Kubizek: Muerte de la madre

Recuerdo que la madre de Adolf tuvo que someterse a una operación de gravedad a principios de 1907. Entonces la ingresaron en el hospital de las Hermanas de la Caridad en la Herrenstrasse, y él la visitaba a diario. El cirujano que se encargó de su caso fue el doctor Urban. No recuerdo de qué enfermedad se trataba, pero probablemente era cáncer de mama. Aunque Frau Klara se recuperó lo bastante como para volver a llevar la casa, quedó muy debilitada y enferma, y de vez en cuando tenía que llevarla a la cama. Pero unas pocas semanas después de que Adolf se hubiera marchado a Viena parecía estar mejor, ya que me la encontré por casualidad en el paseo, donde, en aquella época, solía celebrarse un mercado callejero al que las campesinas venían del campo a vender huevos, mantequilla y verduras.


- Adolf está bien -me comentó satisfecha-. ¡Pero si pudiera saber qué está estudiando! Por desgracia, no lo menciona en absoluto. Sin embargo, me imagino que debe de estar muy ocupado.


Era una buena noticia y yo también me alegré, pues Adolf no me había escrito sobre sus actividades en Viena. Nuestra correspondencia se refería básicamente a Benkieser, es decir, Stefanie. Pero por supuesto no debía de hablarse a su madre de ello. Le pregunté a Frau Klara cómo se encontraba. Me dijo que nada bien: le dolía mucho, y a menudo no lograba dormir por la noche. Pero me advirtió que no escribiera a Adolf al respecto, ya que puede que no tardara en mejorar. Cuando nos separamos me pidió que volviera a verla pronto. 


El médico de la familia de los Hitler era el doctor Bloch, un hombre muy popular conocido en la ciudad como el “medico de los pobres”, médico excelente y hombre de gran amabilidad que se sacrificaba por sus pacientes. Si el doctor Bloch había aconsejado a Frau Hitler que fuera al hospital Spital, es que su estado debía de ser grave. Frau Klara había comentado lo terrible que resultaba para ella que Adolf estuviera tan lejos. Fue en aquella visita cuando me di realmente cuenta de lo entregada que estaba a su hijo. Pensaba en su bienestar con todas las fuerzas que le quedaban. Al final, me prometió que hablaría a Adolf de su estado.


Adolf apareció de repente en la habitación. Tenía un aspecto terrible. Estaba tan pálido que la cara era casi transparente, tenía la mirada apagada y la voz ronca. Sentí que un torrente de sufrimiento debía de ocultarse tras su comportamiento glacial. Me dio la impresión de que luchaba contra un destino hostil. 


Apenas me saludó, no preguntó sobre Stefanie, no dijo nada acerca de lo que había estado haciendo en Viena. “Incurable, dice el médico”. Esta frase fue lo único que consiguió pronunciar. Quedé perplejo ante el diagnóstico inequívoco. Probablemente el doctor Bloch le había hablado del estado de su madre. Puede que hubiera visitado a otro médico para consultarle y no pudiera resignarse a ese cruel veredicto.


Los ojos le empezaron a brillar y montó en cólera.


-Incurable… ¿qué quieren decir con eso? -gritó-. No es que la enfermedad sea incurable, sino que los médicos no son capaces de curarla. Mi madre ni siquiera es vieja. Uno no pierde la esperanza a los cuarenta y siete años. Pero en cuanto los médicos no pueden hacer nada, dicen que es incurable. 


(En la edición de 1955):


Me sentí aterrado por este inequívoco diagnóstico. Probablemente, había sido informado por el doctor Bloch del estado de su madre. Quizá hubiera, incluso solicitado el consejo de algún otro médico. Pero no podía resignarse a esta dura sentencia.


Sus ojos refulgían. La cólera se percibía en ellos:


- Incurable: ¿Qué significa esto? -barbotó- No es que la dolencia sea incurable, sino que los médicos no son capaces de curar. Mi madre no es siquiera demasiado vieja. Cuarenta y siete años no son ninguna edad a la que deba morirse forzosamente. Pero tan pronto como los médicos han llegado al término de su sabiduría, se dice al momento, incurable. Es posible que si mi madre viera en una época posterior, la misma enfermedad sería posible curarla


Pregunté a Adolf si podía ayudarle. No me oyó. Estaba demasiado ocupado con su ajuste de cuentas. Entonces se interrumpió y declaró con voz sensata y serena:


- Me quedaré en Linz en casa por mi madre. 


- ¿Y puedes hacerlo? -le pregunté.


- Uno puede hacer cualquier cosa cuando tiene que hacerla. 


No recuerdo exactamente cuándo volvió Adolf de Viena. Puede que fuera a finales de noviembre, o es posible que incluso fuera en diciembre. Pero las semanas que vinieron a continuación han permanecido indelebles en mi memoria; fueron, en cierto sentido, las más hermosas e íntimas de nuestra amistad. Se puede concluir lo mucho que me afectaron aquellos días del mero hecho que de ningún otro periodo de nuestra relación han quedado tantos detalles en mi memoria. Era como si se hubiera transformado. Hasta entonces estaba seguro de que lo conocía a fondo y en todas sus facetas. A fin de cuentas, hacía más de tres años que vivíamos estrechamente unidos en una amistad exclusiva en la que no estaban permitidos los secretos.


Habían desaparecido los problemas e ideas que tanto solían agitarlo y todos sus pensamientos sobre política. Incluso sus intereses artísticos apenas se percibían. No era más que el hijo fiel y servicial de su madre. 


No me había tomado a Adolf muy en serio cuando dijo que se ocuparía de su hogar en la Blütengasse, ya que sabía que Adolf tenía mala opinión de tales tareas monótonas, por muy necesarias que fueran. Así que me mostraba escéptico sobre sus buenas intenciones y me imaginaba que no serían más que unos pocos gestos bienintencionados. Pero estaba muy equivocado. No entendía lo bastante aquel aspecto de Adolf, y no me había percatado de que su insondable amor por su madre le permitiría realizar las labores domésticas a las que no estaba acostumbrado con tanta eficacia que ella no encontraba el modo de elogiarlo lo suficiente. Así que un día, cuando llegué a la Blütengasse, me encontré a Adolf arrodillado en el suelo. Llevaba un delantal azul y estaba fregando el suelo, que hacía tiempo qu Eno se limpiaba. Quedé muy sorprendido y se me debió de notar, pues Frau Klara sonrió pese al dolor y me dijo:


- Mira, ya lo ves, Adolf puede hacer cualquier cosa.


Entonces me fijé en que Adolf había cambiado de sitio los muebles de la casa. La cama de su madre se encontraba en la cocina porque permanecía caliente todo el día. El armario de la cocina se había trasladado al salón, y en su lugar estaba el sofá, donde Adolf dormía, para poder estar cerca de ella también durante la noche. Paula dormía en el salón.


No pude evitar preguntar cómo se las arreglaba en la cocina.


- En cuanto haya terminado de fregar, tú mismo lo verás -comentó Adolf. 


Pero antes de que lo hiciera, Frau Hitler me explicó que cada mañana decidía la cena con Adolf. Él siempre escogía sus platos favoritos y los preparaba tan bien que ni ella misma podría haberlos hecho mejor. La madre insistía en que disfrutaba muchísimo con la comida, y que nunca había comido con tan buen apetito como desde que había vuelto Adolf. 


Miré a Frau Klara, que se había incorporado de la cama. El fervor de sus palabras había coloreado sus mejillas habitualmente pálidas. El placer que experimentaba por el retorno de su hijo y su devoción por ella habían transformado su rostro serio y agotado. Pero tras la alegría de esta madre se encontraban las señales inequívocas del sufrimiento. Las arrugas profundas,  la boca demacrada y los ojos hundidos mostraban lo acertado que había estado el doctor. 


El estado de Frau Klara era variable. La presencia de su hijo mejoraba su estado general y se animaba. A veces incluso se levantaba por la tarde y se sentaba en la butaca. Adolf se adelantaba a todos y cada uno de sus deseos y la cuidaba con suma ternura. Nunca antes lo había visto tan tierno y afectuoso. No podía creer lo que veía y oía. Nunca levantaba la voz, no hacía ningún comentario impaciente, ni insistía violentamente en hacer las cosas a su manera. Se olvidó completamente de sí mismo durante aquellas semanas y vivía sólo para su madre. Aunque Adolf, según Frau Klara, había heredado muchos de los rasgos de su padre, entonces me percaté de cuánto se parecía a su madre. Seguramente se debía en parte al hecho de que había pasado los cuatro años anteriores de su vida solo con ella. Pero además había una armonía espiritual peculiar entre madre e hijo que desde entonces no he vuelto a encontrar. Todo lo que los separaba quedó relegado a un segundo plano. Adolf nunca mencionó la decepción que había sufrido en Viena. Por el momento, las preocupaciones por el futuro ya no parecían existir. Un ambiente de satisfacción relajada, casi serena, rodeaba a la mujer moribunda. 


Diciembre fue frío y crudo. Durante varios días seguidos, una niebla densa y húmeda se cernió sobre el Danubio. Rara vez brillaba el sol, y cuando lo hacía, aparecía tan débilmente que no calentaba nada. El estado de su madre se deterioró visiblemente y Adolf me pidió que fuera sólo cada dos días. Siempre que entraba en la cocina, Frau Klara me saludaba levantando un poco una mano y extendiéndola hacia mí, y una débil sonrisa surcaba su rostro, crispado por el dolor. Recuerdo un detalle menor, pero significativo. Al repasar los libros de ejercicios de Paula, Adolf se había fijado en que no le iba tan bien como esperaba su madre. Adolf la cogió de la mano y la llevó a la cama de su madre, y allí le hizo jurar que siempre sería una estudiante diligente y obediente. Puede que con esta pequeña escena Adolf quisiera demostrar a su madre que ya se había dado cuenta de su propios fallos. Si se hubiera quedado en la Realschule hasta el examen de reválida habría evitado el desastre de Viena. Sin duda aquel suceso decisivo que, como he comentado antes, le había hecho discrepar por primera vez consigo mismo, debió de resultar un pensamiento recurrente durante aquellos días terribles y contribuyó a su depresión. 


Permanecí de pie junto a la puerta. Adolf me indicó que me marchara. Mientras abría la puerta, Frau Klara me hizo una seña con la mano extendida. Nunca olvidaré las palabras que susurró entonces la moribunda.


- Gustl, - empezó. Normalmente me llamaba Herr Kubizek, pero entonces utilizó el nombre con el que Adolf siempre me llamaba- , sigue siendo buen amigo de mi hijo cuando yo ya no esté. No tiene a nadie más. 


Se lo prometí con lágrimas en los ojos, y entonces me marché. Aquello fue la noche del 20 de diciembre. 


Al día siguiente Adolf vino a vernos a casa. Parecía exhausto y su rostro consternado revelaba lo que había sucedido. Nos dijo que su madre había fallecido en las primeras horas de la mañana. Su último deseo era que la enterraran junto a su esposo en Leonding. Adolf estaba tan afectado por la pérdida de su madre que apenas podía hablar. 


Mis padres le expresaron sus condolencias, pero mi madre se percató de que lo mejor era concentrarse directamente en los asuntos prácticos. Había que encargarse de los preparativos para el funeral. Adolf ya había visto a los enterradores y el funeral se fijó para el 23 de diciembre a las nueve de la mañana. Pero había que encargarse de muchas más cosas. Había que organizar el traslado del cuerpo a Leonding, conseguir los documentos necesarios e imprimir los anuncios del funeral. Todas aquellas gestiones ayudaban a Adolf a superar el impacto emocional, y se encargó con calma de los preparativos necesarios. 


El 23 de diciembre de 1907 fui con mi madre al velatorio. El tiempo había cambiado; había llegado el deshielo y las calles estaban cubiertas de nieve a medio derretir. Era un día húmedo y neblinoso, y apenas se veía el río. Entramos al apartamento con flores para despedirnos de la fallecida, como mandaba la tradición. Frau Klara yacía en la cama. Su cara blanca como la cera se había transformado. Sentí que la muerte la había aliviado del terrible dolor que sentía. La pequeña Paula sollozaba, pero Adolf se contenía. Aunque bastaba con mirarlo una sola vez para saber cuánto había sufrido durante aquellas horas. No sólo había perdido a ambos padres, sino que con la muerte de su madre había perdido a la única criatura del mundo en la que había concentrado su amor, y que también lo había amado. 


Mi madre y yo bajamos a la calle. Llegó el cura. Habían colocado el cuerpo en un ataúd, que bajaron hasta la entrada del edificio. El cura bendijo a la fallecida y luego el pequeño cortejo empezó a moverse. Adolf seguía el ataúd. Llevaba un abrigo largo y negro, guantes negros y en la mano, como era la costumbre, un sombrero de copa negro. La ropa oscura hacía que su cara pálida pareciera más pálida. Tenía un aspecto adusto y sereno. A su izquierda, también de negro, iba su cuñado Raubal, y entre ellos Paula, que contaba once años. Angela, que estaba en un estado muy avanzado del embarazo, seguía a los dolientes en un carruaje cerrado. Todo el funeral me resultó horrible. Además de mi madre y de mí mismo, sólo había unos pocos inquilinos del nº 9 de Blütengasse, y unos pocos vecinos y conocidos de su antigua casa en la Humbolsdstrasse. A mi madre también le pareció que era un cortejo muy deprimente, pero era tan buena persona que enseguida defendió a los que no se habían presentado. Comentó que al día siguiente era Navidad, y que resultaba imposible para muchas mujeres, con la mejor voluntad del mundo, salir de casa. 


En la puerta de la iglesia sacaron el ataúd de la carroza fúnebre y lo llevaron adentro. Tras la misa tuvo lugar la segunda bendición. Como iban a llevar el cuerpo a Leonding, el cortejo fúnebre pasó entonces por la calle principal de Urfahr. Las campanas de la iglesia sonaban mientras se acercaba. Instintivamente, alcé la vista hacia las ventanas de la casa donde vivía Stefanie. Puede que mi deseo ardiente de que no abandonara a mi amigo en aquel momento tan terrible la hubiera atraído. Aún puedo ver cómo se abrió la ventana, apareció una joven, y Stefanie bajó la vista interesada en la pequeña procesión que pasaba por debajo. Miré a Adolf: su rostro permanecía inalterable, pero yo no albergaba ninguna duda de que él también había visto a Stefanie. Más adelante me lo confirmó, y me confesó cuánto lo había consolado la visión de su amada en aquella situación dolorosa. 


A la mañana siguiente, el 24 de diciembre, Adolf vino a mi casa. Parecía agotado, como si en cualquier instante pudiera desmayarse. Parecía desesperado, bastante vacío, sin una chispa de vida en su interior. Al percibir lo preocupada que estaba mi madre por él, explicó que llevaba días sin dormir. Mi madre le preguntó dónde iba a pasar la Nochebuena. Dijo que los Raubal le habían invitado a su hermana y a él. Paula ya se había marchado, pero él aún no había decidido si ir o no. Mi madre lo exhortó a que contribuyera a hacer de la Navidad una celebración pacífica, ya que todos los miembros de la familia habían sufrido la misma pérdida. Adolf la escuchaba en silencio. Pero cuando estábamos a solas me dijo:


- No voy a casa de Raubal.


Puedo imaginarme cómo fue realmente la Nochebuena de Adolf en 1907. Podía entender que no quisiera ir a casa de Raubal. También podía entender que no quisiera molestar en nuestra pequeña y tranquila celebración familiar, a la que yo lo había invitado. La armonía serena de nuestro hogar lo habría hecho sentir más solo todavía. Comparado con Adolf, yo me consideraba tremendamente afortunado, ya que tenía todo lo que él había perdido: un padre que mantenía, una madre que me quería y un hogar tranquilo que me acogía en su paz. 


¿Pero y él? ¿Dónde iba a ir aquella Nochebuena? No tenía conocidos, ni amigos, nadie lo habría recibido con los brazos abiertos. Para él el mundo era hostil y vacío. Así que fue hacia donde estaba Stefanie. Es decir, hacia su sueño. 


Lo único que me contó de aquella Nochebuena fue que se había pasado horas deambulando por las calles. No volvió a casa hasta que amaneció y se fue a dormir. Nunca supe lo que pensó, sintió y sufrió. 

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