Memorias de Keitel: La campaña rusa, 1941-1943



         Hacia mediados de diciembre, tras nuestro regreso de la sesión del Reichstag del 11 de diciembre de 1941 -la entrada de Japón en la guerra- en unos pocos días el tiempo había cambiado drásticamente de la temporada de barro y fango a aquel frío infernal, con todos los catastróficos resultados que esto tuvo para las tropas, vestidas como estaban solo con ropas de invierno improvisadas. Sin embargo, lo peor de todo fue que, además de las averías de las líneas férreas, el sistema ferroviario había llegado a un punto muerto: las locomotoras alemanas y sus torres de agua se habían congelado.


Ante esta situación, la primera orden de Hitler al frente oriental fue: “¡Permanezcan firmes. Ni un paso atrás!”. Esto fue porque se había dado cuenta correctamente de que retirarse, aunque fuese unas pocas millas, era sinónimo de perder todo nuestro armamento pesado, en cuyo caso las propias tropas también podrían darse por perdidas, porque sin armas pesadas se encontraban absolutamente indefensas, aparte del hecho de que la artillería, los cañones antitanque y los vehículos eran irreemplazables. De hecho, no había más solución que resistir firme y luchar, si el Ejército no quería retirarse sin armas y sufrir el mismo destino que tuvo Napoleón en 1812. Obviamente, esto no impidió retiradas bien preparadas y limitadas para mejorar las posiciones defensivas, con tal de que los movimientos estuvieran perfectamente controlados. 


Yo estuve presente durante la entrevista entre Hitler y Guderian el 20 de diciembre de 1941. Permaneció inflexible frente a todas las exhortaciones y quejas del Führer, diciendo que él no considera la orden del Grupo de Ejércitos ni necesaria ni justificada, y que tampoco aceptaba las razones del Führer. Para él, le explicó, el bienestar de las tropas era la consideración primordial, y había intentado actuar de acuerdo con ello, y estaba más firmemente convencido que nunca de que había actuado correctamente. El Führer acabó dándose por vencido y, manteniendo una perfecta compostura, se despidió de Guderian con la sugerencia de que quizás le gustaría ir a algún lugar para descansar después de la enorme tensión nerviosa que había sufrido. Tras esto, Guderian se jubiló, sufrió enormemente por su inactividad temporal. 


Sería una parodia de la verdad si yo no consiguiera subrayar en esta coyuntura que la forma en la que evitamos el desastre solo puede atribuirse a la fuerza de voluntad, tenacidad e implacable severidad desplegadas por Hitler de principio a fin. Si la oposición inmisericorde e intransigente de la férrea fuerza de voluntad de Hitler no hubiera detenido el plan estrecho de miras y egoístamente apresurado que trazaron los agotados y apáticos generales del Grupo de Ejércitos Centro -que padecían asustados el terrible frío- el Ejército alemán hubiera sufrido en 1941 el ineludible e inevitable destino de los franceses en 1812. 


Sobre esta cuestión debo expresarme de manera meridianamente clara, porque fui testigo presencial de aquellas terribles semanas. Todo nuestro armamento pesado, todos nuestros tanques, todos nuestros vehículos a motor, habrían sido abandonados en el campo de batalla. Las tropas habrían reconocido que se encontraban virtualmente indefensas, habrían arrojado sus rifles y cañones y habrían huido con un enemigo despiadado pisándole los talones. 


En febrero tuve que imponer un nuevo programa a Speer, el nuevo ministro del Reich de Armamento y Municiones (el doctor Todo había muerto en un accidente de avión en el aeródromo del cuartel general del Führer a principios de mes). El programa exigía la inmediata liberación de sus obligaciones, a fin de que pudieran servir en el frente, de un cuarto de millón de soldados que hasta entonces estaban disponibles para la producción de municiones. Aquello fue el comienzo de una lucha por la mano de obra, una lucha que no terminaría jamás. Durante aquellos primeros meses de invierno, el Ejército había perdido más de cien mil hombres, el doble que en diciembre de 1941 y enero de 1942. 


Con el apoyo del Führer, las SS habían atraído a sus filas a las partes más valiosas de la juventud alemana por medio de métodos de propaganda abiertos y ocultos, legales e ilegales, y también mediante tácticas de presión indirecta. De este modo, perdimos a los mejores muchachos que habrían sido grandes mandos y oficiales en el futuro Ejército. 


Todas mis quejas ante el Führer fueron en vano. Se negó a tener nada que ver con mis razonamientos. La simple mención del tema le provocaba un brote de ira. Sabía de nuestro poco aprecio y disgusto hacía las Waffen-SS porque era una élite, decía, una élite que estaba siendo entrenada políticamente de la forma que él siempre había tenido en mente, algo que el Ejército se había negado a hacer. Pero era su intención inalterable canalizar tantos de los mejores jóvenes de todo el país como fuera posible para que se presentaran voluntariamente a las Waffen-SS. 


Es característico del modus operandi de Hitler lograr el máximo esfuerzo haciendo que las partes en conflicto compitieran entre sí, en este caso el Ministro de Municiones contra mí mismo como jefe del Alto Mando. A ambos nos exigía lo que él sabía que era imposible, y luego nos dejaba que compitiéramos entre nosotros. Yo necesitaba soldados, Speer necesitaba trabajadores de municiones. Yo quería apuntalar nuestras cada vez menores fuerzas en la línea del frente, Speer quería evitar un descenso en la producción de armamento y, de hecho, aumentarla según las órdenes que había recibido. Ambos objetivos eran mutuamente irreconciliables e imposibles de cumplir si el comisionado general para el Empleo de Mano de Obra no conseguía facilitar los trabajadores. Apenas sorprende que Speer y yo presionáramos a Sauckel, porque yo no recibiría soldados si Speer no recibía sustitutos para aquellos de sus trabajadores llamados al servicio militar, ninguno de los cuales quedaría liberado antes de que llegase su reemplazo. 


Podría escribir un libro sobre esta única tragedia de los últimos tres años de guerra sin agotar el tema. Las consecuencias de la escasez de mano de obra en el Ejército saltan claramente a la vista mediante dos estadísticas: la pérdida mensual del Ejército en tiempos normales -aparte de las grandes batallas- estaba entre 150.000 y 160.000 hombres, de los cuales se podían sustituir como media entre 90.000 y 100.000. Los reclutas de un mismo grupo de edad promediaban 550.000 durante los últimos años, así pues, si, por órdenes expresas, las Waffen-SS iban a recibir 90.000 voluntarios de ellos (y jamás se presentaron voluntarios en semejante cantidad), las Fuerzas Aéreas otros 30.000 y la Armada otro tanto, aquello ya era casi un tercio de un grupo de edad que habíamos perdido. 


Como resultado de mis conversaciones en Budapest, la vanidad de Mussolini se vio sometida a una dura prueba no solo con Rumanía, sino también con Hungría contribuyendo a nuestra campaña de 1942 en Rusia. No podía ver a Italia avergonzadas de ese modo y, en consecuencia, nos ofreció sin que se lo pidiéramos un contingente de diez fuerzas de infantería: era una oferta que el Führer difícilmente podía rechazar. Según nuestro general en Roma, el general von Rintelen, eran fuerzas de élite, incluidas cuatro o seis divisiones alpinas o, en cualquier caso, lo mejor que tenían los italianos. Las complejidades del transporte hacían imposible que nosotros pudiéramos trasladarlas hasta la llegada del verano, pues nuestros ferrocarriles tenían que ocuparse primero de las concentraciones de tropas alemanas para la ofensiva de verano. 


El primer acontecimiento, absolutamente inexplicable, fue la publicación en los periódicos de las potencias occidentales de algunas copias de nuestro plan de ataque. Reproducían al menos una frase de la “directiva básica” del Führer de una manera tan precisa que no podía haber duda de que se había producido una traición en algún punto de la línea. La desconfianza del Führer hacia los estados mayores a los que se les había confiado el estudio preliminar encontró nuevo sustento: renovó sus acusaciones contra el Estado Mayor General que, decía, era la única fuente posible para la traición. 


De hecho, tal como se descubrió al invierno siguiente, el culpable era un oficial renegado del Estado Mayor de Operaciones de las Fuerzas Aéreas que había sido destinado a la sección de Inteligencia y que había establecido contactos con la red de espionaje del enemigo. Durante un gran juicio en el Tribunal Militar del Reich en diciembre de 1942 se pronunciaron varias sentencias, pues se había descubierto en Berlín una gran organización de traidores y espías. Aunque estaban implicados sobre todo civiles, tanto hombres como mujeres, la fuente de inteligencia militar más importante para los enemigos había sido este oficial de las Fuerzas Aéreas, el teniente coronel Schulze-Boysen y su esposa. Pero hasta que se descubrió esto, Hitler continuó insultando al Estado Mayor General del Ejército, que era absolutamente inocente. 


La segunda desgracia ocurrió cuando el aeroplano de un oficial del estado mayor de una división se estrelló en tierra de nadie en el frente oriental; llevaba consigo la orden promulgada al Cuerpo de Ejército del general Strumme para su ataque durante la gran ofensiva que había de empezar unos pocos días más tarde. El desventurado oficial se había perdido con el avión y, junto con sus documentos, cayó en manos rusas;  fue fusilado de inmediato. La indignación de Hitler por lo que se refería al los oficiales al mando -el general al mando, su jefe de estado mayor y los comandantes de las divisiones- resultó en una corte marcial ante el Tribunal Militar del Reich presidido por Göring. Gracias a él, y a mi propia colaboración, todos los oficiales sentenciados fueron perdonados de diferentes formas y reasumieron posteriormente sus obligaciones en otros lugares. El valioso general Stumme murió en combate algunos meses después mientras sustituía a Rommel en el norte de África. 

3 comentarios:

  1. Tocayo haciendo un ejercicio de ucronia en caso de victoria alemana yo creo que los eslavos de raza blanca podrían vivir en el imperio aleman que Hitler ya tenia en mente en el capitulo del mein kampf expansión hacia el este, ese imperio se extendería hasta los urales. De echo se permitieron muchos matrimonios mixtos entre soldados alemanes con rusas y sobre todo con ucranianas. La cultura eslava si que desaparecería y la rusia europea seria germanizada, eso fue una pelea que tuvo Hitler con rosenberg ya que rosenberg quería conservar la cultura eslava y Hitler Y Himmler queria germanizar rusia con colonos y acabar con su cultura (todos los imperios como el romano han echo eso) https://avalon.law.yale.edu/imt/04-17-46.asp En el caso de los eslavos con rasgos mongoloides creo que serian expulsados mas alla de los urales, las revistas de signal mostraban sus fotografías como los descendientes de los mongoles, las table talks aunque no sean un documento fiable también son interesantes para saber el proyecto del gran Reich en Europa
    Un saludo tocayo!!

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    1. Es curioso porque (lo ha dicho María Elvira Roca Barea) el concepto de "Europa de los pueblos", que ahora forma parte del discurso de la izquierda y de los separatismos vasco y catalán, fue una idea de las SS de Hitler. Si bien es cierto que Hitler quiso germanizar territorios del Este, también es cierto que Hitler fue respetuoso con los pueblos europeos en el sentido de que quiso preservar su identidad.

      La germanización del Este, efectivamente, era un sueño acariciado por Rosenberg. Se ha insistido mucho en que si Hitler hubiera tratado mejor a los ucranianos, podría haber vencido a Stalin. Solo cuando la contienda fue desfavorable se intentó cambiar esa política.

      Efectivamente, Hitler hizo comentarios de sobremesa sobre la germanización del Este. En realidad, su postura cambió poco desde Mein Kampf.

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    2. Poner a erich Koch como Reichskommissar de Ucrania entre 1941 y 1944 fue un gravísimo error del reich porque tuvo una política brutal se cerraron universidades, teatros, se prohibió música de ciertos compositores y prohibido la bandera ucraniana entre los años 1941-1942 (la permitió a partir de 1943) las waffen SS si veian a los ucranianos como un pueblo europeo y se permitió la creación de dos divisiones.
      Sin embargo en los paises balticos del norte y en la zona de leningrado el Reichskommissar Hinrich Lohse tuvo una política muy buena y permitió a los eslavos a participar en la administración local, en la zona que estaba la division azul no habia actividad partisana porque los rusos se sentian muy bien con los alemanes
      Unas políticas contradictorias la de estos dos Reichskommissar eso es lo malo de estudiar a Hitler y el tercer reich que en muchas ocasiones hay que entrar en la ucronia y la histórica alternativa

      Un saludo tocayo!!

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