años», recordaba. «Al llegar 1918 de repente vimos, el 17 de julio, al sur del Marne, a los descendientes de nuestro pueblo, nuestros emigrantes. Gente vigorosa y robusta, enfrentándose a nosotros como enemigos». «Eran los representantes del nuevo continente», continuaba diciendo Hitler. “Era nuestra propia sangre. La sangre que habíamos dejado marchar”. Por otra parte, continuaba, nadie había llegado a darse cuenta de que aquel enfrentamiento había sido «premonitorio» de la «batalla de los pueblos» (o batalla racial: Volkskampf) que había de venir. Aquí Hitler volvía a referirse a la confrontación definitiva que esperaba había de producirse entre alemanes y anglosajones.


Hitler rechazaba algunos remedios clásicos que se le ofrecían. No creía que Alemania debía exportar su gente para asegurar el suministro de alimentos. Recogiendo un comentario hecho por el canciller Caprivi en la década de 1890, dijo respecto a los políticos de Weimar: “Lo que hay que hacer no es exportar personas, sino productos”. En realidad, advertía Hitler, los británicos habían impedido la entrada de productos alemanes poniendo altas barreras arancelarias antes de 1914, y todavía continuaban esclavizando a Alemania a través del Tratado de Versalles y el acuerdo de reparaciones de guerra. Las panaceas ofrecidas desde la izquierda también fueron rechazadas, especialmente el plan para buscar la salvación a través de instrumentos de gobernanza internacionales. Por un lado, Hitler compartía la extendida visión de que la Sociedad de Naciones era un tigre sin dientes. «Una Sociedad de Naciones sin una fuerza policial propia», afirmaba, «es como un Estado sin sistema legal y sin autoridad policial». Por un lado, Hitler seguía considerando esta institución como un instrumento para el sometimiento de Alemania. «La Sociedad de Naciones está controlada por las naciones saturadas, en realidad no es más que su instrumento». Estas naciones, afirmaba, no tenían ningún interés en poner solución a la injusticia internacional, especialmente a la «distribución espacial del mundo». Esto significaba que el mundo estaba siendo dirigido no según ningún tipo de derecho internacional, sino según la ley del capital: «No de acuerdo con el derecho de los pueblos», fueron sus palabras, sino con los derechos de los banqueros de los pueblos».


El Führer guardaba un desprecio especial a los que pensaban que Alemania debía buscar su salvación en «Europa». Respecto a esto, sus palabras iban dirigidas contra las iniciativas a alto nivel en pro de la integración del continente por parte de personas como Aristide Briand, o la Unión Paneuropea del conde Coudenhove-Kalergi, pero también contra algunos elementos de la «izquierda» nacionalsocialista como los hermanos Strasser e incluso Goebbels. Tituló mordazmente el noveno capítulo de El segundo libro «Ni política de fronteras, ni política económica, ni Paneuropa». A lo que Hitler se oponía no era a la idea de mantener a raya a Estados Unidos, sino a lo deseable o practicable de hacerlo mediante una integración europea. Admitía que «es cierto que el movimiento paneuropeo parece tener, al menos a priori, algunos aspectos atractivos». No obstante, y como era de esperar, a Hitler le producían alergia no solo la herencia racial mixta de Coudenhove, sino también su visión de una Europa Unida parecida a un Imperio Habsburgo en versión ampliada. «La Paneuropa que plantea el bastardo internacional [aludiendo a su condición de mestizo] Coudenhove», bramó, “desempeñaría al final el mismo papel contra la Unión americana qu del que desempeñó el viejo Estado austriaco contra Alemania o Rusia”. 


Rechazaba los diversos cálculos “mecánicos” del potencial económico y demográfico desplegados contra Estados Unidos. “En la vida de la gente”, recordaba a sus lectores, “lo decisivo son los valores y no las cifras». Estados Unidos no solo estaba formado por “millones de personas del más alto valor racial”, por parte de la mejor sangre de Europa, sino que lo que le quedaba al viejo continente eran los residuos, de calidad muy inferior. Esto, según la interpretación de Hitler, era consecuencia de la susceptibilidad europea a la «democracia occidental», el “pacifismo cobarde”, la subversión judía, la «bastardización y negrificación», que no solo permitía a los judíos ir haciéndose poco a poco con el «dominio mundial», sino que debilitaba fatalmente al continente de cara a un enfrentamiento con Estados Unidos. Dado que la fuerza de Estados Unidos era básicamente producto de su valor racial, razonaba Hitler, «su hegemonía no podrá vencerse con una unificación de los pueblos europeos meramente formal». «La idea de resistirse a este Estado nórdico [Estados Unidos]», continuaba, con una “Paneuropa formada por mongoles, eslavos, alemanes, latinos, etcétera», en otras palabras, una entidad dominada por «cualquiera excepto los elementos germánicos», era una «utopía». Paneuropa, en resumen, no podía ser más que una «fusión bajo el Protectorado y los intereses y judíos», y “nunca crearía una estructura que pudiera plantarle cara a la Unión americana”.


Hitler afirmaba que había otra forma de enfrentarse al desafío de Estados Unidos. «Solo podrá resistir ante Norteamérica un Estado», sostenía, “que haya entendido cómo elevar el valor de su pueblo y crear la forma de Estado necesaria para esta tarea. Ello requería una combinación de medidas domésticas y diplomáticas. “La política doméstica”, escribió Hitler en El segundo libro, «debería proporcionar al pueblo poder interno para reafirmar su posición respecto a la política exterior», en tanto que la «política exterior debería garantizar la vida de la gente para su propio desarrollo interno». Ambas eran «actividades complementarias». Si, por un lado, insistía en que los éxitos diplomáticos eran baldíos si no se contaba con unas fortalezas internas, por otro pensaba que un erróneo sistema de alianzas podía ser perjudicial a efectos domésticos «porque desde fuera se transmitía la orden de que la gente debía ser educada en el pacifismo».


En el frente doméstico, Hitler apuntaba a una completa regeneración racial del pueblo alemán. En parte, se trataba de acabar con la presunta influencia perniciosa de los judíos. Sobre todo, afirmaba, se trataba de elevar el nivel racial general del pueblo alemán al de sus enemigos angloamericanos. La educación era básica para este proyecto. Hitler propugnaba el establecimiento de «internados basados en el modelo británico» para formar a la juventud alemana. Era mejor gastar cien millones de reichsmarks o marcos en las universidades, opinaba, que gastarlos en un buque de guerra. Hitler también quería superar la histórica fragmentación de Alemania. Manifestó su deseo de reconstruir Berlín como «una gran metrópolis para el nuevo Reich alemán», que contrarrestara a la «política de pequeños estados». Al mismo tiempo, Hitler quería compensar la falta de cohesión natural entre los alemanes mediante la disciplina. Esta era la razón, aparte de otras relacionadas con la disciplina de partido, que le llevaba a hacer tanto hincapié en la importancia de la obediencia al líder.


La respuesta a largo plazo a la difícil situación de Alemania, sin embargo, seguía estando en la conquista de Lebensraum en el este, un tema que Hitler ya había tratado extensamente en Mein Kampf, y que repitió a lo largo de El segundo libro y en muchos discursos. La expansión colonial era rotundamente rechazada una vez más. Esta conquista de espacio iba dirigida en parte a acabar con la vulnerabilidad geopolítica de Alemania, que seguiría existiendo incluso aunque se restauraran las fronteras de 1914. Mejoraría la situación del suministro alimentario en caso de guerra y proporcionaría a Alemania más espacio para maniobrar militarmente. «Por encima de todo», argumentaba Hitler, solo la adquisición de espacio en Europa «preservaría a la población [necesaria] » de la emigración, para poder «disponer de ella en forma de millones de soldados en el siguiente momento decisivo». Por otra parte, solamente un espacio vital mayor permitiría a los alemanes resistir la tentación del estilo de vida americano. «Ni el espacio vital de hoy en día, ni la vuelta a las fronteras de 1914», advertía Hitler, “nos permitirá llevar una vida análoga a la del pueblo americano”. Esta conexión entre (la falta de) Lebensraum y la emigración, si bien en relación con las colonias de ultramar más que a los territorios del este, había sido una constante en el discurso alemán de finales del siglo XIX y principios del XX.


Al igual que en Mein Kampf, Hitler continuaba sosteniendo que el espacio vital necesario se encontraba en las «escasamente pobladas» tierras del oeste de Rusia lindantes con Alemania. La clave para esta Raumpolitik, explicaba, era que solo podía germanizarse «el espacio», no las personas que vivían en él, como la Alemania imperial había intentado equivocadamente hacer con los polacos sobre los que había gobernado antes de 1914. El movimiento nacionalsocialista, continuaba Hitler, no estaba interesado en la «germanización», sino «solo en la expansión de su propio pueblo». «La población existente», insistía Hitler, no debía ser asimilada. Por el contrario, era una cuestión de o «bien dejar fuera a estos elementos ajenos a fin de evitar seguir contaminando nuestra sangre», o “simplemente sacarlos de allí y distribuir la tierra, que de esta manera quedará disponible para nuestro pueblo”. A medida que los bolcheviques fueron consolidando su permanencia en el poder, Hitler fue considerando cada vez más a la Unión Soviética como un vacío que pedía a gritos ser llenado. De nuevo, Hitler buscaba espacio vital en Rusia, no porque hubiera puesto el objetivo concretamente en los eslavos, sino porque sus territorios eran geográfica mente contiguos y el bolchevismo los había deteriorado tanto que los había dejado convertidos en terreno abonado para su conquista.


Hitler sabía que Alemania no «sería capaz de enfrentarse al destino sola» y «necesitaría aliados». Admiraba el espíritu de los soldados que habían garabateado «aceptamos declaraciones de guerra» en los vagones de los trenes que los conducían al frente, pero condenaba esta conducta como «absurdo despropósito» en términos de «credo político». Dedicó un capítulo entero de El segundo libro a este tema. Al igual que en Mein Kampf, Hitler rechazaba las alianzas alcanzadas por el Reich alemán en 1914, cuyo escaso valor había quedado demostrado durante la Primera Guerra Mundial. En este punto se refería principalmente a los Habsburgo. Su oposición era de menor grado, al menos en principio, a una alianza rusa. Si Rusia conseguía llevar a cabo un «cambio interno», escribió, «entonces no podría descartarse que Rusia», que «hoy en día era realmente judío-capitalista», se convirtiera en «nacional-anticapitalista», y por tanto un valioso aliado para Alemania. El peligro, argumentaba Hitler -y en esto se hacía eco de una extendida tendencia dentro del pensamiento de la época- era que una alianza con Rusia expondría a Alemania al riesgo de un ataque preventivo desde el oeste. En pocas palabras, Hitler, cuyo propósito era poner al ala rusófila del NSDAP en su sitio, rechazaba rotundamente alinearse con la Rusia soviética. Y sobre este tema no admitía ni la más mínima discusión.


No solo tenía clara la necesidad de aliados, sino que era notablemente sincero respecto al tipo de concesiones necesarias para conseguirlos. Retomando un tema tratado en Mein Kampf, Hitler ridiculizaba la idea de que Alemania no debía aliarse con ninguno de sus enemigos de la Primera Guerra Mundial ni de aquellos estados con los que mantenía conflictos fronterizos. Si fuera así, señalaba, no podría haber ninguna alianza con Francia, debido a Alsacia-Lorena y sus intentos por hacerse con Renania, ni con Bélgica, debido a Eupen-Malmedy, ni con Gran Bretaña, debido a las colonias robadas, ni con Dinamarca, debido a Schleswig Norte, ni con Polonia, por Prusia Occidental y la Alta Silesia, ni con Checoslovaquia, debido a que tenía oprimidos a cuatro millones de alemanes, ni con Yugoslavia, porque hacía lo propio con 400.000 alemanes, ni con Italia, debido a Tirol del Sur. En otras palabras, continuaba diciendo Hitler, según la burguesía nacional, no podía haber ninguna alianza con nadie en Europa, y Alemania tenía que depender de «sus estruendosos hurras» y sus «bocazas» para recuperar su estatus y sus territorios perdidos.


Con un grado de detalle mucho mayor que en Mein Kampf, Hitler desarrolló en El segundo libro la idea de una alianza italiana. Esto tenía sentido desde el punto de vista ideológico, dadas las similitudes entre el fascismo y el nacionalsocialismo, pero el principal objetivo de la relación era geopolítico: romper el círculo de potencias enemigas que les tenía acorralados. Para dejar absolutamente claro su argumento contra los críticos nazis de dentro del partido, las partes más importantes se publicaron en un folleto separado. Hitler trató también de llegar directamente a Mussolini. Sin embargo, la esperada reunión prevista para febrero de 1928 nunca llegó a producirse. En prueba de sus buenas intenciones en esta materia, y a fin de dejar nítidamente  clara la posición oficial del partido, Hitler se reunió con Ettore Tolomei, el azote de los alemanes en Tirol del Sur, en el barrio muniqués de Nymphenburg, a finales de 1928. Al año siguiente, mantuvo por primera vez un encuentro con el confidente de Mussolini, Giuseppe Renzetti, también en Múnich. Aunque la mayoría de los miembros del partido finalmente entraron en vereda, la cuestión continuó causando serias divisiones dentro del NSDAP, y sirvió para que otros elementos de la derecha alemana contaran con un arma más para atacar a Hitler.


El foco principal de la política de alianzas de Hitler, al igual que en Mein Kampf, seguía siendo Inglaterra. Hitler rechazaba la idea de que Inglaterra nunca aceptaría la hegemonía de Alemania en el continente debido a su tradicional política de equilibrio de poderes. Creía que era posible llegar a un gran acuerdo por el que Inglaterra ostentaría su dominio absoluto en ultramar y Alemania en Europa." Pero resultó ser un fatal malentendido de los principios de la política exterior británica. Más perjudicial aún a largo plazo fue la creencia de Hitler de que la rivalidad comercial y política angloamericana acabaría desembocando en una guerra que echaría a Inglaterra en brazos de Alemania. El equilibrio mundial definitivo que él imaginaba, por tanto, consistía en un triunvirato ario, en el que un Reich rejuvenecido y el Imperio británico se enfrentarían contra la Unión norteamericana.


Recuperar la posición diplomática de Alemania, sostenía Hitler, dependía de eliminar el poder internacional de los judíos. Para él, la lucha contra la judería mundial era una lucha internacional, pero primero debía librarse internamente. A juicio de Hitler, los judíos se habían impuesto en Francia, donde el «mercado bursátil judío» gozaba de un dominio absoluto, y en Rusia. Sin embargo, en su opinión la Italia de Mussolini les había derrotado. «La lucha más amarga por la victoria de la judería», argumentaba, «actualmente está teniendo lugar en Alemania», donde el NSDAP es el único abanderado de la resistencia. Decisivamente, añadía Hitler, «el resultado de esta batalla todavía no está decantado en Gran Bretaña», donde «la vieja tradición británica todavía se resistía a la invasión judía». «Los instintos del reino anglosajón todavía son tan fuertes y vigorosos», pro seguía Hitler, «que no se puede hablar de una completa victoria de la judería». Si los judíos al final ganaban, pensaba, Inglaterra estaría perdida, «pero si ganaban los ingleses, todavía podía producirse un cambio en la política británica respecto a Alemania». Dicho de otro modo, la cuestión de si Inglaterra se convertiría o no en aliada del Reich alemán no se decidiría tanto en función de lo que hiciera la diplomacia alemana, sino de la supuesta batalla interna que el Reino Unido mantenía contra la judería.


Hitler se había puesto a sí mismo una inmensa tarea, y no estaba seguro de poder salir victorioso. Sin embargo, sí estaba convencido de que debía intentarlo, aun si las posibilidades de éxito eran escasas. «Si una decisión se nos muestra claramente necesaria», escribió Hitler, debe llevarse a cabo «de forma brutalmente implacable y con todos los medios a nuestro alcance», incluso «si el resultado final fuera en sí insatisfactorio o requiriera mejora», o si la probabilidad de éxito fuera baja y no pasara de «un pequeño porcentaje». Comparaba la situación de Alemania con la de un paciente que estuviera muriendo de cáncer. ¿Tenía sentido postergar la operación solo porque la probabilidad de éxito fuera muy escasa o no fuera posible una recuperación total? Lo peor de todo, continuaba diciendo Hitler, sería que el cirujano llevara a cabo la operación necesaria sin comprometerse de lleno. Por analogía, razonaba Hitler, Alemania necesitaba una «cirugía política» que la rescatara de «una horda de codiciosos enemigos tanto en el interior como en el exterior». «La continuación de esta situación es nuestra muerte», seguía diciendo, por lo que «cualquier oportunidad» de escapar de ella debía «aprovecharse». «Lo que falta en cuanto a probabilidad de éxito», concluía Hitler, «debe compensarse con fuerza en la ejecución». Esta insistencia en la necesidad de asumir riesgos, de intentar al menos lo imposible, fue un tema sobre el que Hitler volvería a insistir repetidamente a lo largo de los siguientes años.


Aun en el caso de que lograra un triunfo en términos globales, Hitler no esperaba aplastar a Angloamérica ni que Alemania alcanzara una hegemonía mundial. Él llamaba a «una Europa de estados nacionales libres e independientes con esferas de influencia independientes y claramente delimitadas». En términos de gobernanza internacional, Hitler afirmaba que cabía imaginar «una nueva Asociación de Pueblos en el futuro lejano, formada por distintos estados de valía nacional», que pudieran «resistir la amenaza del dominio mundial por parte de la Unión americana». «Porque me da la impresión», proseguía, «de que a las naciones de hoy en día les causa menos daños la continuación del dominio mundial británico que el ascenso del dominio norteamericano». En resumen, sostenía Hitler, lo mejor que le cabía esperar a Alemania era conseguir la paridad global con Estados Unidos por medio de una confederación con estados europeos con ideas afines, especialmente con el Imperio británico.


Probablemente Hitler tuvo intención de publicar El segundo libro hasta la primavera y principios del verano de 1929. A partir de ese momento parece que aparcó el proyecto, por razones que no están claras. La explicación más probable es que la visión desalentadora que se daba en el libro de la calidad racial del pueblo alemán, expresada mucho más radicalmente que en Mein Kampf, corría el riesgo de alejar a un núcleo de electores nacionalistas y, de hecho, a la población en general. Este sentimiento, que continuó conformando su pensamiento y que guiaría sus políticas tras tomar el poder, fue en ese momento guardado a buen recaudo en un cajón del escritorio de Hitler. Solo volvería a ver la luz, privadamente, durante el enfrentamiento definitivo con Estados Unidos.


En su lugar, a partir de ese momento, Hitler trató de restar importancia a las fisuras raciales internas de la sociedad no judía e incluso ensalzar su supuesta calidad racial. En flagrante contradicción con los sentimientos reiteradamente manifestados en la década de 1920, escribió que «nuestro gobierno a veces trata de convencer a nuestro pueblo de que no somos un pueblo igual, por ejemplo, al de Norteamérica y Gran Bretaña», e «inculcar un sentimiento de pertenencia a una segunda clase». «Y, sin embargo», seguía diciendo, «nosotros sabemos que no es así», y se preguntaba dónde había otro pueblo que «uno por uno, hombre a hombre, fuera más enérgico o tan capaz como el pueblo alemán». Por una parte, esto no eran más que cantos de sirena para mantener altos los ánimos de una población abatida por las penalidades económicas de ese momento y las derrotas militares pasadas. Por otra, la retórica de Hitler también iba dirigida a poner parches en las grietas entre las diversas tribus alemanas, de diferencias y distinto valor racial, por utilizar sus palabras, cuyas él era dolorosamente consciente.


Fuente, "Hitler, Solo el mundo bastaba", Brendan Simms.



Postales de Hitler y Rommel

Postal de Hitler:


Postal de Rommel:


Postal de Rommel. El dibujo es del artista Willrich Wolfgang. De la serie de Pintores de Guerra celebrada en Italia. 

 Postal de Hitler:

Postal de Hitler saludando a una niña. 



Postal de la serie italiana "Pintores en Guerra". Dibujo que representa a un correo en el Frente Oriental. 

La muerte de Hitler. Jean-Christophe Brisard y Lana Parshina

 



Este trabajo sobre los archivos “secretos” del KGB, del realizador francés Jean-Christophe Brisard y de la traductora y cineasta ruso-estadounidense Lana Parshina, no ha aparecido en el mercado español, por lo que adquirí esta edición mexicana. 


Los autores se hallaron ante un pedazo de cráneo:


Ese pedazo de cráneo parecía inaccesible aún esta mañana. Después de meses y meses de negociaciones interminables, de repetidas solicitudes hechas por correo electrónico, por correo convencional, por teléfono, por fax, por conversaciones personales con funcionarios obstinados, por fin nos encontramos frente a este fragmento humano. A simple vista, se trata de una buena cuarta parte de una bóveda craneal, la parte posterior izquierda (dos parietales y un trozo de occipital, para ser exactos). El objeto de tanta codicia por parte de historiadores y periodistas de todo el mundo. ¿Es de Hitler como aseguran las autoridades rusas? ¿O corresponde a una mujer de unos 40 años, como lo afirmó hace poco un científico estadounidense? Preguntar eso en el edificio del GARF sería como hablar de política, poner en duda la palabra oficial del Kremlin. Una opción impensable para la directora del archivo. Completamente impensable. 


¿Pertenece a Hitler? ¿Rusia miente?”


El estilo del ensayo deja mucho que desear. En ocasiones parece más una novela que un estudio serio. Brisard utiliza un lenguaje muy manido y generalista: “Recordar que se trata quizá del último resto humano de uno de los mayores monstruos políticos que ha conocido el planeta, le añade una sensación de repugnancia a la decepción”. Mal comienzo. Brisard echa leña al fuego al reavivar afirmaciones que ya han dejado de ser serias. Cierto que los medios de comunicación, obsesionados a diario con Hitler, son todo menos serios. Así, Brisard afirma tranquilamente algo tan absurdo como que “mientras falte esta prueba definitiva de ‘tamaño natural’, el fantasma de Hitler atormentará la mente de las personas”. Una exageración. Además nos encontramos con comentarios totalmente fuera de tono, como cuando insinúa que una funcionaria rusa lleva peluca. Tonterías como esa abundan en el libro, lo que le resta bastante credibilidad. 


El libro menciona el hecho de que para la Rusia de Putin nada ha cambiado con respecto a la victoria de la Unión Soviética y Stalin:


"El 27 de abril de 2000, un día antes del quincuagésimo quinto aniversario de la victoria sobre la Alemania nazi, Moscú inaugura una gran exposición de sus archivos secretos. El nombre no deja ninguna duda sobre las intenciones del presidente ruso: «La agonía del Tercer Reich, el castigo». Algo nunca visto. En total, se muestran al público 135 documentos inéditos. Los mismos documentos que los historiadores de la Segunda Guerra Mundial sueñan con consultar desde hace medio siglo. Informes del servicio secreto soviético clasificados como «ultrasecretos», fotografías, objetos..., todo aquello que permite descubrir cómo fueron los últimos instantes de Hitler en su búnker. También presentan el diario de Martin Bormann, el secretario y amigo íntimo del Führer. «Sábado 28 de abril. Nuestra cancillería imperial no es más que un montón de ruinas. El mundo pende de un hilo [...] Domingo 29. Tormenta de fuego en Berlín. Hitler y Eva Braun se casaron». Fotos de los hijos de Goebbels, cartas de funcionarios nazis como Albert Speer, el arquitecto del régimen y ministro de Armamento: «Hitler está visiblemente descompuesto. Se ha transformado en un manojo de nervios y ha perdido el control de sí mismo por completo». Pero la atracción especial de la exposición está en otra parte, en una sala especial. Un artículo del periódico Le Monde describe la escena: «En medio de una sala sobre un pedazo de suave tercio pelo rojo, un fragmento calcinado de cráneo, perforado por una bala, destaca en una vitrina»

Me ha sorprendido lo de los diarios de Bormann. Nunca los he visto publicados, ni siquiera algún extracto. Sorprende que el híper activo de Bormann tuviera un minuto libre al día para dedicarlo a un diario, menos aún en los últimos días del Búnker. En todo caso, David Irving sí hace mención a los diarios de Bormann y hace mención a la frase: “Sobre el filo de una daga se sostiene ahora el mundo”. 


En el año 2009 se hizo famosa la noticia de que el cráneo que se conserva en Moscú pertenecía en realidad a una mujer de entre 20 y 40 años:


El asunto causó un gran revuelo en la época. Nick Bellantoni, profesor de Arqueología en la Universidad de Connecticut de Estados Unidos, afirmó haber tomado una muestra del cráneo. Dicha muestra de hueso después se analizó en el laboratorio de genética de su universidad. Y el resulta do se difundió en un documental transmitido por la cadena estadounidense History Channel. «La estructura ósea tiene una apariencia muy fina», describió el arqueólogo estadounidense. «Los huesos masculinos son mucho más robustos, y las suturas que unen las diferentes partes del cráneo corresponden a un ser humano de menos de 40 años». Bellantoni estuvo a punto de destruir la hipótesis de las autoridades rusas. Con los estudios de ADN como prueba, afirmó además, que el cráneo conservado en Moscú pertenecería a una mujer. Nada que ver con Hitler. Renació la duda. Las teorías de conspiración y de la huida del Führer encontraron un nuevo eco con las revelaciones de los estadounidenses.”


Lo cierto es que ni los que hicieron el documental son concisos cuando se les pregunta sobre cómo consiguieron extraer un trozo del cráneo. La productora Joanna Forscher dijo al respecto:


“Me hacen esa pregunta con frecuencia y, por desgracia, no puedo revelar los detalles de la manera como obtuvimos acceso al cráneo. De cualquier forma las circunstancias de nuestro acceso ya no pueden ser reproducidas”. 


Así que la “prueba” occidental de que el cráneo de Moscú pertenece a una mujer, queda en entredicho. 


Ya con el famoso cráneo entre las manos, y aunque presenta un orificio que pudo ser causado por un arma de fuego, los rusos prefieren la teoría de que Hitler no tuvo el valor de dispararse y se envenenó: “El servicio secreto soviético destaca lo que parece la salida de un proyectil. Si este cráneo es del dictador nazi, entonces le dispararon en la cabeza. Una hipótesis sacrílega en 1975. Hasta la caída de la Unión Soviética, Moscú no daría el brazo a torcer. Hitler se suicidó con veneno, el arma de los cobardes a los ojos de los líderes soviéticos. Esta versión, validada por Josef Stalin, no se sostendría si el cráneo con el agujero de bala se hacía público”. 


Los rusos basaron sus investigaciones sobre los últimos días de Hitler en los interrogatorios a los ayudantes del Führer, Otto Günsche y Heinz Linge. Todos sus testimonios están recogidos en el libro “El Informe Hitler”, editado por Henrik Eberle y Matthias Uhl. Brisard recoge también las declaraciones de otros testigos. Como los torturadores soviéticos recibían declaraciones contradictorias, Brisard soluciona el problema asegurando que como se trataba de nazis fanáticos era natural que quisieran engañar a los rusos. No hay ser humano, por fanatizado que esté, capaz de resistir a la tortura estalinista. Esto es lo que asegura Brisard:


La imprecisión de los testimonios enloquece a los investigadores. ¿Los prisioneros lo hacen a propósito? Hay una buena probabilidad de que así sea. No olvidemos que, para los nazis, los comunistas encarnan el mal absoluto (justo después de los judíos, según la doctrina de Hitler, por supuesto). Resistir, mentir o distorsionar la realidad puede parecer natural para los hombres impulsados por un fanatismo nazi aún vivo. Como sea, sus respuestas contradictorias complican el establecimiento preciso de los hechos que precedieron a la caída del búnker de Hitler”. 


Ni en el peor de los documentales de National Geographic encontramos conclusión tan absurda. 


En la segunda parte del libro se hace un relato de los últimos días de Hitler. Parece escrito por un comisario soviético:


Los sobrevivientes del búnker en el que se refugiaron son quienes dan los detalles de los últimos momentos del Führer. Esos hombres y mujeres son sobre todo militares y civiles (principalmente sus secretarios). Sus testimonios deben tratarse con precaución. No olvidemos que todos pertenecían al nazismo y, en diferentes grados, admiraban a Hitler.


Estas declaraciones provienen de dos fuentes diferentes: los interrogatorios conducidos por los soviéticos y/o por los Aliados después de arrestar a los testigos, así como de las memorias de estos publicadas luego de su liberación y algunas entrevistas.


En el primer caso, la información se obtiene voluntariamente o por la fuerza y de ninguna manera está destinada a darse a conocer ni a revelarse al público o en general; en el otro caso, procede libremente de los propios individuos. Eso les permitió justificar sus acciones ante el mundo entero y, en la mayoría de los casos, deslindarse del régimen nazi”. 


Como vemos, el autor casi defiende la tortura a los malvados nazis antes que sus memorias. Por otra parte, no es cierto que todos los protagonistas de los últimos días de Hitler “pertenecían al nazismo”. En todo caso, y tratándose de un ensayo que pretende brindar la verdad sobre el paradero de los restos de Hitler, este relato de los últimos días de Hitler deja mucho que desear. Está lleno de errores y contradicciones perfectamente superadas a estas alturas. Así pues, nos encontramos con frases tan absurdas como que “la idea del suicidio no desagrada a Hitler; no el de él, sino el de su pueblo. El suicidio como el sacrificio máximo de su ideología mortífera”. Al respecto en la reciente biografía de Hitler escrita por Brendan Simms llega a otra conclusión: “Pese a su escalofriante retórica, el Führer no esperaba ni tampoco deseaba que la derrota del Tercer Reich desembocara en la aniquilación del pueblo alemán”. Tampoco es verdad que Hitler deseara el suicidio de sus seguidores. Simms lo vuelve a asegurar: “El Führer ordenó a Keitel, Jodl y Bormann dirigirse hacia el sur a fin de llevar a cabo las operaciones globales desde allí. Esto explica por qué Hitler se sintió personalmente decepcionado por el número de líderes del partido que se apresuraron a abandonar la ciudad a la vez que estaba conforme con dejarles marchar. Su intención no era tomar como rehenes a ninguno de ellos ni de sus otros seguidores. Por el contrario, Hitler instó a aquellos que no desempeñaban ninguna función importante -ya fueran secretarios, cocineros o ministros- a abandonar la ciudad. Le dijo a Morell que se fuera a casa, se deshiciera de su uniforme e hiciera “como si nunca me hubieras conocido”.


Después Brisard incurre en contradicciones. El 20 de abril de 1945, último cumpleaños del Führer “es una fecha sagrada en la Alemania nazi, casi el equivalente al 25 de diciembre. Entonces, ¿cómo evitar que los fanáticos más fervientes del régimen celebren a su héroe?”. Sin embargo, unas líneas más adelante afirma que “uno por uno, estos apparatchiks saludan al Führer como señores feudales a su señor, más obligación que por gusto”. Pura contradicción. 


A Brisard también le llama la atención que durante todos los cumpleaños de Hitler, los libros de visitas estuvieran llenos de firmas, pero que en su último cumpleaños apenas las había. Es una conclusión de chiste. Para rematar, Brisard deja constancia de que el “representante del Vaticano ya no se atrevió a firmar este libro que ahora está maldito. Sin embargo, el nuncio apostólico no se perdió una sola ceremonia nazi desde 1939. Todavía estuvo presente en la fiesta de Año Nuevo, el 1 de enero de 1945. Su caligrafía tan esmerada plasmada en estas páginas golpeadas por la infamia atestigua los lazos diplomáticos que de ahora en adelante serían incómodos”. Brisard ni si quiera menciona el nombre del nuncio, que fue Cesare Orsenigo. Tampoco menciona que no pudo firmar en el libro de visitas, por la sencilla razón de que no se encontraba en Berlín. En la misma Widipedia se afirma que el nuncio se mudó a Baviera en febrero de 1945. El autor aprovecha la ocasión para cargar contra la Iglesia Católica. 


Un poco más adelante, se refiere a las investigaciones atómicas de Alemania como “el loco proyecto de Hitler”. Esto es de un infantilismo caricaturesco ya que, como es bien sabido, los Estados Unidos también investigaban el “loco proyecto de Hitler”. 


El 22 de abril de 1945 a Hitler le despierta la artillería rusa. “¿Quién se atreve a perturbar de esa manera su sueño?”, se pregunta retóricamente Brisard, para asegurar en el párrafo siguiente que “desde hace varios meses, Hitler sufre de insomnio y se acuesta a las cuatro-cinco de la mañana… Hitler no acepta que pueda estar despierto a las diez”. Brisard ha debido inspirarse en la película “El Hundimiento” para sacar sus conclusiones. En más de una ocasión se hace evidente. Apenas maneja bibliografía. David Irving asegura en “La Guerra de Hitler”, que el Führer era perfectamente consciente de que “cabía la posibilidad de que por la noche los rusos estuvieran luchando en el distrito gubernamental”. Así que resulta absurdo el empeño de Brisard de presentar a un Hitler incrédulo al que los rusos no dejan dormir. Lo cierto es que Hitler apenas dormía. En las actas militares de abril de 1945 dijo: “Ya no puedo dormir; y si alguna vez me quedo realmente dormido, entonces vienen los bombardeos”. 


Más adelante Brisard asegura que Hitler publicó en la página principal del periódico Der Panzerbär (“El Oso Blindado”) el día 24 de abril de 1945 la que sería su última declaración pública:


“Recuerden: aquellos que respalden o simplemente aprueben las instrucciones que debilitan nuestra perseverancia, ¡son unos cobardes! Deben ser condenados inmediatamente a ser fusilados o colgados”.


Esta última declaración de Hitler es, por supuesto, falsa. No se menciona en ninguna biografía. Es más, Brisard tampoco nos dice de qué fuente la ha sacado. En todo caso, basta comprobar la hoja del Der Panzerbär para darse cuenta de que no existe:



Después, dice Brisard que “a casi diez metros bajo tierra, Hitler y sus últimos seguidores no imaginan el infierno que viven los berlineses”. Otra falacia, claro. Hitler era perfectamente consciente del sufrimiento que vivía el pueblo alemán. De hecho, es sabido que sufría por los bombardeos de las ciudades alemanas. “Hitler parece muy relajado. Juega con su pastor alemán”, asegura Brisard. 


Nuevas incoherencias, como que “Eva Braun se siente muy cómoda en el búnker. La mujer de 33 años está más radiante que nunca. Saborea estos momentos históricos con pasión. Por fin, la amante del Führer puede existir plenamente. Hitler está demasiado débil para no necesitarla”. Afirmaciones semejantes, no son propias de un historiador. Claro que Brisard es periodista. 


La epopeya de Hanna Reitsch y von Greim es relatada de manera chapucera. Brisard afirma que los dos pilotos no se atrevieron a interrumpir a Hitler: “la avalancha de odio del hombre por el que acaban de arriesgar sus vidas los deja petrificados”. Sin embargo, en las memorias de Reitsch, no hace mención a ninguna “avalancha de odio”. Después Brisard asegura que tanto von Greim como Reitsch “deseaban morir con su Führer, un privilegio supremo… con una voz muy pequeña, me dijo ‘Hanna, eres una de las que morirá conmigo. Cada uno de nosotros tiene una cápsula de veneno como esta”. Pero en sus memorias Hanna Reitsch no afirma nada semejante: “me entregó dos ampollas con veneno letal para que tuviéramos, Greim y yo, la libertad de hacer uso de ellas en cualquier momento”. Como vemos, nada que ver con el fantasioso relato de Brisard. 


En lugar de celebrar una reunión  informativa militar por enésima vez, decide organizar una reunión un poco especial. La llama sobriamente ‘Reunión de suicidio’. Tranquilamente, frente a un séquito aturdido, explica con detalle sus planes para que todos se suiciden llegado el momento. En otras palabras, cuando los soldados rusos pongan un pie en el jardín de la Cancillería, todos deberán acabar con sus vidas”. ¿Qué fuentes utiliza Brisard para llegar a semejantes conclusiones? No se sabe. No aparecen por ningún lado. Más bien se trata de un relato personalizado ideado para un consumo popular, pero poco creíble.  Para rizar más el rizo, Brisard asegura que Hitler mandó detener a Fegelein porque sabe que no cumplirá con su voluntad del suicidio colectivo. De chiste. Las siguientes declaraciones sobre Fegelein son dignas del delirio. Nada es creíble. Merece la pena exponerlas:


Como cuñado de Eva Braun, ¿no es casi parte de la familia de Hitler? Se casó con Gretl Braun en junio de 1944 con el único propósito de protegerse del círculo más cercano Führer, los Bormann, los Goebbels y otros, que tanto lo odian. Enseguida se dieron cuenta de que jamás ha creído en el nazismo ni en el culto del ser superior, el alemán ario tan apreciado por Hitler. Fegelein ama demasiado a las mujeres, la vida y el dinero como para admirar una doctrina tan severa como mortal. ¿Y no es uno de los ‘favoritos’ de Hitler? ¿No fue él el primero en desearle feliz cumpleaños el 20 de abril? Van a perdonarle todo. Qué mal conoce al Führer. Si, en un principio, no quiso castigarlo asignándolo a una unidad de combate en el centro de Berlín, Hitler termina por cambiar de opinión. Fegelein será juzgado por deserción por un consejo de guerra improvisado. La pena que se arriesga a recibir es la muerte. Eva Braun no hace nada por defender a su cuñado. Incluso le revela a Hitler que la llamó por teléfono el día anterior. Quería convencerla de que huyera de Berlín con él. Esto es lo le habría dicho: “Eva, tienes que dejar al Führer si no logras sacarlo de Berlín. No seas tan tonta, ¡ahora es de vida o muerte!”. 


Este párrafo no se sostiene de principio a fin. Es pura fantasía. Nada de lo que Brisard afirma es verdad. 


Ya entrados en el 28 de abril, Brisard afirma que en cuanto se esparce la noticia de que el búnker va a caer “todos en el refugio piden que les den su cápsula de cianuro. No hay suficientes para todos y solo algunos elegidos tienen el honor”. Por supuesto, no especifica ni la fuente de semejante afirmación ni los “elegidos”. Puro amarillismo. Ya el día 29 de abril Brisard asegura que Hitler está seguro del éxito que encomienda a von Greim de dirigir los ataques aéreos alemanes contra las fuerzas soviéticas en los alrededores de Berlín. Otra idiotez. 


Brisard asegura que Eva Braun estalló en jubilo ante su casamiento con el Führer. Es más, asegura que fue ella la que insistió ante Hitler para que se casaran: “no puede resignarse a la idea de morir sin llevar oficialmente el apellido del hombre que ama”. Después afirma que Hitler, al que Alemania “ya no lo satisface y no merece su amor, decide romper sus votos y, entonces, queda libre para unirse a Eva Braun”.  Brisard provoca risas, por no decir poca vergüenza. También afirma que, “tal vez”, Hanna Reitsch estaba enamorada de Hitler. El colmo viene cuando  asegura que la pobre Eva Braun desconocía su regalo de bodas, es decir, su muerte. 


Para dar un aire más siniestro y criminal al asunto, asegura que Blondi, la perra de Hitler, murió “después de unos minutos de intenso sufrimiento” y que Hitler se tranquilizó por ello, al comprobar que el veneno surtía efecto. Pero ¿cómo iba a utilizar un veneno que produce intensos sufrimientos en él o en su mujer? Es ridículo. Es bien sabido que Blondi cayó fulminada al instante. “El animal cayó a un lado como tocado por el rayo” (“El Hundimiento, Joachim Fest).


A partir de la muerte de Hitler, Brisard se centra en encontrar las pruebas de los restos de Hitler así como de documentos y objetos personales, para lo que realiza varios viajes a Moscú. Brisard y Lana Parshina tienen acceso a esos preciados objetos. Se trata de una chaqueta con las medallas utilizadas habitualmente por Hitler: “un medallón de borde rojo y blanco con una esvástica en el centro, una medalla militar y una última insignia oscura que representa un casco militar sobre dos espadas cortas cruzadas… el medallón es la insignia oficial del Partido Nazi, la medalla militar es una Cruz de Hierra de primera clase, y la última es la insignia de los heridos de la Primera Guerra Mundial”. Esto es lo que se les muestra:



Informe original del servicio secreto soviético sobre el descubrimiento, el 5 de mayo de 1945 de los cadáveres de una pareja frente al búnker de Hitler. 

Cofre que contiene, según los archivos del FSB, la prótesis de Goebbels y la cigarrera de oro que Hitler regaló a Magda Goebbels.

Copia original del informe secreto de la contrainteligencia soviética sobre la inhumación secreta de Adolf Hitler y su esposa el 4 de junio de 1945 en un bosque cerca de Rathenow. 


Dejando de lado toda la fantasía publicada sobre el paradero de Hitler durante la Guerra Fría y el empeño de la Unión Soviética en afirmar que Hitler se suicidó mediante el veneno, por resultarles este método más cobarde que el tiro de una pistola, lo fundamental es saber si los restos que se encuentran en Moscú pertenecen a Hitler. La eterna duda de si Hitler se pegó el tiro en la sien o en la boca:


Después de la sangre, la otra pista fundamental de la contrainvestigación son las dos piezas de cráneo recuperadas frente a la entrada del búnker de Hitler. Estaban en el mismo lugar donde los supuestos cuerpos de Hitler y de su esposa se descubrieron un año antes. Estos nuevos huesos se escondían a una profundidad de 60 centímetros. Semenovski los analiza y concluye que son fragmentos de una misma bóveda craneal. Los ensambla para formar una sola pieza. Según él, este hueso es el de un hombre adulto. Por supuesto, el agujero que perfora la parte superior no escapa a su mirada. Enseguida considera la teoría de la bala de un revólver. El ángulo de salida del proyectil le indica que el tiro se disparó de abajo hacia arriba, de derecha a izquierda, hacia atrás. Con mucha seguridad en la boca o debajo de la barbilla, y no en la sien como afirma Linge. ¿El ayuda de cámara de Hitler miente sobre eso? Los investigadores rusos tienen serias dudas sobre la fiabilidad de sus respuestas. Ya lo hicieron ceder sobre su versión del suicidio del Führer, sobre todo en cuanto al disparo que hizo Hitler”.


Günsche también afirmó que Hitler se disparó en la sien. 


Las declaraciones del dentista de Hitler, Hugo Johannes Blaschke:


El dentista no tiene las radiografías ni el expediente de su paciente, pero su memoria es perfecta. Proporciona información de primera importancia para nuestra investigación, en especial el hecho de que Hitler padecía severos problemas dentales. Tenía varias caries extensas. También era propenso a la gingivitis y sufría de halitosis (mal aliento). Se hicieron muchos puentes para sostener sus dientes. A pesar del cuidado, el dolor de los dientes no cesaba. ‘A finales de septiembre de 1944 me llamaron al cuartel general”, dice Blaschke. ‘Hitler se quejaba de las encías de la mandíbula superior. Estaba en cama. Como me informó su médico, el doctor Morell, tenía una inflamación en la zona nasofaríngea’. 


Trozos del sofá en el que Hitler se habría suicidado y el pedazo de cráneo en una caja de disquetes. 

Fragmento de la bóveda craneal que se conserva en el GARF, en Moscú.

Pedazos de la mandíbula de Hitler. 

Radiografía de la cara de Hitler. 

Dientes atribuidos a Hitler. 


Estas son las reliquias y documentos a los que tienen acceso Brisard y Lana Parshina. La inutilidad del ensayo nos viene dada al final del libro, cuando el autor recurre a las fuentes ya consabidas de Kempka, Günsche o Linge por mucho fragmento de sarro que lograran extraer de las placas dentales y que no delataron absolutamente nada. Por otra parte, el eterno debate de si Hitler se disparó en la boca o en la sien, es muy antiguo. Fueron los británicos los que divulgaron lo del tiro en la boca, tras el estudio de Trevor-Roper. Si el cráneo de Moscú perteneció a Hitler, ¿tan difícil para un experto es determinar si el agujero que tiene salió de un disparo en la boca o en la sien? No se sabe si el cráneo perteneció a Hitler pero, en cambio, sí se afirma que los dientes fueron del Führer:


¿Los fragmentos de sarro le permiten responder estas dos preguntas? ¿La teoría inglesa de 1945 sobre la muerte de Hitler es errónea? ¿Trevor-Roper estaba equivocado?


- El estudio químico de la superficie del sarro nos permitió buscar rastros de metales que se encuentran cuando hay un disparo en la boca. Por lo general, hay gases de combustión, polvo, incandescencia, que se depositan en la cavidad bucal, la lengua, las mucosas… y, por lo tanto, en el sarro. Pero no encontramos nada.


¡Entonces Hitler no se disparó en la boca!


Kempka mintió cuando afirmó que Günsche, el edecán, había imitado el gesto de un disparo en la boca.


Incluso Günsche declararía en 1956 en sus audiencias con los tribunales alemanes que Kempka había inventado todo. Aquí está su declaración:


‘Descarto la posibilidad de que Hitler se disparara en la boca. Además, me gustaría insistir en el hecho de que no hablé con nadie en el búnker sobre cómo se disparó Hitler en la cabeza ni bajo qué circunstancias. Solo le dije a algunos presentes que Hitler se había disparado y su cuerpo, quemado’.


Hubo que esperar medio siglo para darle la razón a Günsche, y sin ninguna duda. La ciencia prevalece sobre todos los testimonios reunidos, sobre la emoción, sobre los intentos de manipulación. Y confirma la versión tantas veces repetida por el hombre que descubrió primero los cuerpos de Hitler y Eva Braun: Heinz Linge, el fiel ayuda de cámara del dictador. Durante los interrogatorios dirigidos por los soviéticos, en las entrevistas concedidas a periódicos, emisoras de radio y cadenas de televisión, en sus memorias publicadas después de su muerte de 1980, siempre presentó el mismo escenario:


‘Cuando entré, a mi izquierda, vi a Hitler. Estaba en la esquina derecha del sillón… La cabeza de Hitler estaba ligeramente inclinada hacia delante. En su sien derecha, había un agujero del tamaño de una moneda de diez centavos”.